Versos Spanish Manuel Bretón de los Herreros No Más, No Más Callar; Que Ya En Mi Seno

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No Más, No Más Callar; Que Ya En Mi Seno

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[...] Ridentem dicere verum Quid vetat?

No más, no más callar; que ya en mi seno Tanta bilis no cabe, Anfriso mío, Y tanta indignación, tanto veneno. ¿Yo sufrir el armónico extravío Que así enloquece al grave castellano? ¡Yo que de castellano me glorío! ¿Yo sufrir que el gorjeo de un soprano Muy más al pueblo estólido conmueva Que el ruso combatiendo al otomano? ¿Y que a enseñar un hombre no se atreva Luneta para el otro coliseo Cuando anuncia el cartel ópera nueva? ¿Que en el café, en la calle, en el paseo, En tertulia, doquier se hable tan sólo De la Donna del lago o de Romeo? ¿Que la letra de un aria, horror de Apolo, Aprenda de memoria un lechuguino, Y desprecie a León y al dulce Polo? ¿Que me pruebe en añejo pergamino Descender de Gerión, y yo le vea Adulador de un buffo transalpino? ¿Que el sentido común negado sea Por la meliflua turba a quien ignora Lo que es un calderón y una corchea? ¿Que hasta para vender platos de Alcora En escala cromática se grite, Y anuncie el diapasón a una aguadora? ¿Que aplaudiendo un moscón se desgañite Tal vez lo que rechiflas merecía, Y entre bravos el hígado vomite? No, no; mil veces no. Sacra Talía, Ya tu fuego satírico me inflama. Dardo aguzado es ya la pluma mía. No es tan terrible el bruto de Jarama Que agarrochado rompe la barrera, Y embiste, y hiere, y espumante brama. ¡Quién tu mostaza, Juvenal, me diera, O tu diestro pincel, divino Horacio, Que admirará la prole postrimera! ¡Mas ay, que no es Madrid el noble Lacio, Y aquí no hay un Mecenas ni un Augusto Que proteja de un vate el cartapacio! ¿Y he de callar, con el pulmón robusto? No, que es santa la causa que sostengo Y de ignorantes zoilos no me asusto. Harto es mi galardón si a España vengo Del desprecio español, y en rima acerba Su decoro impertérrito mantengo. «¡Triste! ¿Qué vas a hacer? Aunque Minerva Declamara por ti, no se corrige La tenaz filarmónica caterva. »Hay un genio infernal que la dirige, Gigante enorme, que a domar su furia Más robusto poder que el tuyo exige. »Reprende los enredos de la curia, Si comezón de sátira te roe, La avaricia o la sórdida lujuria; »Y deja que Madrid plácido loe Los trinos de una amable virtuosa Al compás del violín y del oboe. »Triunfe Pacini, triunfe Cimarosa, Y eríjase de mármol y granito Pirámide a Rossini majestuosa. »Deja que, sin alzar tu inútil grito, Cual sus tablas un día en el desierto Se adore de Moisés el spartito. »Todo sea dulcísono concierto, Y óigase el gorgorito almibarado Hasta en el réquiem que se entona a un muerto. »¿Por qué en poema cáustico y airado Ese placer legítimo combates Que tiene al español embelesado? »¡El mundo siempre fue casa de orates, ¡Y al furor filarmónico te opones! ¿Quién en locura, quién vence a los vates? »La música es consuelo de aflicciones. ¿Quién no canta en el mundo? Aún el esclavo Canta al sonar los férreos eslabones. »¡Dichoso el que no cuenta un solo ochavo Para almorzar mañana, como pueda Clamar en la luneta ¡bravo! ¡bravo! »Sigue, vate infeliz, otra vereda. ¿Quién ataja un torrente con arcilla? ¡Guarda, no algún desastre te suceda! »Ya no es Castilla lo que fue Castilla Aquí más que otro tiempo al gran Rodrigo Hoy se aplaude a un maestro de capilla. »Deja estar a los músicos, te digo, Que son el ornamento de la Corte. Mira que te aconsejo cual amigo. »Tu satírica saña se reporte; Que no bien un melómano te lea, De enemigos tendrás una cohorte. »Dirán (casi los oigo): ¡Estulta idea! Ese hombre tiene el alma de peñasco Cuando una dulce voz no le recrea. »Mas ¿qué será lo que le altera el