Versos Spanish Olegario Víctor Andrade A Víctor Hugo

Spanish poem

A Víctor Hugo

by (1839–1882)

Listen in the reader

¡La negra selva por doquier! el viento como inquieto lebrel encadenado aullando en la espesura! ¡La noche eterna por doquier! el cielo como un mar congelado, y el mar como una inmensa sepultura.

De tarde en tarde brilla, de la aurora boreal el rayo frío, y a su vislumbre pálida, los astros que ruedan lentamente en el vacío, enormes buques náufragos semejan, que al ronco son del trueno, van llevando sin rumbo cadáveres de mundos en su seno!

Hay vida en la creación, vida embrionaria pero embotada y fría. — Allá a lo lejos, en la extensión inmensa y solitaria, islas y continentes van surgiendo de la muriente aurora a los reflejos, como monstruos del mar que se dirigen en confuso rebaño hacia la orilla; y los montes lejanos, gigantes de armaduras de granito, parece que esperasen de rodilla, el mandato de Dios, para lanzarse a escalar la región del infinito!

II

Era la edad en que la densa noche del polo sobre el mundo se extendía, la noche de la calma aterradora, en cuya soledad, lóbrega y fría como raudal helado, dormitaba la savia engendradora ! No hay noche sin mañana... En el cielo, en la historia, dondequiera la sombra es siempre efímera y liviana, la nube, por más negra, pasajera; y aquella noche al fin iba a rasgarse como inmensa, flotante vestidura. Preludios de gorjeos, ruidos de alas, la alegría del nido en la espesura, flotaron en la atmósfera ligera, y antes de desplegar la luz sus galas entonó un ave la canción primera!

Al eco de la insólita armonía la tierra despertó. — La selva obscura con ansia de volar, batió las ramas ; misteriosa y extraña vocería se alzó del mar en la siniestra hondura, cual si ensayasen sus salvajes himnos la borrasca y la tromba asoladora, y de la informe larva del abismo, mariposa de luz, surgió la aurora!

III

También la historia tiene torvas noches de horror, como el Océano, noches glaciales en que duerme todo: la vida, el arte, el pensamiento humano. También como en la selva primitiva de mustias cicadeas, la savia del espíritu dormita, sin reventar en frutos, ni cuajarse la flor de las ideas!

¡Qué lentas son las horas de la historia! ¡Qué largo y qué sombrío el imperio del mal! — cuando parece la conciencia pasmada, profundo cráter de apagada escoria, desierto cauce de agotado río, y en la noche callada no se oye más rumor que el de la orgía o es áspero crujir de la cadena, mientras del cielo en la extensión vacía la ronca voz de los espantos truena!

IV

Tarda el amanecer, pero al fin llega, ¡oh mal! ¡no eres eterno! Así como en la noche de la tierra, profunda noche de aterido invierno, el mundo despertó cuando en las ramas de la selva dormida el primer himno resonó del ave que desplegaba el ala entumecida presintiendo a la aurora: Así la humanidad despierta inquieta en la noche moral abrumadora cuando surge el poeta, ave también de vuelo soberano, que en las horas sombrías, canta al oído del linaje humano ignotas armonías, misteriosos acordes celestiales, enseñando a los pueblos rezagados el rumbo de las grandes travesías, la senda de las cumbres inmortales.

V

Olvidada de Dios, Judá apuraba la copa del placer. — En sus altares, los ídolos extraños recibían cobarde adoración. — No era la esposa sencilla del Cantar de los cantares, no era la Virgen de Israel, gallarda como las palmas de Samir: ajada la tez de rosa y ulcerado el pecho, con inquietud febril se revolcaba del vicio impuro en el candente lecho!

¡ Viento de corrupción ! viento de muerte soplaba sobre el mundo. — Babilonia, del deleite en los brazos reclinada, ceñida la guirnalda, flaco el brazo para blandir el hierro, y a la orilla del Eufrates sentada, a los pueblos vecinos daba cita en las lúbricas danzas del Becerro o a la sombra del mirto de Mylita!

El mundo iba a morir — como Bacante ebria al compás de báquicas estrofas, al son de besos, al rumor de orgías, — cuando a las puertas del cerrado templo, torvo y airado apareció Isaías! Y tronó en los espacios vengadora su voz, hondo murmullo de rayos, fulminando al crimen, a la guerra y al orgullo, prediciendo a la plebe pecadora largas horas de llanto, tras las cuales, purificada y bella, surgiría la ciudad del Señor; y a Babilonia, a Babilonia la soberbia, el día en que el Medo feroz, los vasos de oro y las sedas de Persia, el arpa siria con que encantaba al mundo, las águilas do bronce, los jardines aéreos, todo, todo, iba a hollar insensible de sus corceles bajo el casco inmundo!

VI

Dos razas batallaban en campo estrecho con furor insano, — la vieja raza de la historia, aquella señora un tiempo del destino humano, abuela de naciones; la que templó sus armas al sol de Arabia y abrevó en las ondas del Indus y del Tigris sus legiones, — y la raza nacida del sol levante al ósculo de fuego, que llevaba en la frente la centella de luz del genio griego!

