Versos Spanish Martín del Barco Centenera 03 (La obra excelentísima y grandiosa)

Spanish poem

03 (La obra excelentísima y grandiosa)

by (1535–1602)

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La obra excelentísima y grandiosa arguye grande artífice y maestro, que no puede hacer obra preciosa el hombre que en el arte no está diestro. Como la creación maravillosa enseña, Señor mío, el poder vuestro, en su tanto también aqueste río muestra grande saber y poderío.

Inmensas gracias, Dios Señor, os damos, pues todo a nuestra causa lo criastes; y a nosotros que mal os lo pagamos, para vuestro servicio nos formastes. Cuanto sois, mi Señor, si bien miramos las cosas que en el mundo vos plantastes, nos da bien a entender, y la grandeza de vuestro gran saber y la riqueza.

El río que llamamos Argentino, del indio Paraná o mar llamado, de norte a sur corriendo su camino en nuestro mar del norte entra hinchado. Parece en su corriente un torbellino, o tiro de arcabuz apresurado. Mas con el viento sur plácidamente se vence navegando su corriente.

De más de treinta leguas es su boca, y dos cabos y puntas hace llanas. Al tiempo que en la mar brava se emboca, al un cabo dos islas, como hermanas, están, que cada cual parece roca. Los Castillos se dicen, muy cercanas al cabo que nombré Santa María, que poco de estas islas se desvía.

Al otro cabo, Blanco le llamamos, el cual en la mar entra más derecho y más bajo, y por esto navegamos, por más seguro este otro, un poco trecho. Después al otro cabo nos tornamos, el cual está a la banda del estrecho; entrambas costas son muy peligrosas, y de futuros casos portentosas.

Pasadas estas islas de Castillos, adelante están dos algo mayores: de los Lobos se dicen, que lobillos como becerros hay poco menores; un poco más arriba dos islillos están, nombrados islas de las Flores, y habiendo treinta leguas caminado, al puerto San Gabriel hemos llegado.

Siete islas hay en él, altas, graciosas, un poco de la tierra desviadas, de palmas y laureles muy copiosas, están aquestas islas bien pobladas. Aquí llegan las naves poderosas, como salen de España despachadas. Frontero es Buenos Aires ya poblado, y del sur importuno resguardado.

De ancho nueve leguas o más tiene el río por aquí, y muy hondable. La nave hasta aquí segura viene, que como el ancho mar es navegable, pasado este paraje le conviene al piloto mirar el gobernable, en la mano llevando siempre sonda, o seguir la canal que va bien honda.

Doce leguas de aquí Martín García, una isla de este nombre está llamada; una legua de tierra se desvía, y más de legua y media es prolongada. A partes por el bosque está sombría, y a partes tierra alta y asombrada, don Pedro, y Juan Ortiz allí poblaron, y de hambre mucha gente sepultaron.

Aquí llegó Eduardo de Fontano, el año sobre mil y los quinientos de ochenta con más dos, con viento sano, mas no supo de pueblos ni de asientos, que si acaso supiera el luterano que allí había poblados y cimientos, sin duda en pesadumbre nos pusiera, que había el aparejo en gran manera.

Cuatro leguas de aquí ya navegadas, las islas de San Lázaro están juntas, de tierra media legua desviadas a do enderezan ambas sendas puntas. Están aquestas islas separadas, aunque al parecer no están disjuntas. Y habiendo media legua navegado, está el Uruguay, río afamado.

Es río de caudal y poderoso, su boca legua y media casi tiene. Entra en este paraje muy furioso, que de peñas y riscos altos viene. En él entra otro río con reposo, que al parecer entrando se detiene, al cual San Salvador llamó Gaboto, antes que de los indios fuese roto.

A dos leguas entra otro, que es nombrado el Río Negro, que Hum tenía por nombre. Aquí en nuestro tiempo se han hallado pescados semejantes muchos al hombre, aquesto de pasada lo he tocado, ninguno de leerlo aquí se asombre, que, siendo Dios servido, en otro canto diré cosas de vista y más espanto.

Dejemos este río, que corriendo de allá hacia el Brasil viene derecho, y en él se vienen otros mil metiendo, que le tienen famoso y grande hecho. Al nuestro de la Plata revolviendo, desde aquí él comienza a ser deshecho, y en once brazas grandes se reparte, tirando cada cual su larga parte.

Del río Nilo refieren escritores lo mismo; pero es tanta la grandeza de aquéste y de sus brazos, que mayores los juzgo, que no estiman la braveza del Nilo en tanto grado los autores. Y si del Nilo fuera la extrañeza tan grande como éste, y se escribiera, al mundo admiración mayor pusiera.

En el nuestro se forman muy hermosas islas, de a doce leguas y mayores, en sus tiempos muy frescas y frondosas, pobladas de mil rosas y de flores, de caza y bastimentos abundosas; en ellas Guaranís son pobladores, sin que alguna nación otra se atreva en él poblar, en ella hacer prueba.

