Versos Spanish Gaspar Melchor de Jovellanos Sus: Alerta, Bermudo, Y Pon En Vela

Spanish poem

Sus: Alerta, Bermudo, Y Pon En Vela

by (1744–1811)

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Sus: alerta, Bermudo, y pon en vela tu corazón. Rabiosa la fortuna le acecha, y mientras arrullando a otros, los adormece en mal seguro sueño, súbito asalto quiere dar al tuyo. El golpe atroz, con que arruinó sañuda tu pobre estado su furor no harta, si de tu pecho desterrar no logra la dulce paz que a la inocencia debe. Tal es su condición, que no tolera que a su despecho el hombre sea dichoso. Así a tus ojos insidiosa ostenta las fantasmas del bien, que va sembrando sobre la senda del favor, y pugna por arrancar de tu virtud los quicios. Guay, no la atiendas; mira que robarte quiere la dicha que en tu mano tienes. No está en la suya, no; puede a su grado venturosos hacer, mas no felices. ¿Lo extrañas? ¿Quieres, como el vulgo idiota, de la felicidad y la fortuna los nombres confundir, o por los vanos bienes y gustos con que astuta brinda el verdadero bien medir? ¡Oh engaño de la humana razón! Di, ¿qué promete digno de un ser, que a tan excelsa dicha destinado nació? ¡Pesa sus dones de tu razón en la balanza, y mira cuánta es su liviandad! Hay quien, ardiendo en pos de gloria y rumoroso nombre, suda, se afana, despiadado, al precio de sangre y fuego y destrucción le compra; mas si la muerte con horrendo brazo de un alto alcázar su pendón tremola, se hincha su corazón, y hollando fiero cadáveres de hermanos y enemigos, un triunfo canta, que en secreto llora su alma horrorizada. Altivo menos, empero astuto más, otro suspira por el inquieto y mal seguro mando, y adula, y va solícito siguiendo el aura del favor; su orgullo esconde en vil adulación; sirve y se humilla para ensalzarse; y a la cumbre toca, irgue altanero la ceñuda frente, y sueño y gozo interior sosiego al esplendor del mando sacrifica; mas mientra incierto en lo que goza teme, a un giro instable de la rueda cae precipitado en hondo y triste olvido. Tal otro busca con afán estados, oro y riquezas; tierras y tesoros, ¡ah! con sudor y lágrimas regados, su sed no apagan. Junta, ahorra, ahúcha, mas con sus bienes crece su deseo, y cuanto más posee más anhela. Así, la llave del arcón en mano, pobre se juzga, y pues lo juzga, es pobre. A otra ilusión consagra sus vigilias aquel que huyendo de la luz y el lecho de la esposa y amigos, la alta noche en un garito o mísera zahúrda con sus viles rivales pasa oculto. Entre el temor fluctúa y la esperanza su alma atormentada. Hele: ya expuso, con mano incierta y pecho palpitante, a la vuelta de un dado su fortuno. Cayó la suerte; pero ¿qué le brinda? ¿Es buena? Su ansia y su zozobra crecen. ¿Aciaga? ¡Oh Dios!, le abruma y le despeña en vida infame o despechada muerte. ¿Y es más feliz quien fascinado al brillo de unos ojuelos arde y enloquece, y vela, y ronda, y ruega, y desconfía, y busca al precio de zozobra y penas el rápido placer de un solo instante? No le guía el amor, que en pecho impuro entrar no puede su inocente llama. Sólo le arrastra el apetito; ciego se desboca en pos de él. Mas ¡ay!, que si abre con llave de oro al fin el torpe quicio, envuelta en su placer traga su muerte. Pues mira a aquél, que abandonado al ocio, ve vacías huir las raudas horas sobre su inútil existencia. ¡Ah! lentas las cree aún, y su incesante curso precipitar quisiera; en qué gastarlas no sabe, y entra, y sale, y se pasea, fuma, charla, se aburre, torna, vuelve, y huyendo siempre del afán, se afana. Mas ya en el lecho está: cédele al sueño la mitad de la vida, y aun le ruega que la enojosa luz le robe. ¡Oh necio! ¿A la dulzura del descanso aspiras? Búscala en el trabajo. Sí, en el ocio siempre tu alma roerá el fastidio, y hallará en