Versos Spanish Leconte de Lisle El percance de don Iñigo

Spanish poem

El percance de don Iñigo

by (1818–1894)

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Ochenta hidalgos de cabello rojo En sus mulas soberbias, adornadas Con lujosos arneses, van marchando Ricamente vestidos: en las plantas Puntiagudos zapatos; en los hombros Jubón de fina seda; plumas blancas En los birretes, y collares de oro De tres vueltas en torno á la garganta ; Pequeñas fustas en la mano, y lindas Escarcelas flotantes y bordadas. Sólo, Ruy Díaz de Vivar, altivo, En su fuerte caballo de batalla Enjaezado de hierro, lleva estoque Ceñido á la cintura, y lleva lanza,

Y desde el cuello á los riñones luce Flexible y varonil cota de malla, Y sobre el casco brillador suspende Capucha densa que la luz apaga.

La avispa vuela en torno, la langosta Salta en las secas yerbas, la plateada Voz de las campanillas repercute En medio de las rudas carcajadas De todos los alegres caballeros. A la vez, todos ríen, todos hablan, Contando sus audaces aventuras, Raptos de amor, empresas arriesgadas, Irrupciones nocturnas y querellas, Pillerías sin fin, golpes de gracia; Mientras inmóvil y á la vez sombrio, Ruy Díaz de Vivar, no dice nada.

Así, al través de pedregosos campos, Como fue convenido, todos marchan Por llegar hasta el rey que se aproxima Rodeado de sus gentes feudatarias, Y su alférez mayor, y sus notarios Que el juramento escuchen y de alianza Testimonio levanten; y trescientos

Escogidos soldados de su guardia. Al mediodía, don Hernando llega Por el camino donde el polvo abrasa; Quítase el guante de la diestra mano Ni se descubre, ni tampoco baja; En su mula sentado, el homenaje Espera; cada cual un beso estampa En la real diestra; desdeñoso y lento, Ruy Díaz, no desciende hasta el monarca.

Al punto, Iñigo López, estandarte De Castilla, heredero de una raza Pendenciera y audaz, cuyos abuelos Lucharon con Tarik en las montañas,— De su claro linaje envanecido, Viendo un orgullo tal, tembló de rabia; Sobre el arzón erguido, rudamente Dirigese á Vivar, con voces ásperas, Con gesto adusto y la pupila ardiente Más que el carbón de la encendida fragua.

— Abajo, don Rüy, que es vuestro turno! Gran Dios! Este mozuelo en petulancia Cree no poder hacer, lo que hace todo Rico hombre de pendón, espada y maza,

Con vasallos, honores y derechos? Se imagina el retoño de mesnada, Por ventura no existe alguna cuerda Que doble la cerviz que así levanta? Abajo! en vuestra loca altanería Con cínico baldón, muerte villana Diste al conde Lozano, el valeroso, De Castilla sostén y nuestra raza. Qué sois, muro ó judío? Por lo menos Y, sin duda, traidor. Vuestra arrogancia Es digna del desdén y del olvido. Id, si no por la Virgen, por el Papa, Como Iñigo me llamo, de las piernas Os conduzco, arrastrando hasta el monarca. Don Iñigo habló así. De un solo golpe Don Ruy, le abrió los sesos con su espada. El otro desplomóse, y con la sangre Bañó su mula y el camino. Estallan Gritos de: Ola!-Jesús!—Sobre él carguemos! — Alerta! — Herid! Herid! — Alto las dagas! — Por Dios! cránco y birrete le ha partido Hasta los dientes! — Sus! al lobo! En guardia!

— Santiago! dijo el Rey, si el puño es firme, No hay duda que la hoja es bien templada!

El caso me contrista. Iñigo López, Mala suerte alcanzó, por su desgracia. Don Ruy, guarda tu estoque; el diablo mismo Con Mahoma, á feroz no te igualaran. — Ved lo que al atrevido le acontece, Dijo don Ruy: su lengua era muy larga...

Después, sin inquietarse que le sigan Ó le censuren, rumbo á Calatrava, El buen Cid Campeador y sus fidalgos, Vuelven bridas, y rápidos se marchan.