Pasadas estas islas, torna el río a su primera madre acostumbrada. De una y otra parte gran gentío la tierra firme tiene bien poblada. El Guaraní les manda con gran brío, que tiene la más tierra sujetada, entre ellos Yamandú, gran hablador, que se titula y nombra Emperador.

Éste, malvado y perro como artero, a todos los más indios comarcanos los trae a su opinión al retortero, y como son los indios tan livianos, y él pica su poquillo en hechicero, donde él pone los pies ponen las manos, de suerte que si quiere hacer la guerra, al punto le veréis juntar la tierra.

Y no piense el que lea aquesta historia que al falso Yamandú perecedero le falta quien levante su memoria, que en mi tiempo murió; mas su heredero levantar procuró su fama y gloria, y lo hizo en más grado que el primero. Así que Yamandú es el dictado y nombre que se pone al que ha heredado.

De aquélla trataremos adelante, de sus embustes, falsos y marañas. De cuerpo y parecer era gigante, y así le demostraban sus hazañas; un poco tiempo fui su doctrinante, teniéndole en prisión a do sus sañas procuré doctrinar; trabajé en vano, porque era muy malvado este pagano.

De aquí el río arriba, navegadas ciento y veinte leguas ya del río, otras islas están tan bien pobladas de gentiles naciones y gentío. Timbúes las más de ellas son llamadas, que muy poco temor tienen al frío. La torre de Gaboto está cercana y la gente llamada Cherandiana.

De allí a veinte leguas, otro asiento, que Santa Fe se dice, está poblado; Garay le dio principio y fundamento, cuando Martín Suárez ha mandado. Tratarse ha en otra parte aqueste cuento, volvamos al negocio comenzado. El río hace aquí muchos islones, poblados de onzas, tigres y leones.

Al pie de ochenta leguas adelante el grande Paraguay entra famoso, con más quietud se muestra, y más semblante a este río corriendo con reposo. El Paraná se aparta allá a levante, de a do corre con fuerza muy furioso; del norte corre el otro, consumiendo las aguas que el Perú viene vertiendo.

Entrando el Paraná está Santa Ana, de Guaranís provincia bien poblada. Es tierra aquesta firme, buena y llana, que mucha de la dicha es anegada. Empero esta enjuta es muy galana, de nuestros españoles conquistada; y así tienen aquí repartimiento los que en el Paraguay tienen asiento.

La Peña Pobre está más adelante; es alta como roca muy crecida. Aquí han visto muchos un gigante de gran disposición y muy crecida. No está, según yo supe, él aquí estante, que allá la tierra adentro es su guarida; mas viene aquí a pescar muy a menudo, de sus redes cargado, mas desnudo.

Arriba de aquí están los remolinos, que es cosa de admirar y gran espanto. En el medio del agua hay torbellinos, como suele acá en tierra; y esto tanto, que navegando algunos, los vecinos celebran sus exequias con gran planto, diciendo que Caribdis está a punto para lo que viniere tragar junto.

Aquí muchas canoas se han perdido, y muchos en mi tiempo se anegaron. Muy mal al de la Puente ha sucedido, y a aquellos que con él aquí bajaron. Que habiéndoles Caribdis sumergido, las vidas y haciendas trabucaron, y aquellos que mejor les fue en la feria, aún lloran todavía su miseria.

El Salto ya me está gran priesa dando, diciendo este lugar ser propio suyo; y yo, solo en lo estar imaginando, de miedo y de pensarlo de mí huyo. Decir aqueste cuento procurando la mano está temblando, y lo rebuyo, por ser la cosa horrible y espantosa, y en todo el Paraná maravillosa.

Por aquí el Paraná dos leguas tiene, y peñascos y sierras hasta el cielo; y al pie de una gran legua de aquí viene con ímpetu furioso y crudo vuelo. Cualquiera que navega le conviene con tiempo tomar tierra, que en el suelo de mil picas en alto dará cierto, por tanto muy de atrás se toma puerto.

De legua más atrás encanalado el Paraná desciende poderoso, un peñasco terrible está tajado de a do se arroja y cae muy furioso. El estruendo que hace es muy sobrado, y el humo al aire tiene tenebroso, una noche dormí en una sábana, dos leguas de él, mas fue la Toledana.

Yo propio lo he oído a naturales, tratando de este salto y su grandeza, que estaban con temores desiguales a oír aquel sonido y su braveza. Las aves huyen de él; los animales, oyendo su estruendo, sin pereza caminan, no parando apresuradas, y con temor las colas enroscadas.

Después está Guaira, ciudad enferma, y que por Melgarejo fue poblada. Mas él, podrá decir cierto Belerma, de mí para mí mal fue engendrada. Es causa que Rui Díaz nunca duerma, la gente Chiriguana levantada, por donde el pobre viejo anda a la guerra con tino por tener en paz la tierra.

Poblada está también otra ciudad, cuarenta leguas más arriba de ésta. En ella hay de metales cantidad, empero aunque los haya, ¿de qué presta?, hablando como es justo la verdad, que el hombre es lo que sólo allá les resta, pues vemos plomo saca Melgarejo, y hierro, con tener poco aparejo.

