Versos Spanish Gaspar Melchor de Jovellanos Romance Tercero Contra Forner

Spanish poem

Romance Tercero Contra Forner

by (1744–1811)

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Ésta y no más, Numen mío, ven a calentar mis versos, que esta vez más que otra alguna te han menester placentero; ésta, y nunca más me inspira, pues voy a cantar corriendo, tan estupendas hazañas, que nunca vieron los cielos otras tales ni tan gordas, desde el chino al chichimeco. Ven, que si a mi ruego pronto bajas esta vez, ofrezco de consagrarte una pluma entre ilustres arrapiezos, girones y telarañas, allá de Atocha en el templo, do abierto un palmo de boca la señalen con el dedo in saecula saeculorum los devotos madrileños. No bien Polifemo el brujo con su bálsamo hechicero curado hubo las heridas que en los pasados encuentros le diera el fuerte Antioro, cuando ¡qué buen escarmiento!, vuelto a su disforme forma, tan loco andaba y tan tieso por esas calles de Dios, cual pudiera un Gerineldos. Otra estupenda batalla, transformado en escudero, riñó después con Antioro por desagraviar el tuerto que hiciera el bergante a un manco, bien querido en todo el pueblo. Hubo en ella horribles lances, y aunque dudoso el suceso, todavía le aguijaban a buscar nuevos trofeos, cuando hétele que a la plaza salió un nuevo aventurero, hombre avezado a las lides y cual ninguno en esfuerzo. Era este tal... Aquí, aquí, numen mío, está el aprieto. Vamos a pintarle al punto, y quiera Dios se esté quedo. Era de cuerpo muy flaco, mas de espíritu muy recio; duro y firme de mollera, cual chinarro berroqueño, y aunque en miembros alfeñique ¡ira de Dios! no hay celebro que no magulle a los golpes que da su brazo derecho. Nacido allá en la Cosmosia, junto a los quintos infiernos, criárale una amazona que le dio por madre el cielo, no con leche ni papilla, sino con hiel y veneno. Ya crecido, fue el asombro de los mozos de su tiempo: siempre adusto y siempre solo, campando por su respeto. ¡Qué corazón! Más bizarro ni más duro no le hubieron ni Ferragut ni Galafre, ni don Roldán ni Oliveros. Nunca fueron su solaz juveniles pasatiempos, que era el lidiar su descanso y era el vencer su recreo. Armado de fuertes armas, que le labró un hechicero, de su tierra andaba siempre invulnerable y cubierto; pero entre todas brillaba, alto y bien guarnido, el yelmo que le dio un dey cosmosiano cuando le armó caballero. Este y la diestra manopla de muy bien templado acero eran su salud, porque tenía ¡raro portento! toda su fuerza cifrada, como el otro en los cabellos, nuestro Sansón de Cosmosia en el testuz y en los dedos, con que la tajante espada blandía a diestro y siniestro. Con tal brío y tal defensa salía de tiempo en tiempo el paladín cosmosiano solo a desfacer entuertos, y ni en yermos ni en poblados, ni aun en palacios ni templos, ningún malandrín seguro, se pudo hallar de sus retos. Rindió en singular batalla a aquel gigantón protervo, que dos siglos ha en la Nescia se alzara rey de los pueblos, y de sus pingües provincias le despojando, en un credo hasta más allá de Calpe llevó el cosmosiano imperio. ¡Válasme Dios, qué de brujos, de adivinos, de hechiceros, de astrólogos, de poetas, a sus manos perecieron! Aun dicen que el fuerte Antioro anduvo rodando entre ellos, pero convertido en odre logró escapar del aprieto, que le salvaba el dios Momo para burla del Permeso. Ni pudo huir de sus golpes Tartufo, aquel caballero que nacido en la Nigricia se unió al bando de los nescios y con el gran cosmosiano tuvo tan duros encuentros. ¡Cuántas formas el bribón no tomó, nuevo Proteo, para vencer en batalla a su contrario! Yo mesmo, yo vi sus transformaciones yo las vi, y aún no las creo. Hétele vuelto en urraca, cátale mudado en cuervo, allí va con capa parda y aquí en sayo ceniciento; ya se le muestra ensañado, y ya con rostro halaguero le regala, le acaricia, le enlabia con sus consejos, para llevarle a las trampas que le iba armando con queso. Nada le valió; no importa, que al que no es buen caballero un cantazo por detrás, y adelante con el cuento. Digo, pues, que al tal Tartufo tentó la ropa en mil duelos, hasta que por fin un día que lidiaron cuerpo a cuerpo, descargó en él tal diluvio de embestidas y de encuentros, que a los ciento y veinte y tres me le derrocó en el suelo, y con la tajante espada de par en par le abrió el pecho. No sacaron mejor suerte muchos que con él se hubieron allí, pero fue entre todos celebrado el escarmiento de Tormentorio de Hispalia, jayán tan vano y contento de su poder, que aun