casco? ¡Audacia singular!... —Vamos, no hay duda, Algún poema suyo ha fato fiasco. »Más de una vez su musa testaruda Entre la risa de ignorante plebe Nos ha espetado la verdad desnuda. »¡Venganza, guerra al poetastro aleve Que a la divina Euterpe escarneciendo Su viperina lengua osado mueve! »El que impugna una stretta y un crescendo, Quien maldice el adagio y el andante, Reo es de crimen bárbaro y horrendo». Tente, Anfriso, y escucha tolerante. No soy yo de la música contrario: Sólo pudiera serlo un delirante. Ni a condenar me atrevo temerario El público placer, bien que mi diestra Sólo a Dios elevara el incensario. Quizá también mi júbilo se muestra Al escuchar los ecos de Rossini En Galli, en Rossi, en la sonora orchestra. Pláceme Osmir en boca de Passini, La Céssari en Arsace me arrebata, Y admiro en Semirámide a la Albini. Ni dejo de aplaudir una volata Por cantarla Valencia, si me gusta; Que nunca he sido mulo de reata. Ni aún Llord cual subalterno me disgusta; Que Orfeo no ha de hacer de confidente Como pretende multitud injusta. Mas mi cólera, Anfriso, no consiente Que ensalzando de Italia a los cantores Al español teatro así se afrente. Tribútense en buen hora mil loores A una voz peregrina, y no olvidemos Que en Madrid hay comedias, hay actores. No sea todo bravos, todo extremos Cuando trina en rondó lengua toscana, Y al escuchar a Lope bostecemos. No clamen voces mil: ¡Hosanna! ¡Hosanna! Cuando acate a su reina el pueblo asirio, Y olvidemos la gloria castellana. No aplaudamos un dúo con delirio, Y Calderón y Rojas y Moreto En vez de almo placer nos den martirio. No vea yo a Cervantes incompleto Por las cuadras rodar, y entre cristales De la Schiava el insípido libretto. No en el canto los duros a quintales Ose invertir quien a Talía niega Ocho maravedís y cuatro reales. ¿No es risa ver al pueblo cómo brega Para alcanzar billete del Crociato? ¡A tanto, Anfriso, la locura llega! Uno pierde la capa, otro un zapato; Otro desde la víspera se aloja Sobre la dura losa. ¡Mentecato! Las diez. ¡Fiero motín! ¡Ruda congoja! «¡Orden! ¡Orden! ¡Soldados, en batalla! Aquí la sangre azul; allí la roja. —»¡Atrás! ¡Buen culatazo a la canalla!» —¡Nada! ¿Quién la contiene? Aunque a sus ojos Diez cañones cargasen de metralla. ¡Qué de jirones luego y de despojos! ¡Cuántos, sobre quedarse sin tarjeta, Descalabrados van, mancos o cojos! Otro, no menos huero de chaveta, Compra a fuerza de plata el privilegio De adquirir sin porrazos la luneta. ¿Qué ha de hacer? Si perdiera un solo arpegio De la nueva función, otro elegante Le acusara tal vez de sacrilegio. No falta en tales días un tunante Que revenda lunetas y sillones Burlando al alguacil más vigilante. Y hay hombre que daría diez doblones Por escuchar el aria del contralto Aunque fuera en el foso entre ratones. Sabe Madrid que a la verdad no falto. Cierto es el trasnochar, y el monopolio, Y el tomar los billetes por asalto. De cuanto pasa en él un tomo en folio Se pudiera escribir; que menos fiero El galo fue trepando al Capitolio. Esto, y aún más que referir no quiero Pasa en Madrid; ¡y me dirá mi abuela: «¡Los tiempos están malos: no hay dinero!» «¿A quién en tanto, a quién no desconsuela El ver cuando no hay ópera desiertos Patio, palcos, lunetas y cazuela? «Este calor cruel nos tiene muertos. Sudar en la comedía es de mal tono. Los cómicos son torpes, inexpertos. »Si es trágica la acción me desazono; Si es moral me empalaga; si es jocosa... Vaya usté en mi lugar: cedo el abono». Así el canto alienígena se endiosa; Y aunque viera a mis plantas un abismo, ¿No ha de tronar mi saña procelosa? Necio furor, risible fanatismo, La guerra te declaro, y ¡oh si fuera Cada verso que estampo un sinapismo! ¡Oh tú, santuario de virtud severa, Teatro nacional, que fuiste un día