Spanish poem
La Última Mañana
Tú, en silencio, rezabas; yo, en silencio, escribía; de cuando en cuando alzabas los ojos a mirar el horizonte diáfano que en esplendor ardía y la maravillosa visión azul del mar.
Como una seda, el viento; la luz, como un diamante y tu mirada, pura como el viento y la luz... Así pasé yo el tiempo, sin sufrir un instante, ni el mal de mi cansancio ni el peso de mi cruz.
Era por las mañanas, cuando a los cabrilleos del sol las ondas labran, en blancura ideal, efímeras diademas y leves camafeos que al punto se deshacen en polvo de cristal.
Este día es lluvioso: tú no rezas, hermana, ni yo escribo. Y estamos en silencio los dos. ¡Qué opaco el horizonte de la última mañana! ¡Y qué negras las olas que nos dicen ¡adiós!
¡Adiós! Muy pronto, hermana, te lo diré tan mudo que nadie ha de sentirlo. Del fondo de mi ser saldrá calladamente la sombra del saludo de admiración a una alma que ya nunca he de ver.
Tal vez tú, por las noches, velando a algún doliente, o en el convento, a la hora del grave meditar, avives los recuerdos y cruce por tu frente la imagen de una angustia que te miró al pasar.
Acaso, si en tu limpia memoria hay un asomo de interés, ¿qué habrá sido—dirá tu corazón— de aquel tímido hombre que me miraba como un niño huraño y triste que va a pedir perdón?
¿Y yo?... Buscaré a solas, como única alegría, mi talismán de ensueños y purezas, y allí veré los grandes ojos de Sor Melancolía perpetuamente abiertos para velar por mí.
En el mar.—Abril de 1917.