Spanish poem
Del Azul al Gris
Una calle de barrio.—En la fachada —una fachada colonial y austera— el abierto balcón, donde la amada todas las tardes, a las seis, me espera. Cielo azul, aire limpio, luz dorada. Acaba de llover. Sol. Primavera. Huele a tierra mojada.
En la mansa quietud del vecindario ladra un can solitario; dando traspiés, un ebrio soliloquia; gime Chopin en piano centenario, y el humilde esquilón de la parroquia llama a los feligreses al rosario. Los hilos del telégrafo, con finas rayas de pentagrama, ornan los bordes del pretil de las casas en ruinas; y allí las bulliciosas golondrinas están haciendo y deshaciendo acordes.
Sonar se oye a distancia un organillo. Del cercano jardín viene un aroma de musgo. Dan las seis. Yo paso. Un brillo me alumbra el corazón. ¡Ella se asoma! Me paro en el portal, junto a la tienda, y así espero feliz, frente a la amada, a que la noche obscura nos sorprenda prendidos de una límpida mirada. ¡Estamos, en la sombra sosegada, oyendo al ruiseñor de la leyenda!
¿Dónde estoy? En Madrid. Vivo entre extraños, entre ansias nuevas y papeles viejos. ¿Cómo vine? No sé. Ya estoy muy lejos de mi país y de mis veinte años. Salió anoche del fondo de la nada este cuadro de amor. Miré la cosa más fútil y, no obstante, más soñada. ¡Leve impresión, efímera y alada, como una mariposa! Borróse la visión del paraíso. La realidad me vuelve a las sencillas vulgaridades de mi cuarto piso. Para ganarme el pan, se hace preciso emborronar, a diario, unas cuartillas. ¡Me siento tan distante, tan distante de aquel nocturno y repetido instante —de él me alejan la vida y el Atlántico— que sobre una mesa de estudiante versifiqué mi amor ultra-romántico!
¡Basta, memoria! El hambre me vigila; terco es el mal, y la existencia, dura. ¡Ya está, cuerpo rebelde, alma intranquila; es necesario hacer literatura!
La ventana clarea en gris borroso. El día está lluvioso. Mi alcoba está en penumbras, y me invita a quedarme en el lecho. ¡Qué triste soledad, y qué infinita! ¡Qué suspiro tan hondo el de mi pecho! ¡Rigideces de muerte hay en mi cuita! ¡Son del sepulcro, el frío y mi reposo!
Y mi vasta patrona entra y me grita: «¡Don Luis, las diez! ¡Jesús, qué perezoso!»
Madrid, Calle del Pez, 1916.