Norma y recreo de la gente ibera; Prestigio de mi ardiente fantasía, Tú, a quien tanta vigilia he consagrado, Puerto amigable en la tormenta mía; Tú que el sesgo camino me has trazado Do Inarco laureó la docta frente, Si bien se atasca en él mi pie cuitado; Tú que en vano a la moda intercadente Moral opones, variedad, buen gusto, Ludibrio ya y botín de intrusa gente; Teatro nacional, mi ceño adusto Tu inicua depresión vengar ansía Y vapular al populacho injusto! Otro tan bajo apodo aplicaría Sólo al humilde menestral honesto, al que no viene de alta jerarquía; Yo no, que a todo trance me he propuesto Lo que siento decir, aunque mañana Mordaz me llame un crítico indigesto. Los que nunca leyeron a Mariana, Y devoran insípidas novelas En lengua gali-escita-castellana; Los que charlando más que un sacamuelas Insignes literatos se pregonan, Y jamás saludaron las escuelas; Los que su patria sin pudor baldonan; Los que el oro negado al indigente Por exóticos dijes abandonan; Los que con cien aromas del Oriente De sus almas no purgan la inmundicia, Y llaman al danzar ciencia eminente; El gallego o vascón cuya injusticia Osa tildar de bárbaro salvaje Al hijo de Navarra o de Galicia; Los que llaman a un coche un equipaje, Y hablando entre españoles mal gabacho Sus costumbres olvidan, su lenguaje; Anfriso, yo lo digo sin empacho; Estos, su condición cual fuere sea, Estos son, ¡vive Dios! el populacho. Lejos de mí la extravagante idea De condenar las óperas, repito; Ni aun la débil de Osmir y Netzarea. Mas aquel que al armónico apetito Todo lo sacrifica afeminado, Es un fatuo, un cabeza de chorlito. «¡Bello dúo! Mi oreja ha regalado». Bien; mas ¿por qué el monarca babilonio Ya cadáver entona un recitado? ¿Por qué Antenor, que viene hecho un demonio, Canta rabiando y a Celmira aterra? ¿No es levantarle un falso testimonio? ¿En qué ignorado pueblo de la tierra, Aunque perdone Il posto, canta un reo Delante del consejo de la guerra? ¡Oh poder de la solfa! ¡Oh coliseo! Cuando a mí me asaltaron los ladrones No cantaban siguiendo a un corifeo. ¡Ay, que menos maldad, menos traiciones Llorara el orbe si al compás y al tono Los hombres sujetaran sus pasiones! Mas no se diga que con ciego encono Ando a caza de faltas en el canto, Y al olvido sus gracias abandono. Basta: sólo diré que no me espanto Si entre bemoles el tam-tam resuena, Ni Claudio cantarín me arranca llanto; Que el canto los sentidos enajena, Que conmueve tal vez; mas no convence, Objeto primitivo de la escena. Ni el comprender la letra a mí me vence, Si cuando no debía Otelo canta, Lo mismo es en toscano que en vascuence. Sólo a su voz los triunfos que decanta Quizá debe un tenor: la Poesía Del genio vive, y no de la garganta. De Melpómene fiera y de Talía A los cuadros patéticos y fieles También concede un genio la armonía. La armonía de Fidias y de Apeles Que el alma hiere, blanda, imperceptible, Sin flautas, sin tam-tam, ni cascabeles. Armónico placer indefinible, Placer que sólo siente y sólo expresa Quien nutre un corazón tierno y sensible. ¿Qué gozo iguala a la feliz sorpresa De ver al torpe vicio escarnecido Ceder su triunfo a la virtud opresa? Si sucumbe, ¿qué pecho empedernido No goza maldiciendo a los troyanos, Lágrimas dando a la infelice Dido? ¿Quién de Dios no venera los arcanos Cuando incestuoso gime y parricida El miserable rey de los tebanos? ¿Quién si en su pecho la virtud anida, No bendice a Jehová, que el alma fiera Le negó y el orgullo de un Atrida? ¿Quién...? Pero ¿a qué me salgo de mi esfera? ¿Qué escribo yo? Una sátira picante, Y no un tratado de moral austera. ¿Quién vale más, Racine o Mercadante? ¿Es más justo reír en El Avaro Que aplaudir una pieza concertante? ¿Es lícito ignorar que Gundemaro Fue de España monarca al madrileño Que ha aprendido