Spanish poem
Introduccion — III (Y esta maldicion horrible)
by Manuel Fernández y González (1821–1888)
Y esta maldicion horrible que del dolor en la hora Ayela desesperada, de justa venganza ansiosa, pronunció contra el malvado, ignorando su deshonra, ignorando que era madre, cuando lo fué en su memoria, se sublevó turbulenta, sombría, amenazadora; que al maldecir á los hijos de la fiera sanguinosa que asesinó á su familia, maldijo á su sangre propia; y por eso cuando Ataide en su infancia fatigosa, que siempre sobran fatigas donde el dinero no sobra, el bello semblante pálido mostraba, y su linda boca de arcángel no sonreia, la maldicion pavorosa helaba de espanto á Ayela, surgiendo de entre la sombra del imborrable recuerdo de su desdichada historia; y pasaron veinte años de angustias y de congojas para la pobre inocente madre honrada, aunque no esposa, y para el hijo sin padre, del cual fué la herencia sola, con la belleza de Ayela y su sangre generosa, el valor de Aben Jucef y su condicion indómita. Sin pan y sin esperanza, y sola en el mundo, sola; en los principios viviendo, con llanto, de las limosnas; rechazando altiva y pura, si la buscó, á la deshonra; brava su sino arrostrando, errante como una hoja que del árbol desprendida va allí donde el viento sopla; con su tesoro cargada, y libre como una alondra, danzando cual bayadera, cantando cual trovadora, diciendo las buenas hadas en natalicios y bodas; vendiendo filtros de amores y oraciones milagrosas; ornando con oropeles, collares y falsas joyas su portentosa hermosura; sin más amor que su ansiosa pasion por su pobre hijo; por valles, cerros y lomas, parando en las alquerías, en las villas populosas, y en las altivas ciudades que de torres se coronan; marchitando su hermosura las fatigas, las zozobras, y de su llanto apenado la corriente silenciosa, y de su dormir inquieto las sombras aterradoras, á la juventud viril llegó de Ataide, ya rotas sus fuerzas, su juventud, y con canas presurosas la pálida frente ornada, anciana ya áun siendo moza. Siempre con el miedo horrible de que en fatídica hora su maldicion alcanzase al hijo de sus congojas, su único bien en el mundo, aquella noche en que llora por la tardanza de Ataide, una fatídica sombra su delirante cabeza asalta y la vuelve loca: nunca más vivo el recuerdo de la noche tormentosa de su desdicha la aqueja; la faz repugnante y torva, por el deseo irritada, de su asesino, medrosa cual si pasado no hubieran los años, abrumadora, impregnada de amenazas, en frio pavor la ahoga; y ya no reza ni siente crujir la puerta premiosa del huerto, ni unas pisadas sobre la arena sonoras; pero Radjí se levanta penosamente, la cola menea, con sus gruñidos la atencion de Ayela evoca, que de su estera se alza y á la puerta llega ansiosa, palpitante, en el momento en que Ataide al umbral toca, y muriendo de alegría entre sus brazos se arroja.
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