Spanish poem
¡Gracias A Dios Que Al Fin Se Fue La Noche!
¡Gracias a Dios que al fin se fue la noche! se fue la noche en que sumida el alma por infecundas horas trascurría... El celestial rocío me despierta, —de la gracia el rocío—, con frescura que llega a las entrañas. Cuanto en nocturso sueño adormecida, y el corazón en su latir menguado, más fría el alma yazga, con más amor le bañará piadoso el celestial rocío de la gracia, en su torno cuajando desde el cielo, y refrescando su inmortal anhelo. La noche ya pasó con sus negruras, la espiritual y misteriosa noche, en cuyo ocio las horas trascurrían infecundas corriendo a disolverse en el eterno abismo. Tan sólo de la luna el rostro pálido, del padre de la luz manso reflejo, con su triste mirada me infundía placentera tristeza... Su lumbre melancólica y lechosa bañaba a mi campiña en lividez de resignada muerte; bajo ella parecía que mis campos, los campos de mi espíritu, con pesar aspiraban a la nada, temiéndola a la vez... Fantásticas regiones fingían de mi espíritu abatido los valles y montañas, los bosques y desiertos, los ríos y los lagos silenciosos, ¡las costas de mi mar...! ¡Todo en la paz sumido dormitaba, en la paz de la muerte, en profundo sopor de que surgía sueño de vanidad...! ¡Todo a tu luz, oh luna solitaria, la oquedad de su seno me mostraba; el íntimo vacío de mi vida me anegaba en sopor...! El alma recogida al palparse palpaba su vacío, me penetraba el frío, ¡el frío de tu luz...! Y mirando a tu rostro de tristeza del fondo del vacío del espíritu subíame un anhelo, oscura aspiración informe y vaga cuyo vuelo en las nieblas se perdía que las cumbres de mi alma coronaban, ¡el anhelo del Sol...! ¡Mas poco a poco el rostro de la luna de palidez mortal se fue cubriendo al par que en el océano cristalino de la celeste bóveda se infiltraba sutil la tenue esencia del blanco albor...! Y cual perdido témpano que boga del cielo por la bóveda serena, blanco quedose de la luna el rostro, como cuajada nube; blanca y sin luz de mi pensar la luna al anunciarse el Sol que la ilumina, blanca y perdida en la extensión inmensa del cielo de mi espíritu, bañado en matutinas lumbres de esperanza, en agorero albor. ¡Adiós, luna de mi alma, piadosa compañera de mis noches; tú con tu pobre lumbre prestada y de reflejo estrujaste 2 dulzor de mi tristeza; tú guiaste mis pasos inseguros de la penumbra en medio; tú templaste la ausencia del Sol por que suspira mi alma toda; tú fuiste mi consuelo, faro de mis eternas correrías, centro de mis anhelos, precursora del Sol! ¡Adiós, luna de mi alma, no dejes de girar en torno mío, y que el Sol te ilumine y te sostenga, espejo de su luz! Y así como al romper la aurora cándida antes que el Sol se muestre, derrítense sumisas las estrellas, así se han derretido mis ideas en la aurora de mi alma, antes que el Sol sobre ella resplandezca. Blancura virginal suave me envuelve, del corazón las flores se entreabren, ofreciendo su cáliz perfumado, al recibir el matutino beso que del oriente sopla; al besarlas la brisa soleada, resucitando se abren las perfumadas flores que brotaron entre cizaña, abrojos y maleza, del corazón en el cerrado huerto, de la virtud con la feraz simiente...; los lirios de blancura inmaculada de los aeseos de pureza henchidos; de la resignación las violetas; las tiernas rosas del zarzal silvestre de las dulces palabras de consuelo con que animé a mi hermano; ¡los nardos que aromáticos surgieron de las obras de amor! De mi alma hacia el oriente en el lejano bosque en que dormitan de mi niñez los ecos, donde esperan tranquilas las memorias de mi edad auroral fresca y hermosa, para romper en cánticos de gozo así que el Sol las bañe, allí mi cielo se colora y viste de purpurino manto, de oro acendrado en el crisol divino de la antigua inocencia...! ¡Vivas memorias de mi cara infancia, remembranzas benditas, pajarillos del alma que allá del corazón en la espesura anidáis en silencio, pronto al brillar el Sol sobre vosotros, y al beber de su rayo soberano cernido en el follaje del árbol de mi vida, romperéis en un cántico de gloria, himno cordial de triunfo, de eterno amor al dulce Amor eterno. Todo impaciente aspira al misterio solemne de abrirse tras la noche el claro día; ¡el día va a nacer! ¡Sal pronto sobre mí, de la luz Padre, envuélveme en el manto luminoso tejido con tus rayos impalpables, fecundando la acción de tu rocío...! ¡el día va a nacer! Todo te aguarda pronto, mis flores y mis pájaros te esperan, con su perfume aquellas dormido en sus corolas recogidas, y aquestos con sus trinos que duermen en la lira de sus pechos; te espera ansioso el corazón despierto; te espera el alto cielo que le cubre, el aire espiritual de que respiro; te espera mi alma toda, en su preñada aurora... ¡el día va a nacer! ¡Dame a beber tus rayos, Sol de vida; está pronto el altar! ¡A su ara ven propicio, Sol divino; todo para adorarte está de hinojos; el día va a nacer! ¡Rompe en tu gloria ya, Sol de mi vida, amor de los amores, eleva a ti el perfume de mis flores, recoge de mis pájaros el canto, el canto de victoria, que al esplendor de tu divina gloria, hinche mi corazón! Te cantarán un himno no aprendido los alados recuerdos de mi infancia ebrios con la fragancia de las flores brotadas del amor. ¡Agosta con tus rayos mi maleza Sol del eterno amor! Mi ser todo te adora, ¡enciéndeme en tu brasa avivadora, híncheme cuerpo, corazón y mente en la luz del Amor!