a decir: Addio, caro? ¿Se aplaudirá a un cantor con necio empeño Antes que cante, sin saber si tiene Mísera voz y oído berroqueño? ¿Callarán las deidades de Hipocrene El talento español, y el de otra casta Sonará desde Calpe hasta Pirene? Que yo resuelva la cuestión no basta. ¿Y a qué fin? Cada cual a su albedrío, Dirán, el tiempo y el dinero gasta. Haced lo que queráis: tiradlo al río; La solfa preferid; cuando haya canto Olvidad los rigores del estío; Pero, por Cristo y por su Padre santo, No vayáis a ultrajar la patria escena Los que la veis con tedio y con espanto. No porque una comedía os cause pena Miréis como a un idiota de reojo Al pobre diablo que la juzga buena. No apuntéis sin cesar el doble anteojo Para ver en tertulia y aposentos Si Filis se vistió de azul o rojo. No allí el tiempo gastéis contando cuentos, Y hasta ver si es el drama bueno o malo No le volváis la espalda descontentos. No charle usted tan fuerte, don Gonzalo, O vaya con su cháchara al pasillo; Que los que están detrás no son de palo. No se ha anunciado en el cartel sencillo, Ni puede autorizar el presidente Que usted nos administre un tabardillo. Ya que aplaude a rabiar, Dios se lo aumente, Al tiple y al tenor, con sus paisanos Sea usted, a lo menos, indulgente. No tema lastimar sus lindas manos Si aplaude a un español; que no por eso Gemirán los cantores italianos. Indigno fuera tan culpable exceso De un artista eminente, cuya fama No se funda en los bravos de un camueso. Alguno de ellos, que las leyes ama De la santa equidad, allá en su idioma Llorando nuestra mengua al cielo clama. ¡Ay, que el llanto a mis párpados asoma Cuando a ser españoles nos enseña El que ha nacido en Nápoles o en Roma! «¿Por qué, dice, la gente madrileña, Bien que aplaudidos sean tiple y bajo, La escena nacional tanto desdeña? »Esmerado y asiduo es su trabajo. ¿No hacen más de lo justo los actores Que por poco dinero echan el cuajo?» Dice bien. Y si en premio a sus sudores La soledad reciben y el desprecio, Mal se corregirán de sus errores. Hoy dan nueva función. ¡Oh vulgo necio! ¿Por qué no vas a verla? Si es mezquina, Si la ejecutan mal, silba de recio. Canta la donna mal su cavatina, Y exclamas al momento compasivo: «Está mala; está ronca: ¡poverina!» ¿Pecar no pudo por igual motivo Un actor español? Quizá trabaja Después de haber tomado un vomitivo. Quizá ese mismo que tu lengua ultraja, Inmolado al escénico decoro, Come gazpacho y duerme sobre paja. ¿No fuera más razón en rudo coro, Si delinquen, silbar a los de allende Que han venido a embolsar montones de oro? Mas en vano mi sátira pretende Reformar a la ciega muchedumbre Que la razón esquiva, o no la entiende. ¡Basta; me canso ya! ¡Dios los alumbre!; Que si decir quisiera lo que callo Aún gastara de tinta media azumbre. Si en vano, ¡oh patria! por tu honor batallo; Si no me escuchan como en Troya un día Al que arengó contra el fatal caballo; Si los necios me juran guerra impía; ¿Qué importa? La verdad siempre es mi norte. Muchos aplaudirán la audacia mía; Que no todos son necios en la Corte.

ópera

Donna del lago Romeo?

aria

lechuguino

buffo

calderón corchea?

cromática

diapasón

bravos

español

virtuosa

Pacini Cimarosa

Rossini

Moisés spartito

réquiem

¡bravo! ¡bravo!

ha fato fiasco.

stretta crescendo

adagio andante

Rossini

orchestra

Osmir Passini

Céssari Arsace

Semirámide Albini

Valencia

Llord

bravos

rondó

Lope

¡Hosanna! ¡Hosanna!

pueblo asirio,

dúo

Schiava libretto

Crociato?

elegante

aria contralto

mal tono.

equipaje

Osmir Netzarea

dúo!

recitado?

Celmira

Il posto

solfa!

compás tono

bemoles tam-tam

Claudio

Otelo

armonía

tam-tam,

Racine Mercadante?

El Avaro

concertante?

Addio, caro?

tiple tenor

bravos

tiple bajo

donna cavatina

¡poverina!