Spanish poem
¡Id Con Dios!
Aquí os entrego, a contratiempo acaso flores de otoño, cantos de secreto. ¡Cuántos murieron sin haber nacido, dejando, como embrión, un solo verso! ¡Cuántos sobre mi frente y so las nubes brillando un punto al sol, entre mis sueños desfilaron como aves peregrinas, de su canto al compás llevando el vuelo y al querer enjaularlas yo en palabras del olvido a los montes se me fueron! Por cada uno de estos pobres cantos, hijos del alma que con ella os dejo, ¡cuántos en el primer vagido endeble faltos de aire de ritmo se murieron! Estos que os doy logré sacar a vida y a luchar por la eterna aquí os los dejo; quieren vivir, cantar en vuestras mentes, y les confío el logro de su intento. Les pongo en el camino de la gloria o del olvido, hice ya por ellos lo que debía hacer, que por mí hagan ellos lo que me deban, justicieros. Y al salir del abrigo de mi casa con alegría y con pesar los veo, y más que no por mí, su pobre padre, por ellos, pobres hijos míos, tiemblo. ¡Hijos del alma, pobres cantos míos, que calenté al arrimo de mi pecho, cuando al nacer mis penas balbucíais hacíais de ellas mi mejor consuelo! Íos con Dios, pues, que con Él vinisteis en mí a tomar, cual carne viva, verbo, responderéis por mí ante Él, que sabe que no es lo malo que hago, aunque no quiero, si no vosotros sois de mi alma el fruto; vosotros reveláis mi sentimiento, ¡hijos de libertad! y no mis obras en las que soy de extraño sino siervo; no son mis hechos míos, sois vosotros, y así no de ellos soy, sino soy vuestro. Vosotros apuráis mis obras todas; sois mis actos de fe, mis valederos. Del tiempo en la corriente fugitiva flotan sueltas las raíces de mis hechos, mientras las de mis cantos prenden firmes en la rocosa entraña de lo eterno, los con Dios, corred de Dios el mundo, desparramad por él vuestro misterio, y que al morir, en mis postrer jornada me forméis, cual calzada, mi sendero, el de ir y no volver, el que me lleve a perderme por fin en aquel seno de que a mi alma vinieron vuestras almas, a anegarme en el fondo del silencio. Id con Dios, cantos míos, y Dios quiera que el calor que sacasteis de mi pecho, si el frío de la noche os lo robara, lo recobréis en corazón abierto donde podáis posar al dulce abrigo para otra vez alzar, de día, el vuelo, los con Dios, heraldos de esperanzas vestidas del verdor de mis recuerdos, íos con Dios y que su soplo os lleve a tomar en lo eterno, por fin, puerto.