Spanish poem
Introduccion — IV (--¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto)
by Manuel Fernández y González (1821–1888)
—¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!— Ayela anegada en llanto dice con voz amorosa.— ¡Jamas he llorado tanto!
¡Jamas con igual espanto tu vuelta esperé afanosa!
Y de su cuello colgada, besándole enloquecida, por las lágrimas velada la mirada enamorada, por la pasion encendida y en Ataide encarnizada;
la pálida frente pura reflejando la hermosura del amor de los amores, de la maternal ternura olvidaba en la locura de su espanto los horrores.
—¡Oh tu amor cuál te amedrenta!— dijo Ataide conmovido. —¡Sí, de la brava tormenta— Ayela exclamó—el rugido en mi corazon herido siento horrible y me amedrenta!
Vén: la cena preparada está ya; la blanda almohada al reposo te convida; pero ¡ay de mí desdichada, en penas siempre anegada! ¿por qué has tardado, mi vida?—
Y de nuevo le besó de amor trasportada, hambrienta; y cuando de él se apartó, cuando de improviso vió su vestidura sangrienta, desatentada exclamó:
—¡Ay de mí! ¡vienes herido! ¿Quién tu valor ha rendido? ¿qué terrible sangre es ésta? —Vencedor, mas no vencido— dijo Ataide. —¡Y di, ¿qué ha sido entónces de tu ballesta?
—El colmo de la ventura me hizo olvidarla. —¡Qué dices! —¡Ah, la propicia aventura dijo Ataide con locura:— ¡ah! ¡los augurios felices del amor y la hermosura!
—Yo no te entiendo, ¡ay de mí! ¿Mas no estás herido? —Sí; pero con dardo de amor: la suerte cruda hasta aquí nos brinda con su favor. Asienta y escucha. —Di.
En el hogar la asentó Ataide, y con voz ardiente su aventura la contó, y ella, abatida la frente, estremecida, doliente, en silencio le escuchó.
Ataide acabado habia, Ayela permanecia doblegada, muda, inerte, y su alentar parecia el hervor de la agonía tras el cual viene la muerte.
Al fin, la faz levantando, en su mirada infinita, avara, á Ataide abarcando, dijo, con voz inaudita, cual consigo misma hablando: —¡Maldita de Dios! ¡Maldita!
Luégo, su voz lastimera resonó, vibrante, fiera, aterradora, sombría, cual rugido de pantera, que al temor se desespera de que la roben su cría.
—¡Maldita, sí!—ronca, dijo:— ¡Maldita, la que maldijo! ¡Un amor que muerte augura colmando mi desventura, mi vida, mi amor, mi hijo, arrebate á mi ternura!
—¡Qué dices, madre! —De aquí partamos sin más tardar. —¡No temas, espera en mí! ¡Tanta gloria he de alcanzar, que mi Leila me ha de dar Ben Jucef-el-Meriní!
¿Por qué, dí, te desesperas? Yo arrancaré en las fronteras ricas presas al cristiano; y á sus plantas hechiceras ella verá cien banderas conquistadas por mi mano.
El encanto de mi amor me hará incontrastable, fuerte; calma tu ansioso temor, ¿por qué pensar en la muerte, cuando propicia la suerte consuela nuestro dolor?
El Rey me ennoblecerá, Granada me aclamará, ella y tú seréis mi encanto. —¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto la locura humana va!— dijo Ayela con espanto.
—Enalteciendo á mi grey, con mi sangre en las campañas, por Dios, la patria y el Rey, premio hallarán mis hazañas. —Yo no conozco más ley que el hijo de mis entrañas.
¿Qué rey nos tendió la mano? ¿Qué patria nos amparó? Dios mismo, al dolor tirano, doblegados nos dejó, que la maldicion oyó y no se maldice en vano.
—De temor estoy ajeno, dijo Ataide ya impaciente— aquel que maldice al bueno el daño siente en su seno. —¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente da á sus hijos su veneno!
—¡Hijo soy yo de un maldito! —Tú de tu madre el dolor desoyes, y el hondo grito de las ansias de su amor. ¡Dios es grande y vengador, y cumple lo que está escrito!
—¿Y qué ha de cumplirse, di? —Temo que te mate el fiero Ben Jucef-el-Meriní. Si sabe (de angustia muero) tus amores..... ¡ah! ¡yo espero que tengas piedad de mí!
¡Huyamos! De tu pasion me estremece la locura, se me hiela el corazon, y pienso que, horrenda, oscura, una horrible maldicion nos lleva á la desventura.
—Mañana, al rayar el dia, partirémos, madre mia. —¡Oh! ¿Qué dices? —En su empeño, mi amor á la lid me envia. —¿No me engañas? ¿No es un sueño? —Me tarda el tenerla mia;
pero esta noche..... —¡Oh, señor! —Ella en la reja me espera, piensa madre en su dolor, si escarneciendo su amor á hablar con ella no fuera por la sombra de un temor.
—¡Oh! ¿Quién sabe?—Ayela dijo para sí, con triste anhelo— tal vez sin razon me aflijo: ¿Mas, qué madre por su hijo no vive en tenaz recelo, temiendo un afan prolijo?—
Y añadió, la voz temblando: —En buen hora ve, mas cuida que ansiosa quedo esperando. —No he de tardar, por mi vida— dijo Ataide—y la salida ganó, impaciente escapando.
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