Spanish poem
En la torre de Tavira
by Julián Romea (1848–1903)
CADIZ. — JULIO DE 1846.
¡Sagrado mar, cuyo rugido atruena al romperte á mis piés en choque rudo, oye mi voz que temblorosa suena: Occéano inmortal, yo te saludo!
Déjame que asombrado y sin aliento, al verme junto á tí débil y solo, contemple ese vaiven que turbulento partiendo de mis piés llegará al polo.
Déjame contemplar tanta grandeza, y esa profundidad, y esas anchuras: da tiempo á que conciba en mi pobreza la extension de esas líquidas llanuras.
Y cómo con tal ímpetu rodaron esas que, ayer tal vez, pujantes olas en las playas antípodas sonaron y azotan hoy las costas españolas.
¡Qué grande eres, oh mar! ¿Cómo es posible que así contenga de tus ondas vagas esa playa el empuje irresistible? ¿Cómo la tierra en tu furor no tragas?
La mano del Señor, solo ella puede tener así tus ímpetus á raya: por ella el mundo á tu chocar no cede y en la tremenda lucha no desmaya.
¡Triste bramido que incesante gime! ¡Prodigiosa extension en que me pierdo! ¡Soledad melancólica y sublime, que de la eternidad traes un recuerdo!
Al verte con tal pompa ataviado á tí me postro con respeto mudo: con la frente desnuda, y humillado, Occéano inmortal, yo te saludo.
Y permíteme ya que la mirada de tu soberbia magestad retire, y un instante mi mente fatigada ese horizonte en derredor admire.—
¡Cuán bello el sol: cuán bello hácia el poniente entre celages de arrebol declina! ¡Cuan amoroso la encendida frente en las espumas de la mar reclina!
A su postrera luz allí diviso playas que fueron de la rica España en otros tiempos, cuando el cielo quiso, y hoy gozan fueros de nacion extraña.
Allí el Guadalquivir, que poderoso sobre arenas doradas va rodando, y altivo, y sosegado, y caudaloso, los campos de la Bética regando.
Y entre los montes á su curso abiertos, y recostado en su encantada orilla, besando viene los hermosos huertos de las moriscas Córdoba y Sevilla.
Y hace, por no dejarlos, mil descansos entre sus juncos y sus ovas lácias, á la sombra que dan á sus remansos los bosques de naranjos y de acacias.
Y ostentando la rica vestidura que tegieron sus palmas y olivares, se extiende en la magnífica llanura y con marcha triunfal entra en los mares.
Allí la humilde Palos, que piadosa abrigó al hombre cuyo ingenio claro la hazaña consumó mas portentosa, de Isabel la Católica al amparo.
La vieja Europa le escuchó mofando; la inmensa idea su desprecio excita; y las columnas de Hércules mostrando «Non plus ultra, infeliz», ronca le grita.
Pero él la burla de su edad sufriendo, con el instinto de su fé profundo, del claustro de la Rábida saliendo se arroja al mar y le conquista un mundo.
Allí del Guadalete la corriente, que de la alta Jerez los campos baña, donde los hijos del desierto ardiente rudos pisaron el poder de España.
Cayeron entre horrores infinitos príncipes, nobles y pecheros, todos: de Rodrigo y Witiza los delitos el Dios del mundo castigó en los godos.
Mas no perdió del todo sus laureles la triste España en su mortal desmayo, que de Cantabria entre los hijos fieles la Cruz del Redentor alzó Pelayo.
Y ante esa Cruz, que al musulman aterra, las tierras rescatando una por una, tras siete siglos de obstinada guerra vuelve al desierto la africana luna.
¡Playa de Trafalgar! el alma mia, cuando esa arena ensangrentada miro, á tus ilustres mártires envía un recuerdo de amor en un suspiro.
Ilustres, sí; porque si allí vencidos cayeron, al marchar hácia la gloria, fué porque, alguna vez, no van unidos el heróico valor y la victoria.
¡Salve, Tarifa; sempiterna valla al empuje feroz del sarraceno, que aun ve con miedo escrito en tu muralla: «Alonso Perez de Guzman el Bueno.»
