Versos Spanish Juan Bautista Delgado Florinda

Spanish poem

Florinda

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Es Florinda la muchacha, la simpática pastora más gentil y seductora del alegre Ajuchitlán; son sus labios que tiñeron de rubí los cardenales, dos riquísimos panales que manando miel están.

El nervioso y revolante colibrí tornasolado, busca el jugo almibarado de esa boca virginal, que al abrirse muestra blanca dentadura, que se antoja una espléndida panoja que aun no cuaja en el milpal.

En su aliento tibio y blando hay selváticos aromas, sus mejillas son dos pomas matizadas de carmín;

y sus ojos por brillantes, por serenos é impolutos se parecen á los fintos del agreste capulín.

Es del Sur: de esa comarca de productos tropicales, la de vastos cafetales que fecunda el ígneo Sol; de esos campos donde cruza Atoyac el altanero, y donde abre el bananero su chinesco parasol.

No bien llueve en los alcores rosas pálidas la aurora, cuando vase la pastora á un estanque entre el juncal; y allí baña con deleite de la linfa en los cristales, los hechizos sensüales de su cuerpo escultural.

Y comienza su trabajo: se dirige á la majada, y entre toda la vacada

á su josca va á ordeñar; y después que ha conclüído, el cacharro al hombro se echa y retorna satisfecha caminito de su hogar.

Cuando el Sol se ha levantado —ascua de oro—tras la cumbre, y el influjo de su lumbre todo aviva al parecer; la zagala bulliciosa, con donaire y con salero, á su novio, á su yuntero lleva alegre de comer.

¡Ah! Florinda nunca tiene un instante de sosiego, por sus venas corre fuego: es ardiente y es feliz. Ora silba á los zinzontes pastoral canción sencilla, ora envuelve mantequilla en las hojas del maíz;

Ora riega los jacintos, las violetas, los claveles,

retozando en los vergeles como inquieto pica-flor; ora teje fina hamaca (muestra en todo su progreso) ó fabrica el lácteo queso que le ofrece á su señor.

Es de verla los domingos con las criollas de su raza, caminar rumbo á la plaza, con su garbo y con su sal; y lucir la gargantilla, los aretes, el peinado, y en el talle, bien terciado el rebozo nacional.

Y seguido se confiesa con el viejo tata cura, quien celebra su hermosura y de bodas le ha de hablar; mientras ella, el rostro bajo, ruborosa, avergonzada, queda trémula y turbada sin poderle contestar.

Así vive la zagala, la simpática Florinda, siempre fresca, siempre linda, trabajando con afán; en su pueblo, allá en su tierra, esa tierra que Dios quiso fuera el fértil paraíso del florido Ajuchitlán.