Versos Spanish Julio Flórez La Leona

Spanish poem

La Leona

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Es joven la leona y es virgen. En su ergástula de hierro ni ruge ni se encona; siempre tras de las barras de su encierro me ve llegar con ojos de persona y me lame las manos como un perro. Allí nació. Su madre era africana recia, feroz, pero vibrante y rubia como el áureo edredón con que engalana su lecho purpurino la mañana en los cielos remotos de la Nubia. Me cuentan que rugía entre su calabozo, con una tan tenaz melancolía, que más bien parecía su tremendo rugido un gran sollozo. Tras de mucho bregar fue sorprendida en su cubil en el ardor del celo, una tarde en sus tórridas montañas; y después exhibida de ciudad en ciudad, de suelo en suelo, así, con la simiente en las entrañas. Vino a Cuba (la perla, el astro) y entre su propia cárcel, hosca y desvalida, una mañana aligeró su vientre; la vida dio, pero perdió la vida. Me cuentan —¿Será cierto?— Que al sacar de la jaula sus despojos, en el topacio desteñido y yerto de sus salvajes ojos fulguraba la imagen del desierto. La huérfana, la cría es aquella leona sin bosque ni arenal ni serranía, que a través de las barras de su encierro me ve llegar con ojos de persona y me lame las manos como un perro. Es un bello ejemplar esta leona; es una fiera rara; parece que no sufre, y el más leve rumor la desazona. Entonces viene, va, la oreja para, y sus pupilas de color de azufre como que se le incendian en la cara. Cuando algún escuadrón de golondrinas con rumbo a las marinas costas risueñas en el aire el vuelo rumoroso desata, la leona se escurre por el suelo de su prisión, lo mismo que una gata; mira el azul del cielo, y todo el cielo en sus ojos felinos se retrata. Como está en un jardín lleno de brotes, tras de la flor azul, blanca o bermeja mariposa y abeja discurren sin cesar por los barrotes de la implacable reja. Yo la he visto saltar una mañana sobre una vagabunda mariposa que de fijo creyó que a la ventana de alguna niña hermosa solícita acudía, en busca de la gruta deliciosa donde un rojo panal se derretía. ¡Oh mentida ilusión! ¡Pobre golosa presa en tan duro lazo! Pensad lo que en la jaula quedaría de aquella ilusa y frágil mariposa al golpe de aquel pérfido zarpazo... Sin embargo, entra un niño a retozar con ella: El niño la acaricia con su mano y ella, a su vez, lo abraza con cariño, con blandor de doncella, con un afecto que parece humano. Un día, un claro día en que el sol como nunca en el espacio intensamente azul resplandecía, la vi dormir: cerró el ojo despacio, el ojo amarillento, de ambarino color, vivo topacio. Después anduvo con andar muy lento, luego echose, y en rápidos instantes, atesó el vientre —cofre de peluche— y la garra entreabrió como un estuche de corvos escalpelos deslumbrantes; blandió la cola, atrás tiró la testa; vibró la roja lengua humedecida; los dientes enseñó firmes y blancos, y como era la hora de la siesta, dio un gran bostezo y se quedó dormida, lamiéndose la felpa de los flancos. Una urgencia febril templó mis nervios al contemplar la fértil hermosura de aquella virgen reina sin corona; los músculos soberbios modelaban su elástica postura de hembra feliz que al sueño se abandona. Me acuerdo que aquel día cerré los ojos y soñé despierto; soñé que la leona sonreía y que yo era un león y que rugía de amor en las arenas del desierto.