Spanish poem
El oasis
by Leconte de Lisle (1818–1894)
Detrás de las estériles pendientes De Kobbé, se hunde el sol enrojecido; Los buitres en bandada numerosa Parecen perseguirlo Por un cicio franjeado De cclajes cobrizos; Y, fulgores lejanos, hacia el Este, Muestran aún flotantes los vestigios De una túnica de oro. Salpicado De rocas, tiende el Senaar rojizo Manto inmenso de arena, entre vapores, Hasta el pie de los montes Abysinios. Cae la noche. Las hienas sacudiendo El pelo de su lomo enflaquecido,
Deslízanse lanzando De trecho en trecho gutural aullido. Arrastra el hipopótamo su vientre Por la margen del Nilo, Aplastando los juncos de la orilla, Tosco, deforme y destilando limo. Los chacales, en grupo, Bchen en los pantanos corrompidos De amarguísimas aguas; con pausado Rumor un acre viento, húmedo y tibio, Llega de Nubia y el palmar agita En donde el ibis fabricó su nido. Oh Rey del Senaar, tu hora ha llegado, Oh jefe, tu hora vino! Y el sol al sepultarse oirá tu breve Cavernoso rugido. Bajo la roca, tus potentes garras Afilas contra el muro de granito; Arqueando tus riñones, te adelantas, La luenga crin revuelta, y los fornidos Miembros por el reposo fatigados, Aspiras del desierto el aire líbico Y alta la frente el horizonte observas Con ademán severo y pensativo, Dando al espacio el sordo
Clamor de tu rugido. La sombra densa del cercano oásis Muestra la luna desde un cielo lívido: Y allí, los hombres del Darfour cansados De sus bueyes la marcha han detenido, Cerca de la cisterna en cuyas aguas Brilla un rayo de luna blanquecino; Hablan los unos del retorno, comen La frugal cena de maíz y mijo, Y se duermen después; los mansos bueyes En las toscas arenas extendidos, Lentamente rumiando se adormecen. La vacilante hoguera se ha extinguido. ¡Á tí, león, la carne de los bueyes, Y la carne de todos los dormidos! Se ensancha tu nariz, bate tu vientre, Tu larga crin eriza el hambre mismo, Y te hundes en la sombra Rápido y ágil, con nerviosos brincos.