Spanish poem
Yandubayu Y Liropeya (Año De 1574)
by Adolfo Berro
Siguiendo va por un bosque Del Paraná renombrado A Yandubayú, cacique, El sanguinario Carvallo. Vuela el indígena, y solo Se para así que lejano De Juan Garay y su tropa Ve al atrevido cristiano: Entonces, cual tigre fiero Que sobre el toro inmediato Revuelve y la aguda zarpa Clava en el cuello gallardo, Él, esquivando la espalda De furibundo lanzaso, Ha, con los brazos ñudosos, A su enemigo aferrado. Tremenda lucha se traba, Que son guerreros bizarros, Y a su contrario dar muerte Los dos al cielo juraron, Mil veces el indio fiero Cree ya vencido a Carvallo; Pero mil veces sin fruto Le anuda al cuello los brazos. Rendido, en fin, al esfuerzo De aquel luchar tan estraño, Víctima ya del cacique Era el soberbio cristiano: Cuando, del ruido avisada Que hacen las voces de entrambos, A despartir la pelea Vino, con rápido paso, La muy gentil Liropeya, India de rostro lozano; Del Paraná rica perla Que guarda el bosque callado. Por ella en castos amores Se está el cacique abrazando, Y por haberla, ofreciera A grave empresa dar cabo; Cinco terribles guerreros Tiene a la lucha emplazados, Pues ofendieron sus deudos Y él ha jurado vengarlos. «¿Así te olvidas, cacique, De tus promesas? ¡ingrato! ¿Así en combates, sin premio Digno de tu heroico brazo, »La vida expones que solo Has de arriesgar en el campo, Donde, triunfante, de esposa Debo ofrecerte la mano? »¡Ay! deja, deja te ruego A ese enemigo soldado, Y guarda, guarda tu esfuerzo Para combate más alto». Dijo la india, y al punto Soltó el cacique a Carvallo; De paz la diestra tendiole Sin rastro alguno de enfado. De Liropeya así cumple Yandubayú los mandatos; Luego tranquilos y juntos Se van los dos retirando. Fresca y hermosa es la india, Bien lo notó el Castellano, Que por falaces deseos Y torpe zaña llevado, Hunde la espada traidora En el cacique preclaro, Que cae sangriento y sin vida De Liropeya en los brazos. Como la tórtola blanda Viendo a su amante llagado, Por el mortífero plomo Que le echó al suelo del árbol, Como nunca vidas querellas Asorda bosques y llanos Aun a piedad las entrañas Del cazador excitando; Así con voces sentidas, Vertiendo fúnebre llanto Sobre el cadáver que estrecha Contra su seno torneado, La hermosa indígena increpa Al matador inhumano, Y a su maldito destino Que a tal desgracia la trajo. De allí llevarla procura Con tiernos ruegos Carvallo: Pero ella airada resiste Sus seductores halagos. En fin, volviendo los ojos Al desleal castellano, «Seguirte quiero», —le dice—, «Si con tus ágiles brazos »Abres la fosa que encierre Este cadáver helado, Para que pasto no sea De los voraces caranchos». Lleno de imprévido gozo Suelta la espada el villano, Y empieza a abrir el sepulcro Del que mató descuidado: En él le arroja, y la cubre Después con tierra y guijarros, Y adonde está Liropeya Vuelve contento sus pasos. Ella del suelo ligera Él fuerte acero ha tomado, Y al español inclemente Fiera mirada lanzando, «Abre otra fosa», —le dice—, «Oh maldecido cristiano». Y con la espada sangrienta Se pasa el seno angustiado.