Spanish poem
No Soy, Alevosa Zaida
by Manuel Bretón de los Herreros
No soy, alevosa Zaida Que el rayo de Alá confunda, No soy el galán preciado Que esperas entre esas murtas. Soy Aliatar el terrible. Aquí penetró mi furia Al torpe esclavo comprando Que no te sirve y te adula. Soy el que sabe blandir En el campo el asta ruda, Mejor que decir requiebros A engreídas hermosuras. En tanto que ese doncel Su laúd de cedro pulsa, O reposa en blando sueño Sobre almohadas de pluma, Yo visto el arnés luciente, Yo duermo en la peña dura, Y ni temo a mis contrarios Ni del tiempo las injurias. Mis galas son mis trofeos, Mi renombre es mi fortuna, Y mis blasones el luto De la castellana turba. ¿Qué vale al rival indigno Que tu cariño me usurpa La pompa de sus riquezas Y el orgullo de su cuna? Aunque de Tarif viniera O bien del ínclito Muza, Que voló de palma en palma Desde Cádiz hasta Ampurias; ¿Qué es un moro afeminado Que no lidia, y se perfuma, Y sólo es grande en el nombre, Y sólo entre damas triunfa? No es noble..., ni moro aquel Que en el ocio se sepulta, Y las gloriosas cenizas De sus mayores injuria. Lo es el valiente adalid Que alcanza en hórrida lucha, Si no inmarcesible palma, Generosa sepultura. Acuérdome por mi daño (Que también la suerte injusta Da a un infeliz la memoria Para colmar su amargura), Acuérdome que al partir A las márgenes del Júcar Contra la hueste enemiga Que marchaba sobre Murcia, Entre sollozos amargos Que tu perfidia me ocultan, Y estrechándome a tu seno Albergue de la impostura, «Guárdete Alá, me dijiste. Nuevos timbres acumula, Y torna, Aliatar, si es dable, Más digno de mi ternura. Adiós. Ya suena la trompa. Aunque me mate la angustia, No tu vida entre mis brazos Inerte pase y oscura. Mas por mis ojos te ruego, Que en sus lágrimas te inundan, Y por el tierno cariño Que nuestros días endulza, Guardes tu vida, Aliatar; Que si una acerada punta A muerte abriere tu pecho, También la mía apresura». Tal dijiste, y me enlazaron Tus manos banda purpúrea Con ingeniosos emblemas De amor y constancia mutua. Y yo la besé mil veces, ¡Oh, mal haya mi locura! Y en más la precié que el mando De las tropas andaluzas. Parto; y los cristianos tiemblan No bien la fama divulga Que los llanos de Gandía Mis escuadrones saludan. Empero a la lid se aprestan, Y aunque su ruina procuran, No sé si honor o despecho Rémora fue de su fuga. No es tan formidable el rayo Que horrendo estrépito anuncia, Ni el huracán mugidor Que un roble y otro derrumba, Cual en mi mano triunfante La cimitarra desnuda, Que abría al godo infeliz En cada golpe una tumba. El bravo muere; el cobarde En los montes se refugia. No hay resistir a un acero Que patria y amor aguzan. Mas no vencí sin mi sangre; Que valerosa y robusta Herirme logró la mano De Álvar Núñez el de Asturias. Si es causa de tu mudanza, Mujer aleve y perjura, La reciente cicatriz Que la mejilla me cruza; Sabe que Zora y Arlaja La llamaron honra suya, Porque mi fama engrandece Si mi rostro desfigura. Arlaja que a mi desvío Mal su pesar disimula, Aunque en belleza y donaire No ceda a ti ni a ninguna. ¿Callas, Zaida? ¿De tu labio No merezco una disculpa? Fementida, ese silencio Más me irrita y más te acusa. ¡No ha de triunfar mi enemigo, Por el sol que nos alumbra! Yo lavaré mi baldón En su sangre y en la tuya. Dijo Aliatar, y furioso Punzante almarada empuña, Y fuego sus ojos brotan, Su labio rabiosa espuma. Mas súbito arrepentido; (Que no alberga un alma cruda, Bien que vio la luz primera En las playas de Getulia), La espalda torna al peligro Donde su gloria fluctúa, Arroja banda y puñal Y a la venganza renuncia. Quédate para quien eres, Exclamó, y en vil coyunda El vil que te ha merecido Tus votos infames cumpla; Que yo vuelo, pues el alba Ya corona las alturas, A acrecentar los laureles Que la frente me circundan. Parte; presuroso monta Sobre un morcillo de Osuna, Y a larga brida se aleja Por el camino de Andújar.