Spanish poem
Vigilia
Pasad, fantasmas de la noche umbría, De negros sueños multitud liviana, Que columpiados en la niebla fría, Fugitivos llamáis a mi ventana.
Pasad y no llaméis. Dejadme al menos Que en la nocturna soledad dormido, Los lentos días de amargura llenos Calme, y repose en momentáneo olvido.
Pasad y no llaméis. La sombra oscura Vuestro contorno sin color me vela; Ni sé quién sois, ni vuestra faz impura El más leve recuerdo me revela.
Mil veces al oír vuestros gemidos Mis ventanas abrí por consolaros, Os busqué en las tinieblas, ¡y erais idos!… ¿A qué llamar si nunca he de encontraros?
Id a turbar el sueño indiferente Del que entre plumas sin afán reposa, Del que la vida en su risueña mente Ve placentera y celestial y hermosa.
Y si venís con rostros halagüeños, Mensajeros de rápidos placeres, Avaras hallaréis de vuestros sueños Por doquiera bellísimas mujeres.
Llamad donde a la lumbre vacilante De alguna tibia y oportuna estrella Puedan al fin gozaros un instante, Y ver un punto vuestra blanca huella.
No a mí, que en vano por la sombra tiendo Los turbios ojos, me invoquéis perdidos; No a mí, que acudo, vuestra voz oyendo Y al registrar la sombra, ya sois idos.
No a mí, que presa de secretos males, Tal vez la triste soledad me inspira Tiernas endechas y amorosos vales Que ensayo a solas en mi pobre lira.
No a mí, que al son de vuestras vagas voces Siento otra voz que me repito insana Dentro del corazón esos veloces, Ecos que murmuráis a mi ventana.
¡Ah! Yo os respondo y suspiráis pasando Sin que baste a entender vuestro suspiro; Os llamo a mí, y os alejáis volando, Gemís si duermo, y os veláis si os miro.
Si a vuestras tristes misteriosas quejas Mis rejas abro y vuestro bien deseo, Sólo a través de mis macizas rejas Cruzar las nubes en silencio veo.
¡Oh de la noche incomprensibles ruidos! Ayes que hervís en la tiniebla oscura… ¿Quién sois? ¿Dó vais? ¿De dónde sois venidos? ¿Qué voz ajena en vuestra voz murmura?
¿Sois el rumor del agitado viento, Los ayes de las almas sin reposo, o la voz del tenaz remordimiento, Del descanso enemigo y envidioso?
Quienquiera que seáis, almas o nieblas, Pasad, y en vuestra confusión liviana Seguid vuestro camino en las tinieblas Y no llaméis jamás a mi ventana.
Porque es triste ¡muy triste! un aposento Donde a la luz de lámpara que expira Se oye el crujir del tumultuoso viento Que fuera en torno de las torres gira.
Es triste, sí, muy triste y muy medroso, Velar sobre un volumen carcomido, La frente ardiendo, el alentar penoso, Las llamaradas aumentando el ruido;
Viendo las letras en las turbias hojas A su dudosa vibración mezclarse, Negras, azules, amarillas, rojas, A la afanosa comprensión negarse.
Y leer en vez de religiosas voces de amorosa y métrica armonía, Cifras que borran, cifras más veloces, De sentido infernal, de raza impía.
Pasad, fantasmas de la noche oscura, Quienquiera que seáis, almas o nieblas; Pasad, y en mis vigilias de amargura No llaméis a mi reja en las tinieblas.
No llaméis, que enemigo de la sombra, Odia el cantor vuestra armonía vana; Dejad al trovador a quien asombra El oiros llamar a su ventana.
¡Pasad, sombras sin cuerpos, aires vanos, Pobres de luz, de voz desconocida, Esquivos a los ojos y las manos, Extraños a la fe de nuestra vida!
Pasad, y no turbéis de mi sosiego La dulce calma o la nocturna vela: No creo en vuestro ser; pasad os ruego, Seguid al aire que os arrastra y vuela.
¿Pensáis que a esos aúllos y suspiros Con que llenáis la oscuridad tranquila, Como a silbos de brujas o vampiros Mi amedrentado corazón vacila?
¿Pensáis ¡oh! que por miedo de escucharos, Con voz pujante entonaré canciones, Y al arpa acudiré para ahuyentaros Con dulces trovas de amorosos sones?
¡Mentís, abortos de la sombra vana! Yo sé bien que si fuerais más que viento, Holgarais en montón en mi ventana Al blando son de mi amoroso acento.
Mentís, hijos del aire y de las nieblas, Mentís: yo tengo sin cesar conmigo Un talismán que alumbra las tinieblas Del desdichado protector y amigo.
Mirad cuál radia en mi tugurio estrecho La limpia luz de la esperanza mía; Mirad cuál vela en mi desierto lecho Con su cariño maternal MARÍA.
Todas las noches mi dolor la implora, Y amiga de mi llanto solitario, Todas las noches mis engaños llora Con el raudal que reventó el Calvario.
Pasad, remordimientos tentadores: Ya sé quién gime mi falaz desvío, Ya sé quién riega las marchitas flores Con tierno llanto, del recuerdo mío.
¡Ya sé quién «hijo» en soledad me llama, E «hijo» a su voz la soledad responde!… ¡Ah! Cuanto más tras la ovejuela clama, Más a sus quejas y a su afán se esconde.
Tierna, amorosa, celestial , Rosa inmortal del Gólgota sangriento, Faro infalible que mi rumbo guía Entre la furia de la mar y el viento;
Líbrame de esos ecos misteriosos Que me atormentan en la sombra vana, Aleja esos fantasmas vaporosos Que vienen a llamar a mi ventana.
¡Y tú, perdida y bella, Fugaz y última estrella Que viertes a deshora Delante de la aurora Con perezosa huella Dudoso resplandor! ¡Oh! ¡Tráeme la hermosura, La calma y la frescura Del alba transparente, Que este tropel ahuyente Con que la sombra oscura Me cerca en derredor!
Ven, estrella matutina, Y a tu blanca y argentina Silenciosa aparición, Huirá de mi ventana Esa confusión liviana Que despierta mi aflicción
¡Lámpara de consuelo A cuya lumbre velo, Que escuchas solitaria Mi tímida plegaria, Si acaso llega al cielo Mi súplica mortal! Tráeme la luz del día Que calme la agonía De esos remordimientos Que bogan turbulentos Sobre la niebla umbría En ilusión fatal.
Ven, estrella matutina, Y tu blanca y argentina Silenciosa aparición, Ahuyente de mi ventana Esa infernal caravana Que huella mi corazón.
Recuerdos son dañinos Que cruzan peregrinos El arenal desierto Del corazón incierto, Buscándole caminos Que acaso no hay en él. Que nunca ven tranquilo Recóndito un asilo, Y que jamás se amansan, Y que jamás descansan, Corrientes que hilo a hilo Desbordan su nivel.
Ven, estrella matutina, Y a tu blanca y argentina Luminosa aparición, Huyan las sombras livianas Que llaman a las ventanas De mi triste corazón.
Dejadme, negros sueños, De aterradores ceños, De fuerza irresistible, Ya sé que es imposible Vencer vuestros empeños… Ya vuestro nombre sé. Dejadme que respire, Que viva y que delire; Pues mis errores lloro, Dejadme, yo os imploro ¡Dejad que en paz suspire Lo que insensato holló!
Ven, estrella matutina, Y a tu blanca y argentina Silenciosa aparición, Huyan las sombras livianas Que llaman a las ventanas De mi triste corazón.