Spanish poem
A un arroyo
by Julián Romea (1848–1903)
Cansado vengo y sediento Por esos picos desnudos, Y entre las quiebras del monte Tus limpias corrientes busco.
Sirviéndome van de guia Estos tarayes y juncos; Verdes y lozanos crecen; Que tú estás cerca es seguro,
¡Ah, sí; ya veo tus chopos Con su apacible susurro, Y dulce suena en mi oido Tu consolador murmullo!
¡Salve, cristalino arroyo, Que cayendo en son confuso A regar el prado bajas Desde ese peñasco rudo:
Y no sobre negro cieno Ni sobre guijarros duros, Mas sobre limpias arenas Sigues alegre tu rumbo!
No temas, no; aunque abrasado Por mi ardiente sed acudo, Verás que no te detengo Ni tus corrientes enturbio.
¡Qué dulce sombra! ¡qué fresco Corre el ambiente, y qué puro, Robando al monte el aroma De sus tomillos menudos!
¡Qué bello es ese remanso Donde sosegado y mudo Entre azucenas y mirtos Vas deteniendo tu curso!
¡Y ese tapiz en que lucen Los caprichosos dibujos De las blancas manzanillas Sobre el verdinegro musgo!
Y mas allá, en la ladera, De amapolas un diluvio, Que del agua llovediza Guarnece los anchos surcos.
De tronco en tronco se extienden Y forman pomposos muros Las verdes hiedras que escalan Esos álamos robustos.
Y esos castaños valientes, Y esos nogales caducos Hacen, juntando amorosos Sus ramas, hojas y frutos,
Magníficos pabellones Que con su sombrage oscuro Cariñosos te defienden De los ardores de Julio.
Lucha el sol por sorprenderte En tus solitarios gustos, Mas te protegen las ramas Y es de ellas al fin el triunfo.
Y las flores de tu orilla, Inclinando sus capullos, Mirándose están ufanas En esos cristales puros.
No envidies del mar salado El ronco bramar sañudo, Ni de sus hinchadas olas El atronador tumulto:
Ni la furia del torrente Que hasta su lecho profundo, Desde la escarpada sierra Baja entre revueltos tumbos.
¿Cuánto es mas bello en tu márgen Ir contando uno por uno, Ora tus blancos almendros, Ora tus lindos arbustos?
¡Y oir cómo dan al aire, Sin temores importunos, Sus trinos los ruiseñores, La tórtola sus arrullos!
¡Y con la mente apartada De los hombres y del mundo, Sentir que vuelan las horas Como ligeros minutos!
¡Ah! ¡Dios te salve, arroyuelo, Del triste Diciembre y crudo, Con sus hielos apretados Y sus vientos iracundos!
A Dios, arroyo apacible, A quien amante saludo: Yo guardaré tu memoria Entre el cortesano lujo:
Y hablaré de tí á las gentes; Y recordaré con gusto Esas flores y esas aguas, Y esta sombra que disfruto.
Yo te cantaré, arroyuelo: Y no con semblante adusto Oirán referir las galas Que darte al cielo le plugo:
Y si hay alguno que extrañe Este mi humilde tributo, Ni el sol le abrasó en los llanos. Ni sed en el monte tuvo.