rendido, apaleado y casi muerto, todavía cantó el triunfo con bramidos tan horrendos, que no hubo quien no le oyese desde Estremoz a Murviedro. De tales, de tan ruidosas hazañas, de pueblo en pueblo la siempre parlera fama iba esparramando el eco. Cantábanse al cosmosiano himnos, trovas y sonetos, puestos en solfa por uno y tarareados por ciento. Cuál ensalza su osadía, cuál encarece su ingenio, éste alaba su pujanza y aquél el bizarro aliento con que desprecia a los flacos y hace cara a los soberbios. «¡Qué fuera de ti, oh Redondo, qué de vosotros sin cuento, los que azuzáis por la espalda y contra la ley del duelo tiráis y escondéis la mano, como malsines rateros! Válgavos vuestra ruindad, y válgavos el desprecio que hacen de tan viles armas los valientes caballeros». Así cantaba un poeta, que en tan bien sentido verso solía apostillar las trovas del Fraso de nuestros tiempos. Tal era... Ya, numen mío, tiempo es de volver al cuento; dame por tu vida el hilo que se perdió en el tintero. Tal era y de tales mañas el adalid que, cubierto de sus armas, salió al campo y lidió con Polifemo. La causa de los rencores de tan grandes caballeros contaré, ya que he empezado por uno y por otro huevo. Pasárale por la chola al cosmosiano en sus fieros (que era gran retrahedor y bocachón por extremo), un día que estaba el pobre con un humor como un perro, que amén de su geniecillo esto de andar por el pueblo dando acá y allá porrazos, asendereado y maltrecho, no es lo mismo que estar siempre bailando al son del pandero... Pasárale por la chola, como digo de mi cuento, decir mal, o maldecir, que al cabo al cabo es lo mesmo, de los valientes campeones que lidiaran cuerpo a cuerpo con aquel ruin magancés, Masolín el embustero aquel pagano hiperbóreo, que, descreído y protervo, con mentiras y baldones mancillar quiso el respeto de la sin par doña Iberia, el más preciado portento de nobleza y cortesía que jamás vio el Universo. Dijo, pues, el cosmosiano hablando por todos ellos; dijo... ¡nunca tal dijera!, que ni eran fuertes ni diestros, cual convenía a campeones de tal nombre y en tal duelo; que eran viejos sus rocines; que sin escudos ni yelmos por el palenque anduvieran, sin poder tocar al pelo de la ropa al magancés; que eran de muy ruin acero sus espadas, y muy flojas sus manoplas y aun sus dedos; y por fin, vino a decir..., dijo, en fin, y aquí fue ello, que la tal dueña acuitada no había en todo el su reino quien de lavar su mancilla fuese capaz... No hay remedio, ya lo dijo. ¡Ira de Dios, y la que se armó al momento! ¡Qué blasfemias, qué brabatas, qué votos y qué reniegos, ya dichos y ya mascados, no produjo el tal denuesto! Pero nadie más furioso se mostró que Polifemo; y es el caso que escondido saliera también al cerco, llamado de la nodriza de Iberia, que oído el tuerto de su ama, sábelo Dios, tomó gran parte en su reto, y llamando a la defensa príncipes y caballeros, ofreció su blanca mano a quien la salvase en duelo. Oyó, pues, los dicharachos de Zonzorín, Polifemo; oyólos, y no más listo se armó el gallardo Oliveros, cuando, aunque herido y doliente, llegó a saber los denuestos que contra Carlo y sus doce refunfuñaba el tremendo Fierabrás de Alenjandría, que se arreó Polifemo para la lid, y tomando lanza y broquel, caló el yelmo, y en demanda del bastardo Zonzorín salió tan tieso. Hallole que estaba entonces asestando a un escudero, a quien por mote llamaban Bocacerrada en el pueblo, el cual, viéndose con armas y con razón, quiso atento por tan ilustre princesa quebrar dos lanzas; por cierto que dio al bastardo once botes tan firmes, que el uno de ellos, resbalando a la manopla, le hubo de quebrar los dedos. Mas Zonzorín, nunca débil, reparose, tomó aliento, volvió a la carga, y tal vez rematara al escudero a no haber salido entonces tan gran contrario a su encuentro. Viéronse en fin. No se paran allá en los campos del cielo dos nubarrones, batidos de dos encontrados vientos, más terribles frente a frente uno de otro, ni más fieros, que frente a frente se paran Zonzorín y Polifemo: —Caballero, si lo sois, dijo aquéste, pues no creo que tanta descortesía quepa en quien es caballero, non fundedes vuestra gloria en tan mezquinos trofeos, que si de fama y renombre andáis por caso sediento, aquí estoy yo en quien podéis buscar triunfos de más precio. Dijo, y largando el bridón, tal bote dio contra el yelmo de Zonzorín que por poco no se le derriba al suelo; mas le abolló, por San Jorge, y fuera el golpe tan recio, que casi cien chapas de oro le quitó del guarnimiento.