Versos Spanish Julián Romea La muerte de Jesús

Spanish poem

La muerte de Jesús

by (1848–1903)

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¿Lo veis? ¡En tropel fiero al monte van del olivar furiosos! ¡Cada cual el primero quiere llegar! ¿Lo veis? ¡Lobos rabiosos contra el dulce amantísimo cordero!

Allí va el fiero bando, con palabras á Dios muy ofensivas los aires conturbando: y sacerdotes van, y van escribas su estúpido rencor acalorando.

Ya por el monte espeso entran, haciendo de su infamia gala: llegan y, ¡horrible exceso! á su furor la víctima señala del torpe Judas el infame beso.

Y la cercan sañudos, y en su loco desman nada respetan, y la maltratan rudos, y las manos santísimas sujetan con recias cuerdas y apretados nudos.

Ya con Jesus descienden á la santa ciudad, que absorta mira la que sus hijos en su rabia emprenden maldad horrible, y de dolor suspira al mirar quiénes son y á quién ofenden.

Y arrastran su trofeo hasta Pilatos sin piedad ninguna, y le apellidan reo, y «crucifícale,» gritan á una en ronco y destemplado clamoreo.

La soldadesca ruda, con movimientos y ademan feroces, mofando le saluda, y entre algazara y descompuestas voces con sacrílegas manos le desnuda.

¡Desnudo tú, Dios mio, y por las manos de tu propia hechura! ¡Desnudo ante el impío, tú, que al leon le diste la bravura, su empuje al mar, su movimiento al rio!

¡Y al día sus albores, y al limpio cielo su riqueza suma, y al sol sus resplandores, piel á los brutos y á las aves pluma, al monte encinas y á los prados flores!

¡Y tu rostro escupieron, y tu cuerpo santísimo azotaron, y bárbaros te hirieron, y tu frente de espinas coronaron, y el manto de sus culpas te vistieron!

¡Llorad, llorad sin duelo, oh de Jerusalen hijas hermosas: llorad: el Dios del cielo es ese que entre angustias horrorosas marcha regando con su sangre el suelo!

Ese que hoy afrentado va entre esos hombres, por su mal valientes, abrió á su pueblo amado entre las olas de la mar rugientes fácil camino á Faraon cerrado.

Y vosotras le vísteis, oh gentes de Israel, y le negásteis; y su palabra oísteis, y vuestros ojos á la luz cerrásteis; predicó la verdad y no creísteis.

Vísteis, de asombro yertos, limpios á su contacto milagroso los de lepra cubiertos, y alcanzar á su acento poderoso los enfermos salud, vida los muertos.

¡Y le llamais falsario mirándole pasar escarnecido! ¡Y envuelto en el sudario, al rudo peso de la cruz rendido, el Cordero inmortal sube al Calvario!

¡Y tú, escogida rosa, estrella matinal, puerta del cielo, dulce madre amorosa, limpia fuente de gracia y de consuelo, bendita del Señor, Vírgen hermosa:

Tú, celestial María, siguiendo vas al hijo cariñoso que en su horrible agonía la ensangrentada faz vuelve amoroso y sus miradas á la madre envía!

Su sangre el suelo riega... hondos gemidos de cansancio exhala... turbios los ojos pliega... ¡Ay! ¿Qué dolor á tu dolor iguala, ni qué amargura á tu amargura llega?

¡En vano dulce asilo te dieron á su sombra regalada las palmeras del Nilo cuando á tu hermosa prenda de la espada amenazaba el sanguinario filo!

De Herodes iracundo allí tu miedo maternal huía, y en silencio profundo bajo tu pobre manto se escondía el Niño Dios, el Redentor del mundo.

Y en vano fué, Señora; que de abrir el tesoro soberano llegó la inmortal hora, y está el decreto que escribió su mano el hijo de tu amor cumpliendo ahora.

¡Ya con fuerza impelida la Cruz sobre el Calvario se levanta! ¡triunfante palma erguida, árbol de redencion, lámpara santa delante de los siglos suspendida!

¡Señor, que así te empleas, tu ilustre sangre por los hombres dando, y aunque su crímen veas, el lábaro de gracia tremolando salvas la humanidad, bendito seas!!

¡De la alta Cruz pendiente el hondo cáliz del dolor agotas: tu noble sangre hirviente revienta y salta de las venas rotas de vida y de salud copiosa fuente!

Fuente que en ancho rio, y luego en mar inmenso convertida, ofrece aun al impío fácil camino hácia la eterna vida... ¡gracias, Dios de bondad, gracias, Dios mio!

El infierno se aterra del hombre ingrato á la maldad odiosa y sus abismos cierra; y al recibir tu sangre generosa sus centros abre la espantada tierra.

Y el sol que limpio ardía su luz apaga, y se oscurece el cielo; y de la mar bravia rugen las ondas, y se rasga el velo que el santo tabernáculo cubría.

Tur propias criaturas solo se muestran en tu daño fuertes; y con entrañas duras, en torno de la Cruz echando suertes, se reparten tus santas vestiduras.

Y cuando tanto brio despliegan en sus bárbaros agravios, ¿Qué dices tú, Dios mio? ¡Las últimas palabras de tus labios demandan el perdon para el impío!

¡Señor, que así te empleas, tu ilustre sangre por los hombres dando, y aunque su crímen veas, el lábaro de gracia tremolando salvas la humanidad, bendito seas!!!