Al Paraná es ya tiempo que dejemos, y al Paraguay ameno revolvamos, en el cual a la clara bien veremos que está cifrado el bien que deseamos, el bien, digo, que en tierra pretendemos, que agora del divino no hablamos, que aquese solo y sumo bien superno está sólo en gozar de Dios eterno.

Entrando al Paraguay a izquierda mano, el Ipití se ve, que es río famoso; muy plácido desciende por un llano de palmas y laureles muy copioso. El Paraná-miní está cercano, que al Paraná traviesa caudaloso, haciendo triangular una isla llana de doce leguas casi de sabana.

Si en este riachuelo el otro fuera, que dicen a buscar su mujer iba el río arriba, espanto no pusiera; pues vemos que éste corre hacia arriba algunas veces, y es de esta manera, que es justo la razón aquí se escriba: está cuando uno crece el otro bajo, y el chico corre arriba y corre abajo.

No corre el Paraguay tanto furioso, y es un río mayor que el de Sevilla, de vista y parecer es muy gracioso, con ribera vistosa y linda orilla. De frescas arboledas muy copioso, y en partes prado verde a maravilla. También tiene los valles más cercanos, lagunas, negadizos y pantanos.

Una laguna tiene de gran fama llegada al Ipití que dicho habemos. De los Mahomas es, y así se llama, que aquesta gente habita sus extremos. En el río Bermejo se derrama, y que esta tenga perlas lo sabemos, el Mahoma, señor de esta laguna, estando en la Asumpción me dio más de una.

En gran precio las perlas éstos tienen, empero ellos no saben horadarlas. Si en su asiento españoles se detienen, de los hostiones procuran de sacarlas y al español con ellas luego vienen. El orden pues que tienen en pescarlas es fácil, que en pequeños redejones a veces sacan veinte y más hostiones.

Antes de la Asumpción hay angostura del río, y así corre allí furioso. Alegre es por allí y de frescura, de muchas arboledas muy umbroso, con islas que hay en él de hermosura extraña, y parecer muy deleitoso. Entra aquí Pilcomayo que, vertiendo sus aguas, del Perú viene corriendo.

Cuatro leguas arriba está situada la gran ciudad, antigua y populosa, que es dicha la Asumpción, que fue poblada por Salazar en era muy famosa. Es aquesta ciudad tan regalada, que mi pluma escribirlo aquí no osa; algunos, por baldón con mal aviso, la llaman de Mahoma paraíso.

Poblose de muy buena y noble gente en tiempo de don Pedro de Mendoza, aunque hay, como sabemos, al presente en abundancia ya de toda broza. La causa de este mal inconveniente paréceme será la gente moza, que, aunque salen valientes y esforzados, al mal y no al bien son muy inclinados.

Gran copia de mestizos hay en ella, pero más abundancia de mujeres, porque la guerra hace en ellos mella, la cual sin interés y sin haberes con sólo el fin la siguen de tenella. Y así, lector curioso, si quisieres el número saber de las doncellas, de cuatro mil ya pasan como estrellas.

De frutos de la tierra y de Castilla, de pan, y vino, y carnes y pescado hay copia; pero oíd la maravilla que sé que aconteció un día pasado. Un peje palometa, que freílla pensaba una mujer enharinado, de la sartén saltó muy de repente, y el dedo le cortó redondamente.

Un palmo y más tendrá la palometa, y mayor en el ancho que una mano. A donde hace presa fuerte aprieta, como suele hacer el crudo alano. Es cosa de notar ver que acometa este pequeño pez a todo humano, del río vi salir un día un soldado gritando, y en el muslo un gran bocado.

Juzgose allí al presente que faltaba de carne media libra al desdichado, y el peje palometa lo llevaba en la boca redondo aquel bocado. Mas de otro oí decir que lamentaba su suerte desastrosa y triste hado, que en la boca de un pez perdido había lo que el pez le cortó con gran porfía.

Dorados hay enormes y crecidos, mandís, rayas, pacúes amarillos; muchos pescados hay desconocidos, por tanto determino no escribillos. Los indios naturales mantenidos los más son de pescado y venadillos, los Guaranís son sólo labradores, los más dados a caza y pescadores.

Aves la tierra cría diferentes que habitan por las islas de este río, pavas y avestruces muy valientes, neblíes y falcones de gran brío. Culebras hay y víboras, serpientes, que han tenido con hombres desafío. En otro canto aquesto contaremos, y cosas admirables trataremos.

Que aquesto ahora tocamos de pasada, y cierto que en pensar yo la extrañeza de las cosas que he visto, embelesada me queda la memoria, y mi rudeza en éxtasis se pone enajenada de toda la humana naturaleza. Y habiendo de escribirlo todo en suma, la mano está temblando con la pluma.

Dejemos, pues, ya el río, que corriendo por él quinientas leguas sin contento, del enemigo a veces yo huyendo, jamás pude hallarle nacimiento; de otros con porfía les siguiendo, he hallado el principio y fundamento. Y quiero darle ya al canto tercero, que cosas espantosas cantar quiero.