Spanish poem
El Padre Motolinía
by Antonio de Zayas (1871–1945)
Cortan con fúnebres alas el viento los zopilotes; lucen lerdos guajalotes sus negras y rojas galas; salen cobrizas zagalas, que aún ignoran las ovejas, de humildes chozas bermejas perdidas en frondas ralas.
Los miserables poblados, ajenos a urbanas leyes, están de agudos magüeyes y verdes milpas cercados. Rostros por el sol quemados asoman en chozas ruines y vuelan los chapulines por los agrestes vallados.
La opulenta lontananza limita como corte brusco la mole azul del Ajusco, del caminante esperanza: y, a medida que se avanza, surgen cañadas y alcores y medran silvestres flores en la apacible templanza.
Cierta mañana de Enero, al primer rayo del sol, un religioso español sube por agrio sendero. Endulza su rostro austero boca rasgada y risueña, viste sayal de estameña, calza sandalias de cuero.
Vió en un lugar castellano del sol la primera luz, y el santo amor de la Cruz le subyugó tan temprano, que el cuerpo arrogante y sano negó precoz al placer de la carne, para ser de los mendigos hermano.
Su generosa humildad y su absoluta obediencia le iluminan la conciencia, le forjan la voluntad: y a difundir la verdad le arrastran al mar de Atlante, sin otro faro delante que la santa Caridad.
El que hollando diligente va del monte la retama, en las Castillas se llama Toribio de Benavente. Y al mirar la indiana gente el traje que e atavía, prorrumpe: «Motolinía», entre procaz e indulgente.
Y por la ruta, penosa al fácil pie de una cabra, oye la misma palabra cuando en su marcha reposa; voz denigrante o jocosa que le va hiriendo el oído doquier, y cuyo sentido preguntar apenas osa.
Alzando al fin la cabeza, al mocetón que le guía dice: «¿Qué es motolinía?» y él le responde: «Pobreza». Ufano de su bajeza levanta entonces los ojos al cielo azul, y de hinojos ferviente plegaria reza.
Y a la muchedumbre unida en torno de su persona, burlas e insultos perdona con alma de amor herida. Y, por la gracia transida la soberbia, prez del hombre, solemne exclama: «Ese nombre llevaré toda mi vida».
Noble dechado de amor y sacrificios oscuros a cuyos acentos puros se arrepiente el pecador: sólo pueden el valor ensalzar de tus virtudes los seráficos laúdes que complacen al Señor.
De tus sencillas lecciones, ricas en tropos agrarios, los rurales campanarios evocan las emociones; y más que los varios dones, de feraz naturaleza enriquecen la pobreza de los indios corazones.
No lograron entibiar tu celo ardiente los años y ni un punto tus rebaños eludiste apacentar. ¡Y dejaste, al acabar esta vida, a tu afán poca, un elogio en cada boca y en cada pecho un altar!