Versos Spanish José Santos Chocano El Idilio De Los Cóndores

Spanish poem

El Idilio De Los Cóndores

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Como si fuese en pedestal de plata, en un témpano enorme, en cuya frente se desespera el Sol, un grupo alado bulle, sobre la abrupta escalinata de los Andes. El cóndor, que se siente junto de su hembra, un ala enamorado tiende sobre ella en forma de abanico, la oprime con vigor a su costado y en el trémulo moño húndela el pico. ¡Es el amor! El viento se desata cual se desata un lazo. Nubarrones pasan en fugitivos escuadrones, como una fabulosa cabalgata... El señor de los Andes, que fulmina su mirada de cólera hasta el hondo valle que hay a sus plantas, adivina la tempestad que se insinúa: inclina la señoril cabeza; y, en redondo, veinte leguas domina de tierras desdobladas en el fondo... Y el cóndor ve los campos, que parecen telas tijereteadas por los ríos; y las llanuras, a sus ojos, crecen cubiertas de pintados sembradíos: la cañada... el cafeto... Allá, una ruina; más allá, un humo de ondulante sombra: a veces, el perfil de una colina, que en la tierra aplanada se adivina como un zurcido en opulenta alfombra... Y el cóndor va arrastrando la mirada hacia el atrevimiento de su cumbre: la selva le parece muchedumbre, que va, de una quebrada a otra quebrada, en escalonamiento portentoso, en el que todo monte es una grada y todo abismo un salto de coloso. Luego, ya no ve selva. La pelada roca, musculatura en carne viva, se contrae en un ímpetu nervioso: lánzase a la altitud, en superpuestas arrugas cual de frente pensativa, hasta turbar, con el fragor vidrioso que se estremece en las plateadas crestas, el mudo terciopelo del reposo... ¡Ah! Y el cóndor miró, como en un sueño, que, desde allá, desde el rastrero llano, se desprendió la audacia de un empeño a sojuzgar las cúspides. No en vano hasta la cuiiilire sola en que el cóndor está, férrea serpiente fue arrastrándose, en círculo ascendente, como queriendo ensortijar su cola. ¡El tren!... En donde el pájaro salvaje imperó sin rival, ya el tren impera. Él, soberbio, sacude su plumaje; invita a su amorosa compañera; y rompe el vuelo: entonces, de soslayo, lanza al tren su mirada, a la manera de un nubarrón que descargase un rayo... ¡Un rayo! Otro después... Y nube obscura rodeó el picacho y ensayó un estruendo. ¡Qué lobreguez en derredor! La pura limpidez de la nieve iba saliendo de esa nube, cual de ancha sepultura; porque esa nube, en derredor, sombría, cubrió la tierra y se espació en la altura: Sólo el picacho, en la mitad, se erguía. El cóndor y la hembra, en sus amores, rasgaron el azul, viendo a sus plantas la tempestad, que, envuelta en resplandores, tiene el delirio de las iras santas; y escucharon del trueno el estampido, mientras caía el agua en los regazos, de las profundas selvas, con el ruido de una cristalería hecha pedazos... Y se amaron así: sobre los vientos suspendidos los dos. ¡Eran dos vidas y una palpitación; o dos alientos y un óbsculo de amor! Las dos figuras simulaban dos breves carabelas; pero, al batir las alas confundidas, destacábase el grupo en las alturas como una embarcación de cuatro velas...