Spanish poem
Cartitas
by Vital Aza (1851–1912)
«La mitad de las cartas que se pierden se deben de perder.» E. BLASCO.
I
«Mi querido Manuel: Sabrás que he estado a punto de caer en las redes que, astuta, me tendía tu amiguita Isabel. Tres meses han durado mis amores, ¡no han sido más que tres!, pero lo que he gastado en ese tiempo tan sólo yo lo sé. Mas, al fin, el dinero, no me importa; lo que me importa es haber sido la burla y el juguete, de esa infame mujer. Yo la quería, sí, no he de negarlo; ¡con delirio la amé! Pero he sabido de ella tantas cosas... ¡ay qué cosas, Manuel! Tanta es la infamia que en su pecho esconde, es tanta su doblez, que hoy –¡te lo juro!– la desprecio tanto como la quise ayer. ¡Yo, inocente, mi boda preparaba para fines de mes! ¡Pero ya no me caso! ¡El compromiso lo acabo de romper! Quiero, Manuel, que tú, que la conoces, me digas si hice bien. Contéstame y recibe un fuerte abrazo de tu amigo JOSÉ.»
II
«Querido Pepe: Al recibir tu carta tranquilo respiré; me habían anunciado ya tu boda con mi amiga Isabel; y yo, por discreción o por prudencia, o por estupidez, no me atrevía a hablarte del peligro en que ibas a caer. Pues sabes algo ya, puedo decirte lo mucho que yo sé. Desde luego, de un hombre tan honrado no es digna esa mujer. La tal Isabelita es una alhaja. ¡La conozco muy bien! Al desdichado que con ella cargue le ha caído que hacer. Su padre un pillo, su mamá una arpía, y la niña Isabel, aun siendo así sus padres, es, sin duda, la peor de los tres. Se fugó, siendo niña, de un colegio, no recuerdo con quién, y luego tuvo yo no sé qué líos con uno de Jerez. ¡De buena te has librado, amigo Pepe! Recibe el parabién, y con él un abrazo cariñoso de tu amigo MANUEL.»
III
«Mi querido Manolo: Te suplico que a mi carta de ayer no le des importancia. ¡Estaba loco! Juzgué mal a Isabel. Su madre, acongojada, vino a verme y con ella lloré, pues la infame calumnia me robaba todo mi amor, mi bien. Isabel es un ángel. ¡Te lo juro! Y en prueba de honradez, esta misma mañana me he casado con la que tanto amé. ¡Soy feliz, muy feliz! Por Dios, perdona mi locura de ayer. Recibe en estas líneas un abrazo de tu amigo JOSÉ.»
IV
En su santa ignorancia, el pobre Pepe dichoso puede ser; que, por fortuna no llegó a sus manos la carta de Manuel. Se extravió en el correo. ¡Dios lo quiso! Blasco dice muy bien: las cartas que se pierden es, sin duda, que se deben perder.