tu reposo su tormento. Mas ¿qué, si a Baco y Ceres entregado y arrellanado ante su mesa, engulle de uno al otro crepúscúlo, poniendo en su vientre a su dios y a su fortuna? La tierra y mar no bastan a su gula. Lenguaraz y glotón, con otros tales en francachelas y embriagueces pasa sus vanos días, y entre obscenos brindis, carcajadas y broma disoluta, se harta sin tasa y sin pudor delira; mas a fuerza de hartarse, embota y pierde apetito y estómago. Ofendida Naturaleza, insípidos le ofrece los sabores que al pobre deliciosos. En vano espera de una y otra India estímulos, en vano pide al arte salsas que ya su paladar rehúsa; el ansia crece y el vigor se agota, y así consunto en medio a la carrera, antes su vida que su gula acaba. ¡Oh placeres amargos! ¡Oh locura de aquel que los codicia, y humillado ante un mentido numen los implora! ¡Oh, y cuál la diosa pérfida le burla! Sonríele tal vez, empero nunca de angustia exento o sinsabor le deja, que a vueltas del placer le da fastidio, y en pos del goce, saciedad y tedio. Si le confía, luego un escarmiento su mal prevista condición descubre. Avara, nunca sus deseos llena; voltaria, siempre en su favor vacila; inconstante y cruel, aflige ahora al que halagó poco ha, ahora derriba al que ayer ensalzó, y ora del cieno otro a las nubes encarama, sólo por derribarle con mayor estruendo. ¿No ves, con todo, aquella inmensa turba, que, rodeando de tropel su templo, se avanza al aldabón, de incienso hediondo para ofrecer al ídolo cargada? ¡Huye de ella, Bermudo! ¡No el contagio toque a tu alma de tan vil ejemplo! Huye, y en la virtud busca tu asilo, que ella feliz te hará. No hay, no lo pienses, dicha más pura que la dulce calma que inspira al varón justo. Ella modesto le hace en prosperidad, ledo y tranquilo en sobria medianía, resignado en pobreza y dolor. Y si bramando el huracán de la implacable envidia, le hunde en infortunio, ella piadosa le acorre y salva, su alma revistiendo de alta, noble y longánime constancia. ¡Y qué si hasta su premio alza la vista! ¿Hay algo, di, que a la esperanza iguale de la inmortal corona que le atiende? Mas te oigo preguntar: «Aqueste instinto, que mi alma eleva a la verdad, esta ansia de indagar y saber, ¿será culpable? ¿No podré hallar, siguiéndola, mi dicha? ¿Condenarásla?» No. ¿Quién se atreviera, quién, que su origen y su fin conozca? Sabiduría y virtud son dos hermanas descendidas del cielo para gloria perfección del hombre. Le alejando del vicio y del engaño, ellas le acercan a la divinidad. Sí, mi Bermudo; mas no las busques en la falsa senda que a otros, astuta, muestra la fortuna. ¿Dónde pues? Corre al templo de Sofía, y allí las hallarás. Ruégala... ¡Mira cuál se sonríe! Instala, interpone la intercesión de las amables musas, y te la harán propicia. Pero guarte, que si no cabe en su favor engaño, cabe en el culto que le da insolente el vano adorador. Nunca propicia la ve quien, oro o fama demandando, impuro incienso quema ante sus aras. ¿No ves a tantos como de ellas tornan de orgullo llenos, de saber vacíos? ¡Ay del que, en vez de la verdad, iluso, su sombra abraza! En la opinión fiado, el buen sendero dejará, y sin guía de razón ni virtud, tras las fantasmas del error correrá precipitado. ¿El sabio entonces hallará la dicha en las quimeras que sediento busca? ¡Ah!, no: tan sólo vanidad y engaño. Mira en aquel, a quien la aurora encuentra midiendo el cielo, y de los astros que huyen las esplendentes órbitas. Insomne, aun a la noche llama presurosa, y acusa al astro que su afán retarda. Vuelve, la obra portentosa admira, sin ver la mano que la obró. Se eleva sobre las lunas de Urano, y de un vuelo desde la Nave a los Triones pasa. Mas ¿qué siente después? Nada; calcula, mide, y no ve que el cielo, obedeciendo la voz del grande