Spanish poem
De Mi Vida En La Aldea
Cuando a mi pobre aldea feliz escapar puedo, las penas y el bullicio de la ciudad huyendo, alegre me parece que soy un hombre nuevo, y entonces sólo vivo, y entonces sólo pienso. Las horas que insufribles allí me vuelve el tedio, aquí sobre mí vagan con perezoso vuelo. Las noches que allá ocupan la ociosidad y el juego, acá los dulces libros y el descuidado sueño. Despierto con el alba, trocando el muelle lecho por su vital ambiente, que me dilata el seno. Me agrada de arreboles tocado ver el cielo cuando a ostentar empieza su clara lumbre Febo. Me agrada, cuando brillan sobre el cénit sus fuegos, perderme entre las sombras del bosque más espeso; si lánguido se esconde, sus últimos reflejos ir del monte en la cima solícito siguiendo; o si la noche tiende su manto de luceros, medir sus direcciones con ojos más atentos, volviéndome a mis libros, do atónito contemplo la ley que portentosa gobierna el universo. Desde ellos y la cumbre de tantos pensamientos desciendo de mis gentes al rústico comercio; y con ellas tomando en sus chanzas empeños la parte que me dejan, gozoso devaneo. El uno de las mieses, el otro del viñedo me informan, y me añaden las fábulas del pueblo. Pondero sus consejas, recojo sus proverbios, sus dudas y disputas cual árbitro sentencio. Mis votos se celebran, todos hablan a un tiempo, la igualdad inocente ríe en todos los pechos. Llega luego el criado con el cántaro lleno, y la alegre muchacha con castañas y queso, y todo lo coronan en fraternal contento las tazas que se cruzan del vino más añejo. Así mis faustos días, de paz y dicha llenos, al gusto que los mide semejan un momento.