Spanish poem
El Sol Vierte Su Lumbre
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
El sol vierte su lumbre En nubes de oro y grana, La tierra se engalana Vestida, de verdor. Con traje caprichoso, De su perro seguido, Sale al campo florido El bello cazador. Lleva provisto el cinto Que ancha hebilla sujeta, Y al hombro su escopeta De las aves terror. Las auras matinales Agitan el cabello Que flota sobre el cuello Del bello cazador. Todo es vida en el campo, Todo placer y amores, Perfumes dan las flores Y el céfiro frescor: Sobre el caliente nido Cantan himnos las aves, Mientras con pasos graves Se acerca el cazador. Ajenas del peligro Desplegan ya sus alas, Que ignoran de las balas El silvo aterrador: Y una blanca paloma, De su belleza ufana, En torno gira insana Del bello cazador. Mil círculos trazando Cual leve mariposa, Ya vuela caprichosa, Ya para sin temor. De un árbol a otro cruza Allá en el bosque umbrío, Mientras la acecha impío El bello cazador. Con amoroso arrullo A su consorte llama, Columpiada en la rama De un verde sicomor. Mas ¡ay! que cuando gime Y al dulce amor convida, Vacila y cae herida Del bello cazador. Con su inocente sangre La verde yerba baña, Y sin piedad ni saña La mira el matador: Que en pos de otra victoria, Al hombro la escopeta, Sigue su marcha inquieta El bello cazador. En tanto allá aparece Del bosque en la espesura, Blanca y triste figura, Fantasma seductor: ¡Y es Elmira!... La Elmira Cual tierna desgraciada, Amante abandonada Del bello cazador. Marchita está la rosa De su blanca mejilla, Y en su mirada brilla La llama del amor: Con paso vacilante Llega la triste Elmira Do la víctima expira Del bello cazador. Y estrechando a su pecho Al ave moribunda Con lágrimas la inunda, Le dice con dolor. —«Paloma sin ventura Igual es nuestra suerte, Pues causa nuestra muerte El bello cazador. »De su mano tirana Recibes honda herida, Y devoró mi vida La llama de su amor. Débiles, confiadas, Perdionos la inocencia, E hirionos sin clemencia El bello cazador. »Bajo ese verde aliso, Cual lo eras tú, dichosa, En noche silenciosa Me trajo mi candor: Y oyeron estos valles, Y oyeron estos vientos, Los tiernos juramentos Del bello cazador. »¿Ves, Elmira, ese cielo Inmenso?» me decía; «Pues es, amada mía, Más inmenso mi amor. No cría abril más hojas En bosques ni florestas Como suspiros cuestas Al tierno cazador. »Mis astros son tus ojos Y es tu aliento mi brisa, Me embriaga tu sonrisa, Me mata tu rigor. No deseches, bien mío, El alma que te entrego, Escucha, Elmira, el ruego Del triste cazador. »Como eres hechicera Sé, Elmira, compasiva, Si quieres ¡ay! que viva Concédeme tu amor».— Así me hablaba, y luego Con pérfidos abrazos Me aprisionó en sus lazos El bello cazador. Y soñando venturas Pasó la noche umbría, Llevando mi alegría, Dejándome dolor. Y pasaron con ella Los halagos traidores... ¡Pasaron los amores Del bello cazador! Que como a ti, paloma, De crudo golpe herida Dejome el homicida Con bárbaro rigor. Otros pechos buscando Donde sembrar la muerte, Que en esto se divierte El bello cazador. Cedamos, pues, cedamos A un destino cruento, Que sirva de escarmiento Y ejemplo aterrador. Y que aves y pastoras Al ver nuestro destino Se aparten del camino Del bello cazador.— Dice la hermosa Elmira, Y el célico semblante Se cubre en un instante De lívido color. La muerte con sus alas Ya nubla su alba frente, Y aun nombra dulcemente Al bello cazador. En busca de su presa Ya vuelve el inhumano, La escopeta en la mano Cubierto de sudor: Y bajo el sicomoro Al ave y a su Elmira Al mismo tiempo mira Morir el cazador. Del bello cazador.