Spanish poem
Nueve Meses Encerrado
by Manuel Bretón de los Herreros
Nueve meses encerrado En oscuro calabozo, Con las piernas en cuclillas Y los puños en los ojos, Desde que fue concebido El hijo de cada prójimo (No siempre lícito fruto De legítimo consorcio) Llora y gime a su manera De su prisión en el fondo, Por ver los rayos del sol Que ilumina nuestro globo. ¡En vano!; que para ahogar Sus inocentes sollozos, Conspira aleve el corsé, Invención de los demonios; Y a saber lo que le espera Cuando salga de aquel lóbrego Presidio, preferiría Ser víctima de un aborto. Cumplida ya su condena, Antes de asomar el rostro Paga a la madre en dolores Lo que ella le dio en sofocos. Si no tiene vocación De trapense o de jerónimo, Él mismo rompe la celda Que le servía de estorbo. Si la vida motilona De aquel antro cenagoso Le era grata, se resiste A dejar el refectorio. Pero ¡inútil resistencia; Que con furor demagogo Le exclaustra, mal de su grado, El comadrón antropófago! Revuelto como tortilla Y amasado como bollo, ¡Feliz si de tal maniobra No sale tullido o cojo! Pero demos de barato Que salga ileso el pimpollo Y naturaleza próvida Triunfe del barbero indocto. ¡Oíd al nieto de Adán Cómo en destemplado lloro Maldice el funesto don De vivir entre nosotros! Su vida desde el Oriente Es inaguantable potro, Y si supiera quejarse Le escucharían los sordos. Uno le quita la caspa; Otro le limpia el meconio; Aquí apósitos y vendas; Acullá unturas y polvos. ¡Qué de friegas y estirones, Qué de frotes y de sobos De la cabeza a los pies Y desde la mano al hombro! Piensa descansar el mísero Después de mondo y lirondo; Mas de mayores tormentos Aquél ha sido el exordio. Ahora comienza el suplicio Del consabido envoltorio Que oprime sus coyunturas Y estruja sus hipocondrios. Metedores y pañales, Mantillas, chambras y gorros, Con una y otra corteza Cobijan el débil tronco; Y al fajarle el operario Tal vez le disloca un codo O con agudo alfiler Pincha al indefenso rorro; Y sobre prensarlo tanto Le dan vueltas como a un torno; Que no sé cómo no vuelven Al pobre muchacho loco. Por fin, menos semejante Al hombre, de que es retoño, Que al cilindro de una máquina O a una colmena de corcho, Chupa voraz de su madre Los túrgidos promontorios, Y breve tregua a su llanto Da el suculento calostro. Entre tanto, veinte brujas Formando gárrulo coro Bendicen (¡otra les queda!) El fruto del matrimonio. ¡Oh qué linda criatura! Dice fulana: es un rollo De manteca. ¡Dios le libre De viruelas y mal de ojo! Otra en tono de sibila Hace inspirada su horóscopo Y larga vida le anuncia Con montes de plata y oro. Otra exclama: Se parece Lo mismo que un huevo a otro A su papá, y el papá No cabe en sí de alborozo. Pero quizá, aunque sonríe Y dice en público «apoyo», Tiene el padrino razones Para pensar de otro modo. No lamento lo que sufro En el acto meritorio Del bautismo; que me precio De ser cristiano ortodoxo; Pero cuando siente el párvulo Sobre su cabeza el chorro Y en su boca el sal sapientiae, Que no le sabe a bizcocho, Tal vez (¡humana miseria!) Se obstinaría en ser moro Si al oír vis baptizare Fuese él quien dijera «volo». ¿Y quién, ¡ay Dios! enumera Las dolencias y soponcios Que mortifican al nene Entre lágrimas y mocos? Hoy le aflige la alfombrilla; Mañana el usagre hediondo; Otro día el sarampión Le convierte en fiero monstruo. A cada diente que asoma Le atacan pujos y vómitos, Y tal vez males ajenos Se le agregan a los propios; Que si antes de descubrirse El americano golfo El pecado original Era, aunque grave, uno solo; ¡Hoy son dos!...; y ¡vive Cristo Que hizo España buen negocio Quedándose con la peste Y perdiendo el territorio! Sin consultar (¡angelito!) Su paladar ni su estómago, Antes de cumplido el año Llenan su cuerpo de bodrio, Y antes que adquieran sus miembros El preciso desarrollo Le desnudan de mantillas Para vestirle de corto. Mas no por eso el menguado Respira con desahogo; Que su pulmón deterioran Los andadores diabólicos; Y cuando de ellos le alivian, Si con afán engañoso Para librarse del yugo Hace pinitos heroicos, Cada paso es un peligro, Cada mueble es un escollo; Que sus pies son de manteca Y su cabeza de plomo. Por fin, a fuerza de días Y coscorrones de a folio, Logra andar la criatura Sin necesitar socorro, Y su labio balbuciente, Menos precoz que el de un loro, Articula a los tres años Papa, teta, mama y chocho; No sin que antes las comadres, Interpretando su tosco Guirigay, al rudo niño Levanten mil testimonios. Hasta en los mismos halagos Y caricias y piropos Que le tributan, ¡ay! pasa Las penas del purgatorio. Objeto de diversión, Como puede serlo un mono, Para vecinas lechuzas Y aduladores ociosos, Le hacen reír cuando llora, O turbando su reposo Cuando mamara o durmiera Le hacen bailar como trompo. Llamándole serafín Le aturden con su alboroto Y el amor con que le besan Tiene apariencias de encono. Uno al cutis infantil Aplica el suyo cerdoso; Otro le inspira su aliento, Que no huele a cinamomo; Otra vieja fementida, Mostrando insolente pólipo En su alevosa nariz, Que parece un sable corvo... ¡No más, impía canalla! ¡No con vuestro impuro soplo Sequéis en flor ese vástago Que acariciaba Favonio! Pero ¿qué diré, ¡infeliz! Si a falta de madre (¡oh tósigo!) Te cría bestial pasiega O la madre de algún choto? ¿Qué diré, si te condenan A la congoja, al engorro De chupar los biberones Aspirantes de Ibarrondo? ¿Qué diré, en fin, si hacinado En una casa de expósitos Lloras de ignorada madre El criminal abandono? Si al hambre y la desnudez Sobrevives, suyo el gozo, Suyo habrá sido el pecado, ¡Y tuyo será el oprobio! Y exclamarán todavía: ¡Dichosa edad! los filósofos... O nunca fueron chiquillos, O siempre han sido unos tontos.
exclaustra
sal sapientiae,
vis baptizare
«volo».
Papa, teta, mama y chocho;
los biberones
Aspirantes de Ibarrondo?
chiquillos