Autor, gira, y callado, horas hurtando a su existencia ingrata, a un desengaño súbito le acerca. Otro, del cielo descuidado, lee en el humilde polvo y le analiza. Su microscopio empuña; ármale y cae sobre un átomo vil. ¡Cuán necio triunfa, si allí le ofrece el mágico instrumento leve señal de movimiento y vida! Su forma indaga, y demandando al vidro lo que antevió su ilusa fantasía, cede al engaño y da a la vil materia la omnipotencia que al gran Ser rehúsa. Así delira ingrato, mientras otro pretende escudriñar la íntima esencia de este sublime espíritu que le anima. ¡Oh cuál le anatomiza, y cual si fuese un fluïdo sutil, su voz, su fuerza, y sus funciones y su acción regula! Mas ¿qué descubre? Sólo su flaqueza, que es dado al ojo ver el alto cielo, pero verse a sí, en sí, no le fue dado. Con todo, osada su razón penetra al caos tenebroso; le recorre con paso titubeante, y desdeñando la lumbre celestial, en los senderos y laberintos del error se pierde. Confuso así, mas no desengañado, entre la duda y la opinión vacila. Busca la luz, y sólo palpa sombras. Medita, observa, estudia, y sólo alcanza que cuanto más aprende, más ignora. Materia, forma, espíritu, movimiento, y estos instantes que incesantes huyen, y del espacio el piélago sin fondo, sin cielo y sin orillas: nada alcanza, nada comprende. Ni su origen halla, ni su término, y todo lo ve, absorto de eternidad en el abismo hundirse. Tal vez, saliendo de él más deslumbrado, se arroja a alzar el temerario vuelo hasta el trono de Dios, y presuntuoso, con débil luz escudriñar pretende lo que es inescrutable. Sondeando de la divina esencia el golfo inmenso, surca ciego por él. ¿Qué hará sin rumbo? Dudas sin cuento en su ignorancia busca, y las propone y las disputa, y piensa que la ignorancia que excitarlas supo resolverlas sabrá. ¿Viste, oh Bermudo, intento más audaz? ¡Qué! ¡sin más lumbre que su razón, un átomo podría incomprensible comprender? ¿Linderos en lo inmenso encontrar? ¿Y en lo infinito, principio, medio o fin? ¡Oh Ser eterno! ¿Has dado al hombre parte en tus consejos? ¿O en el santuario, a su razón cerrado, le admites ya? ¿Tan alta es la tarea que a su débil espíritu confiaste? No, no es ésta, Bermudo. Conocerle y adorarle en sus ubras, derretirse en gratitud y amor por tantos bienes como benigno en tu mansión derrama, cantar su gloria y bendecir su nombre: he aquí tu estudio, tu deber, tu empleo, y de tu ser y tu razón la dicha. Tal es, oh dulce amigo, la que el sabio debe buscar, mientras los necios la huyen. ¿Saber pretendes? Franca está la senda: perfecciona tu ser y serás sabio; ilustra tu razón, para que se alce a la verdad eterna, y purifica tu corazón, para que la ame y siga. Estúdiate a ti mismo, pero busca la luz en tu Hacedor. Allí la fuente de alta sabiduría, allí tu origen verás escrito, allí el lugar que ocupas en su obra magnífica, allí tu alto destino, y la corona perdurable de tu ser, sólo a la virtud guardada. Sube, Bermudo, allí; busca en su seno esta verdad, esta virtud, que eternas de su saber y amor perenne manan; que si las buscas fuera de él, tinieblas, ignorancia y error hallarás sólo. De este saber y amor lee un destello en tantas criaturas como cantan su omnipotencia, en la admirable escala de perfección con que adornarlas supo, en el orden que siguen, en las leyes que las conservan y unen, y en los fines de piedad y de amor que en todas brillan y la bondad de su Hacedor pregonan. Ésta tu ciencia sea, ésta tu gloria. Serás sabio y feliz si eres virtuoso, que la verdad y la virtud son una. Sólo en su posesión está la dicha, y ellas tan sólo dar a tu alma pueden segura paz en tu conciencia pura, en la moderación de tus deseos libertad verdadera, y alegría de obrar y hacer el bien en la dulzura. Lo demás, viento, vanidad, miseria.