Si á los moros Julian, tu puerta abriendo, entrada dióles expedita y ancha, sobre tus mismas torres combatiendo Alonso de Guzman lavó tu mancha.
¿Quién vence al pueblo donde nace un hombre que siempre en el deber sus ojos fijos, idolatrando del honor el nombre, primero que faltar mata á sus hijos?!
¡Eterna gloria al que tan alta hazaña llevar á cabo en su heroísmo pudo: al que tal timbre, en ocasion tamaña, con sangre propia dibujó en su escudo!
Y una lágrima el alma enternecida dé tambien al dolor de aquella madre que vió caer el hijo de su vida al propio acero de su propio padre.
Mas allá Gibraltar... Pero ¿qué veo? ¿Quién sus muros altísimos defiende? ¡cual dueño de legitimo trofeo el Leopardo inglés su garra extiende!
¿Y es cierta, es cierta, es cierta mengua tanta? Sí, en el fuerte, en los muros, en la villa una bandera extraña se levanta, que aquel no es tu pendon, noble Castilla!
¿Y no reparas, dime, pobre España, que es ese trapo que en tu suelo ondea sello ominoso que tu frente empaña, llaga asquerosa que tu rostro afea?
¿Dónde está, vive Dios, potente y fiero el Leon español? ¿Dó su estandarte que siempre audaz se desplegó ligero de una parte del mundo á la otra parte?
¡Arroja esa bandera, patria mía! ¡Venid sobre ella, y su altivez sucumba, triunfos de la Goleta y de Pavía, coronas de Bailen, glorias de Otumba!
¡Y tú, Cruz de Pelayo victoriosa, en Covadonga del alarbe espanto! ¡Laureles de las Navas de Tolosa! ¡Palmas de San Quintín y de Lepanto!
¿Dó están tus hijos, inmortal Sagunto? ¿Dónde los tuyos, ínclita Numancia? ¿Dónde los bravos que arrollaron junto en Roncesvalles el poder de Francia?
¿No hay hombres ya de aquellos que arrostraron de otro hemisferio los ardientes soles? ¿Dó están los que en Bizancio pelearon? ¿No hay valientes aquí? ¿No hay ya españoles?
¡No, no los hay! Los unos enervados son menos ya que débiles mugeres: los otros, por el siglo arrebatados, ó traficantes son ó mercaderes.
Corren, y atropellándose presentan á la ciega fortuna su sufragio: de egoísmo y de codicia se alimentan: ¡dignas conquistas del vapor y el ágio!
Vedlos guardar con ánsia su tesoro: en él viven; para ellos nombres vanos son patria y libertad.... contando el oro manchan su corazon como sus manos.
Venid, venid, los que en infame calma no veis de España la insufrible mengua; y la amargura que destroza el alma en voces del dolor diga la lengua.
De esas luces del siglo, que hoy acatan, los triunfos ved que por do quiera encumbran, ¡Pobre honor nacional, ellas te matan: blandones son que tu agonía alumbran!
¡Oh, basta! ¡El corazon en santa ira siento abrasarse y en despecho hirviente: de la vergüenza que el ultrage inspira el honroso carmín sube á la frente!
¡Contempla, España, lo que vas ganando, y á mirar vuelve lo que vas perdiendo: mira esa choza vil que se va alzando, y el templo mira allí que se va hundiendo!
Sin ruedas ni vapor tus caravelas, cortando del Atlántico la espuma, trageron á tus piés bajo sus velas el cetro de Atahualpa y Motezuma.
Y te acataban Albion, la Galia; flotaba tu pendon sobre los Andes; eras Señora de la hermosa Italia; temida en Roma, obedecida en Flandes.
Y Murillo y Velasquez te ensalzaban; y la Europa escuchaba con respeto cuando en lira inmortal nobles cantaban Rojas y Calderon, Lope y Moreto.
Mira á tu alrededor, oh España; mira de ese adelanto pretendido el fruto: junto á tu gloria, que anhelante espira, llanto, y discordias, y miseria, y luto.