Spanish poem
Introduccion — II (Aun es hermosa, y en…)
by Manuel Fernández y González (1821–1888)
Aun es hermosa, y en vano la enfermedad, la tristeza de su marchita belleza, anublan el esplendor; y áun á pesar de las canas que emblanquecen sus cabellos, hay en sus ojos destellos de juventud y de amor.
Amor doliente, infinito, mal herido, acongojado, en ardoroso cuidado, en apenador afan; corriente de desventura, que la materia mezquina gasta, corroe, calcina, como el fuego en un volcan.
Desesperantes, crueles los dolores de su vida, por su mente enloquecida pasan en negro tropel, y eterno, indeleble, horrible un pavoroso momento, en su corazon sangriento mantiene viva la hiel.
No ha pasado un solo dia: espantosa, aterradora, es siempre la horrenda hora del crímen y la maldad; es lo que ensueño parece por el infierno abortado, lo infame al horror llevado; lo infinito en la crueldad.
La mar, que á la brisa ondula y al sol poniente riela, deja ver la blanca vela, recortándose en la luz, que el ocaso enciende en fuego, de esbelta nave galana que de la costa africana viene al verjel andaluz.
¡Ay de la vírgen morena que al pié de la ingente roca contra la que brava choca, rompiendo espumas la mar, sin miedo acercarse mira la nave que blandamente, mueve la brisa indolente la azul llanura al rizar!
¡Ay de la tribu que errante vino de Arabia en mal hora á aquella roca traidora y sus tiendas alzó allí! que viene en la nave aquella el feroz lobo marino, almirante granadino Ben Jucef-el-Meriní.
Se oculta el sol: ya es la noche: la brisa se torna en viento, que en largo sonoro acento anuncia la tempestad, y sobre la mar inquieta, cubierta de blanca espuma, negra y espesa la bruma aumenta la oscuridad.
En tanto, la galeota que el fiero Jucef comanda, de la ensenada en demanda, que está de la roca al pié, llega, las anclas arroja y al agua lanza el esquife, que embiste en el arrecife, donde el aduar se ve.
Los árabes, sin recelo de un barco en que está arbolada la bandera de Granada, del rey en prenda y señal, á Aben Jucef se adelantan y en paz le tienden la mano, como á un cariñoso hermano de igual raza y ley igual.
Con antorchas le esclarecen el camino, y á su llama, que en chispas se desparrama del viento bajo el furor, de Ayela ve el almirante la sobrehumana hermosura, y súbita llama impura prende en él de un torpe amor.
—¡Ah la hurí!—temblando dice; y volviéndose á su gente— ¡llevadla!—añade vehemente con fiero acento brutal; y aquella voz pavorosa que á los árabes sorprende, su honrada cólera enciende y es del combate señal.
Á poco las tiendas arden, gritos de muerte se escuchan, presto los tristes no luchan degollados en monton, y Ayela, de horror transida, entre unos brazos se siente, y ve una mirada ardiente que la hiela el corazon.
¡El vértigo! luégo nada; insensible, muda, inerte, un letargo que á la muerte se pudiera comparar, la domina, y cuando vuelve en sí, con asombro toca un dentellon de la roca, á donde la echó la mar.
El sol brilla en el Oriente, y la azul onda serena se rompe en la blanca arena con dulce cadente són; y graznan las gaviotas, sus blancas alas mojando, la abrupta base rozando del solitario peñon.
Los miembros atormentados, de dolor temblando y frio, con espantoso extravío en su anhelante mirar, vagamente recordando rojas visiones tremendas, Ayela busca las tiendas de su querido aduar.
Ni un vestigio, ni un despojo en la arena abandonada; la mar, entónces rizada, cuando el huracan la hinchó, el arrecife asaltando, bravía por él subiendo, cuanto al paso halló barriendo, sólo á Ayela respetó.
¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola que, cogiéndola en su espalda, en la dentellada falda de la roca, sin piedad, la arrojó, que mejor fuera que implacable la matára, porque infeliz no llorára su desolada orfandad!
Lentamente su memoria, con el marasmo luchando, la fué el crímen revelando infame, horrible, cruel; y fiera gritó, en la altura los airados ojos fijos: —¡Malditos sean sus hijos y cuantos vinieren de él!
¡Que perezca cuanto ame! ¡Que su corazon de fiera lento y lento el dolor hiera y no le mate el dolor! ¡Que sus noches el infierno llene con sueños de espanto! ¡Que nunca aplaque su llanto la cólera del Señor!
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