¿Cuál iba a sucumbir? La raza vieja esclava del destino, mar volcado do Tesalia en el valle sonriente, avanzaba tenaz.— ¡Ya estaba mudo de Maratón el bosque consagrado! Ya no brillaba en el combate rudo de Leónidas la diestra refulgente, cuando la musa helena, la musa de alas de águila de Esquilo, hendió los aires y voló a la escena, de la rapsodia enervador asilo, y con voz que aun resuena del mar Egeo en la sonora playa, ceñida de laurel la sien divina, al cadencioso son del ritmo jonio, y entre el fragor de la feral batalla lanzó el himno triunfal de Salamina!

VII

Ya Roma no era Roma, la que un día encadenó a su paso la fortuna, la Roma de los grandes caracteres, — mudo el Foro, desierta la tribuna, en sus plazas y circos no se oía más que el rumor de esclavos y mujeres en bulliciosa confusión danzando al son lascivo de los himnos griegos, o el palmotear de cortesana impura del vil histrión en los obscenos juegos, — ya Roma no era Roma. — No anidaban del Aventino en la gloriosa cima, emblema de una raza gigantea, las águilas de Júpiter Tonante, sino en mansa, blanquísima bandada, las palomas de Venus Citerea!

Dormido estaba el rayo — como duerme en el monte la lava rugidora y en la cumbre el turbión. — Llegó la hora, y el rayo despertó. — Vibró en la lira de Juvenal, no en caprichoso alarde, de dulce verso o de canción sonora, de torpe mofa o de cobarde duda ; sino implacable, acerbo, burilando en carne viva la común afrenta. Némesis vengadora, el duro azote alzó sobre la sien calenturienta de aquel rebaño humano, y fué marcando con eterno mote, a la falsa virtud, al crimen pálido, al vulgo y al tirano!

VIII

Eclipse de la historia, la Edad Media, ¡crepúsculo sin día! Pesaba sobre el mundo, como inmenso torrente de tinieblas despeñado del ancho cielo en la extensión vacía, astro sin luz, el pensamiento, mustia lámpara de un altar abandonado que el cierzo helado azota, al través de las sombras perseguía de un prometido bien la luz remota!

Dante entonces, noctámbulo divino, bajó del corazón al antro obscuro a descifrar la letra del arcano, la misteriosa cifra del futuro; y con voz, ora triste y ora grave, mezcla a veces de cántico y lamento, dijo a la muchedumbre horrorizada: "¡Quien sabe de dolor, todo lo sabe!" Y de su siglo la conciencia helada, se despertó a su acento !

IX

Siempre al cambiar de rumbo en el desierto la caravana humana, halla un poeta que espera en el dintel, alta la frente coronada de pálidos luceros, sacerdote y profeta, para enseñarle el horizonte abierto y bendecir los nuevos derroteros !

¡A tí te tocó en suerte, soberano del canto! ¡Inmortal Hugo! la más ruda jornada de la historia, — Ya no es una nación que rompe el yugo de la opresión, ni el canto de victoria tras las horas durísimas de prueba — ¡Hoy es la humanidad que se emancipa! ¡Hoy es la humanidad que se renueva!

Todo lo tienes tú, la voz de trueno del gran profeta hebreo, fulminador de crímenes y tronos! El grito fragoroso del que un día encarnó, para ejemplo de los siglos, la idea del derecho en Prometeo, la cuerda de agrios tonos de Juvenal, aquel Daniel latino, tremendo justiciero de su siglo, y el rumor de caverna, de los cantos del viejo Gibelino!

¡Todo lo tienes tú! por eso el cielo te dio tan vasto sin igual proscenio. No hay notas que no vibren en tu lira, espacios que no se abran a tu genio; cantas al porvenir, y los que sufren, esclavos de la fuerza o la mentira, sienten abrirse a sus llorosos ojos de la esperanza las azules puertas! Apostrofas al tiempo y se levantan — ¡mágico evocador de edades muertas! — como viviente, inmenso torbellino, razas extintas, pueblos fenecidos, fantasmas y vestiglos, para contarte en misterioso idioma la colosal "Leyenda de los Siglos!"

¡ Todo lo tienes tú ! todo lo fuiste : profeta, precursor, mártir, proscripto, — gigante en el dolor te levantaste cuando en la noche lóbrega sentiste temblar los mares, vacilar la tierra con pavorosa conmoción extraña, cual si un titán demente forcejease por arrancar de cuajo una montaña. — Era Francia, montaña en cuya cumbre anida el genio humano, la Francia de tu amor, que tambaleaba herida por el hacha del germano, y arrojando la lira en que cantabas la "Canción de los Bosques y las calles" fuiste a tocar llamada de París sobre el muro ennegrecido en el ronco clarín de Roncesvalles!

Desde aquí, teatro nuevo que Dios destina al drama del futuro, razas libres te admiran y se mezclan al coro de tu gloria, — Orfeo que bajaste en busca de tu amante arrebatada¡ la santa democracia, a las más hondas simas de la Historia! Desde aquí te contemplan entre dos siglos batallando airado y arrancando a la lira la vibración del porvenir rasgado o el triste acento de la edad que expira! Y al través de los mares, astro que bajas al ocaso, envuelto en torrentes de llama brilladora, — entonando tus cantos seculares te saludan los hijos de la aurora!