Spanish poem
La despedida
by Eusebio Blasco (1844–1903)
En el retrete de Luisa entra un joven, y al momento le señala ella un asiento con amorosa sonrisa.
Y él, con voz harto sonora, mirándola con misterio, dice entre irónico y serio: «A los pies de usted, señora.»
—¿Qué significa ese acento y ese usted? —dice la bella — —Señora, si el labio sella, concluiré en un momento.
No con escusas ahora me quiera usted aplacar: hoy acabo ya de estar a los pies de usted, señora.
—Mas ¿qué motiva ese gesto y esa manera de hablarme? —¡Pérfida! ingrata! ¡engañarme así! —Pero ¿á qué viene esto? —Sepa usted que nada ignora, este incauto enamorado: no puedo estar a su lado... a los pies de usted, señora.
Pues no: no quiero irme sin decirla lo que siento: es mucho mi sufrimiento, y... los sordos van a oirme; usted, con engañadora pasión, de mí se ha burlado... ¡Y qué yo me haya postrado á los pies de usted, señora . . . !
Hace mes y medio, creo, vi a usted con su tío el conde no recuerdo bien en dónde... me parece fué en paseo. Al verla tan seductora, confundido y admirado dije al pasar por su lado: «a los pies de usted, señora. »
Usted ¡de pensarlo sudo! fingiendo serle agradable, con una sonrisa amable volvióme al punto el saludo. Con gracia fascinadora la falda se levantó... mi vista se dirigió a los pies de usted, señora.
¡Y qué pies. Dios bendecido! ellos causaron mi ruina y mutación repentina en mi espíritu abatido.
Desde entonces hasta ahora nunca los pude olvidar, y no he dejado de estar a los pies de usted, señora.
Tiene usted cartas de Juan, y billetes de Agustín, y epístolas de Martín, y esquelas de Sebastián: Todos ellos sin demora, pues no están en el secreto, firman con mucho respeto, «a los pies de usted, señora.»
Pero ya esto se acabó; hoy se descubre el engaño; un funesto desengaño voy a darles luego yo. En vano el perdón implora: no hay de convencerme modo; voy a descubrirlo todo; a los pies de usted, señora.
—¡Un instante! —¡No hay piedad! La villa vá a murmuraros, las bellas a señalaros, y a huiros la sociedad. Ha llegado vuestra hora; la máscara os quitaré, y... ni aun deciros querré a los pies de usted, señora.
—¡Espera! —¡Vana porfía! —¡Escucha!
—No atiendo a nada. —¡Ah! ¡me haces muy desgraciada! —Cada cual tiene su día. —Pero ¿no admite demora tu partida?
—Ni un momento. Usted lo quiso.... lo siento... a los pies de usted, señora.
Marchóse; y Luisa, llorosa, a su balcón se asomó, y cuando salir le vio
Volvióle a llamar ansiosa. Y él, con faz que corrojjora sus deseos de vengarse, dijo riendo al marcharse: a los pies de usted, señora.