Versos Spanish Manuel Fernández y González Introduccion — IX (Ya el crepúsculo en la…)

Spanish poem

Introduccion — IX (Ya el crepúsculo en la…)

by (1821–1888)

Listen in the reader

Ya el crepúsculo en la noche lentamente se va hundiendo; con más esplendor la luna brilla en el límpido cielo, y en la inmensidad perdidos resplandecen los luceros. Es ya tarde: cuidadosa, sin duda en ferviente rezo, la infeliz Ayela aguarda al hijo que es su consuelo, su solo amor en el mundo, su solo dolor acerbo. De la piedra se alza Ataide conmovido y macilento, y sobre su res se inclina, cuando un cavernoso estruendo, atronador, formidable, indescriptible, siniestro, voz pavorosa de muerte, que áun resonante á lo léjos hiela la sangre de espanto, pone de punta el cabello, retemblar haciendo al soto despierta aterrado al eco. —¡Ah! ¡el leon!—Ataide exclama, cuidadoso, mas sereno:— ¡el leon en montería, el feroz divertimiento que da á su doliente Leila Aben Jucef el soberbio! ¿Mas por qué de las bocinas no se percibe el acento, ni los ardientes lelíes de los ágiles monteros, ni acorralando á la fiera el ladrido de los perros? ¿Por qué esos rugidos suenan solitarios y siniestros, y la vega los repite cual los repite el Desierto cuando su rey vaga errante de hambre y sed calenturiento.— Cual respuesta pavorosa se oyen gritos lastimeros de mujer, gritos heridos, insoportables, horrendos, voz de espanto miserable que pide amparo á los cielos, y el escape redoblado de un bruto que viene huyendo. Y se acercan los rugidos, los gritos son más intensos, y ya se ven las centellas que arrancan los cascos férreos de los duros pedernales en su escape turbulento. —¡Santo Allah! ¡si fuese ella!— exclama Ataide partiendo como un rayo hácia el peligro, de ansiedad henchido el pecho, enardecido, magnífico, ardientes los ojos fieros, en el alma acariciando de una esperanza el misterio, y exclamando miéntras corre más veloz y más intrépido: —¡Ah, no! ¡que no sobrevengan los altivos caballeros, ni los monteros feroces, ni los irritados perros! ¡Yo solo, yo, con tu amparo Santo Allah, salvarla quiero!— Al fin una blanca yegua, impulsada por el vértigo, cae sin vida en la rambla agotado ya el aliento, y soltando los estribos, por buena dicha á buen tiempo, queda una blanca figura de pié, lanzando reflejos de su rica pedrería, que de la luna á los besos irradia, cual los del sol, deslumbradores destellos. El leon avanza á saltos: uno más para que hambriento se cebe en su triste presa, que inmóvil, resplandeciendo más que por sus ricas joyas de su beldad por lo inmenso, parte el alma atribulada entre el asombro y el miedo: que la hace sentir Ataide un inefable consuelo, y el leon puede quitarle lo que ya, sin comprenderlo, siente en su sér conturbado por un dulcísimo anhelo. Suena un chasquido; una jara hiere zumbando en el pecho al leon, que se recoge, y sus ijares batiendo con la cola, rampa horrible sobre su propio terreno, la roja crencha erizada, pavoroso, gigantesco: sus fosforescentes ojos muerte amenazan, y el suelo con las garras formidables cavando, ruge en el hueco. De la vida ó de la muerte es el solemne momento. Por su amor engrandecido, por él á todo resuelto, olvidado de su madre, viendo en su amor su universo, Ataide al leon se arroja, desnudo el tajante acero, revuelto rápidamente, el caftan al brazo izquierdo; y resuena un grito herido, un grito de horror supremo: ella no ve más que un grupo en que se agitan revueltos, confundidos, hombre y fiera: Ataide en círculo estrecho se ciñe al leon, le evita, al burlar su furor ciego larga herida le produce, y rápido revolviendo, vuelve á burlarle y á herirle y redobla su ardimiento, siempre el caftan por escudo y por ofensa el acero. Á cada golpe que tira le enrojece un chorro negro de hirviente sangre que brota de cien heridas á un tiempo; y ella, extendidos los brazos, de ansiedad y espanto trémulos, agitado el corazon, que quiere saltar del pecho, más y más á Ataide siente en el voraz pensamiento. Al fin la tremenda lucha cesa, profundo silencio sucede á un postrer rugido del monstruo espantable muerte; y Leila, que ella es la dama, mira á sus piés al mancebo, y desmayada en sus brazos se abandona sonriendo.