Spanish poem
Romance. Para El Romancero De La Guerra De África
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Lluvia de menudos plomos Y espesa lluvia de hielo, Sobre las alas caían Del ave reina del viento. Dejara el águila el nido que labró en monte soberbio, Cruzando el mar en defensa De sus hijos en destierro. Vencedora en el combate Y herida por defenderlos, Fuerzas le pide al reposo Para ir a lidiar de nuevo. Enemigos aquilones Plumas le arrancan al vuelo: Ruedan por los campos unas, Otras en el mar cayeron; Y bajo el risco eminente Que la abriga en tosco hueco, Penachos en sangre tintos Alfombran en torno el suelo. Su graznido, aun desde allí, Le infunde al milano miedo; Con el dolor de la llaga Recrece en ella el esfuerzo, Y pronto al África vuelve A desafiar a un tiempo La barbarie de los hombres, Las inclemencias del cielo. Así, por difícil vía, Con mar borrascosa en medio, Vienen y al África tornan Los españoles guerreros. Llama la patria al herido, Y al sano la guerra luego; Compañera de su viaje, Los va la muerte siguiendo; Cobra en la batalla, y cobra Tributo en bajel y en puerto: ¡Valieran los triunfos poco Si se ganaran con menos! Oid el clamor salvaje De la hueste de Marruecos: Ya sus espingardas truenan, Ya sus caballos partieron. Gime el valle al estallar El volcán del cañoneo; Cimbréanse en los collados Los árboles corpulentos; Los claros de cada fila Se ven de repente llenos; Por el cristiano caído Pone otro soldado el pecho; Furioso turbión de balas Fulminan los agarenos; Vidas acaban, y vidas Entre la gloria sin duelo. Rocas parten las bombardas, Obra de andaluz maestro: ¡Qué harán, descreído Cam, Con las carnes de tus nietos! ¡Ahogáis al dolor el grito Con el de la lucha horrendo! ¡Fuertes paleáis, y fuertes Dais el suspiro postrero! El Dios, cuyo altar ahí Pisaron vuestros abuelos, Las almas piadoso mire Que dejan con ira el cuerpo. Cadáver hay africano, Cuyos labios entreabiertos Guardan con sonrisa fea De brutal júbilo el sello. Contaba el mísero iluso, Soñó, deliró muriendo, Con el soez paraíso De su Profeta embustero. En tanto, en la hueste nuestra Mano hábil y ardiente celo Prestan reparo al destrozo Que hacen el plomo y el hierro, Tras las filas apretadas, Muro palpitante, denso, De entre los pies del que lidia Sacan al herido en peso. De rodillas Esculapio Fibras ata y une huesos; Desnuda tierra, harta de agua, Tiene el doliente por lecho. No era para España el Moro Contrario bastante fiero; Cruel en África el hombre, Lo son más los elementos. «¡Victoria!» claman gozosos Los héroes de Tajo y Ebro. Contra la voz de alegría Protesta envidioso el trueno. Desátanse recias nubes En copiosos aguaceros, Que de las tiendas golpean Con furia el tupido lienzo. Fuera, penetrante frío; Dolores y ahogo dentro; Torrentes de lluvia arriba, Y abajo balsas de cieno. Soldado que en la batalla Sacó lacerado un miembro, Con todos paga el fiarlos Al insalubre terreno. Dan sus efluvios al aire Desconocidos venenos; Los cristianos los respiran, Y al par la muerte con ellos. Víctimas, que aún de la espada No fuisteis cabal trofeo, Salid en hombros amigos De ese infausto campamento: Ceuta, el mar, Málaga ofrecen Aura que aspirar sin riesgo. ¿Quién de ese mal los estragos No vio ya bajo su techo? ¿Quién hay que por él no llore Madre, hijo, consorte o deudo? El monstruo horrible del Ganges, De humana sangre sediento, Con mayor ansia apetece La sangre del europeo. Ya un cordón interminable De hombres y acémilas veo, Que por la playa arenosa Caminan con paso lento. Tristes compañeros guardan A sus tristes compañeros: Cien tumbas de prisa abiertas Mostrarán por dónde fueron. Henchidos los hospitales, Ceuta hace hospital el templo: Cruzan el piélago quillas Con dolientes cargamentos. ¡Valor! ¡Valor! Ved los altos Chapiteles malagueños; Esperad: es la esperanza La mitad ya del remedio. Vítores y bendiciones En ruidoso clamoreo, Las andas humildes cercan De los triunfantes enfermos; Y el soldado que angustioso Doblaba el lánguido cuello, Revive y se alza al oir La voz del amor del pueblo. Tiernos brazos femeniles, Que hábito recata honesto, Posan en huecos vellones Al desvalido viajero. La ciencia y la caridad Auxilio le dan y aliento; Blando aire la madre patria Le hace con el manto regio, Y afable y majestüosa Las estancias recorriendo, Reparte la Religión Las palmas del sufrimiento. Casta virgen: tú, que pasas La noche y el día entero Vigilante cuidadosa Del que ve el sepulcro abierto, Dime: de tantos dolientes Que hallaron en ti consuelo, ¿Quién sufre más? ¿En quién es Más grande el merecimiento? ¿Dónde está el héroe cristiano, De resignación modelo, Que el valor santo del mártir Añade al marcial denuedo? Nómbrale, pues, ora ocupe Grado ilustre o pobre puesto: Siempre es alta la virtud. Honor merece y respeto, Lo mismo en noble adalid Que en combatiente plebeyo, Y que en ti y en los ministros De la ciencia y del Eterno, Que impávidos arrostráis Las epidemias y el hierro. LA HERMANA DE LA CARIDAD Yo de rodillas pedí El hábito en que me miras, Previendo ya que sus iras La peste probara en mí. A buscarla vine aquí: Riesgo mi vida corrió, Pero en nada engrandeció Eso mi sagrado ser; Cumpliendo estaba un deber, Y ese me le impuse yo. El ministro del altar, Con impulso igual al mío, Fue por su libre albedrío Con los que van a lidiar; Como él, el sabio en curar Al campo marchó también: Coronas condignas den A su virtud y valor; Más hay corona mayor: Guardada para otra sien. El capitán valeroso Que alcanza insigne victoria, Voluntario de la gloria Siguió su estandarte hermoso: Laurel ciña esplendoroso De gratitud nacional, Y con aplauso inmortal Su nombre entre todos ande, Aún hay corona más grande Guardada en este hospital. Mira allí, entre aquellas dos, Que son la ciencia y la fe, Aquel joven que se ve Pronto a dar el alma a Dios, No fue de la gloria en pos Por ver un lauro en sus sienes: Pasaba, pobre de bienes, Los verdes años fugaces; Dijo España: « Falta me haces;» Y él respondió: « Aquí me tienes.» Le hirieron hijos de Agar Con rabia y feroz delirio; Por Dios padeció martirio, Y Él le viene a coronar. Óyele el nombre invocar Del que es de justicia sol... ¡Mira en divino arrebol Su rostro mortal bañado!... EL POETA ¿Quién es ese hombre? LA HERMANA DE LA CARIDAD ¡Un soldado Del ejército español!