Spanish poem
02 (¡Existe sobre la tierra)
¡Existe sobre la tierra Ese amor firme y sincero Por el cual el mundo entero En un corazón se encierra?
Acaso no en el gran mundo Que de vanidades vive, Y en el cual no se concibe Ese amor ciego y profundo;
Mas yo sé de corazones Cuya esencia este amor fué, Y porque su historia sé La escribo en estos renglones.
Tendido á los pies de un risco Y á entrada de un valle fresco, Que corona pintoresco Un castillejo morisco,
En territorio andaluz; Y á la orilla de la mar, Hay inundado en la luz Del sol de España un lugar.
Su nombre está ya perdido En el mapa y en la historia. ¿Para qué pues mi memoria Le ha de sacar del olvido?
Nada hace á la historia mia Su nombre ni el del castillo; Pues pasa en un lugarcillo De la hermosa Andalucía,
Sin duda debe de ser A propósito lugar Para lo que hoy á contar Voy al curioso lector.
Era, pues, un lugarejo, Cuyo nombre no hay quien halle, Sentado á boca de un valle Y á sombra dé un castillejo.
Ciento cincuenta años há Que al moro se conquistó: La raza que le ganó Del infiel no existe ya.
Diósele el emperador, De sus servicios en premio, A un caballero Bohemio, Famoso batallador,
A quien arruinó un proceso En Alemania, y que en pos De Carlos, fiado en Dios Y en él, vino á su regreso
De aquel país á Castilla: Donde á fuerza de trabajos Dando y recibiendo tajos, Logró al cabo esta haciendilla.
Casóse con una dama, Tan noble como gazmoña, Que le trajo de Borgoña Con poco haber mucha fama; La cual de su amor en prenda Le dio un hijo á quien no-vid-, Pues al dársele murió Dejándole en él su hacienda.
Al mismo tiempo que el luto Vistió por la esposa cara, Pagaba á la muerte avara Carlos en Yuste tributo;
Y mas que vasallo fiel, Fanático adorador Del difunto emperador, Dio por difuntos con él
La prez y el valor del mundo; Y en su admiración suprema Lloró la imperial diadema Rota en Felipe segundo.
Para él acabó la gloria Y el honor en Carlos quinto: Construyóse un laberinto Con las de él en su memoria,
Y acusando de fatales A sus tiempos, vivió hundido En su torre, mantenido De recuerdos imperiales.
En honra de su señor, Decidió por buen acuerdo Ser un viviente recuerdo Del bizarro emperador.
Dio su nombre á su heredero, Con la precisa ecsigencia Que en toda su descendencia Fuese el nombre del primero;
Y que si el mayor finare, Aquel que le sucediere Sucederle no pudiere Si el de Carlos no tomare.
Conservó toda su vida, Contra las modas airado, El gabán acuchillado, Gorguera y barba crecida;
Ni dejó al sombrero plaza Su alemana caperuza, Ni al coleto de gamuza La milanesa coraza:
Y como Dios le otorgó Larga exsistencia, su siglo Por evocado vestiglo Le tuvo del que pasó.
Idólatra de lo antiguo, La edad sin tener en cuenta. Vivió de la escasa renta De su patrimonio exiguo.
El mismo en la soledad Educando á su heredero Hizo de él un caballero De su ya olvidada edad:
Y este, que es al que los dias Alcanzan de mi leyenda, Siguiendo su misma senda Siguió sus propias manías.
Educado por su padre En la vanidad tudesca, De su era caballeresca No halla hoy cosa que le cuadre.
Nutrido con las historias Del tiempo en que aquel vivió, Del suyo desconoció Las hazañas y las glorias;
De modo que al fenecer, (Obra de su afán prolijo), Pudo decirse que en su hijo Tornaba el padre á nacer.
Todo de la misma suerte Continuó en el castillejo Sombrío, sin que del viejo Se echara de ver la muerte:
Pues su primer sucesor, El castillo al heredar, Ni un clavo en él alterar Tomó por punto de honor.
Y salva la diferencia Que entrambos la edad ponia, Que duraba parecia Del buen viejo la presencia.
Porque de él copia leal En su persona y su traje, Guardó el hijo su equipaje A la manera imperial.
Rapado á lo Carlos quinto, Luenga la barba conserva, Como sus patios la yerba Conservan en su recinto:
Y así como no trocara Por el del rey su linaje, Ni mudó nunca de traje, Ni desembarbó su cara.
Una boda desigual, No en nobleza ni en fortuna Sino en edad, oportuna Le acrecentó su caudal.
Una condesa que, viuda, Con sus timbres campanudos Y medio millón de escudos Sus ocho lustros escuda,
Se unió á él en matrimonio, Y á la vanidad, tudesca Su vanidad quijotesca Allegó y su patrimonio;
Y atados con el torzal De iguales genios y gustos, Vivieron como dos bustos En un mismo pedestal.
Mas probando su largueza Una de esas bizarrías En que dá todos los dias La rica naturaleza,
Hizo, mostrando el poder De sus caprichos estraños, Que al conde al fin de dos anos Diera un hijo su muger;
Y no queriendo dejar Su obra incompleta, le dió Un hijo que no dejó Nada en sí que desear:
Pues robusto, hermoso y sano, Se desarrolló con brío Aquel capullo tardío Del amor del castellano.
No hay placer cabal empero En la tierra: la condesa Descendió á poco á la huesa: Y quedando el caballero
Solo otra vez y sumido En soledad y dolor, Concentró todo su amor En su vástago florido.
Criarle pensó en su casa Como á él su padre: mas es Locura intentar los piés Atar al tiempo que pasa.
Don Carlos mientras fué niño Sus viejos gustos siguió, Porque al suyo no dejó Brotar el filial cariño;
Mas cuando llegó á ser mozo, Comprendió que la clausura De aquella vivienda, os,cura Semejaba un calabozo;
Y entendió cuan temerario Fuera aquel que en la corriente Permanecer de un torrente Pretendiera estacionario.
Declaró al anciano adusto Que era imposible seguir En tal modo de vivir Contra su tiempo y su gusto.
Resistió el viejo, insistió El mozo, y fué no sin pena Alargando su cadena Hasta que al fin la rompió.
Pajarillo que del nido Por primera vez se lanza, Ver ansiando hasta dó alcanza Por sus alas sostenido,
Bajó al valle, vio sus flores, Y encontrándolas tan bellas, Comenzó á saltar entre ellas Respirando sus olores;
Y haciendo atrevido alarde De su vuelo aun inesperto, En los rosales de un huerto Entretenido una tarde
Picando sin precaución Una rosa campesina, La rosa con una espina Le picó en el corazón.
Quedósele en él metida: Y, aunque la quiso ocultar, Empezándose á enconar, Dio su padre con la herida,
Quien queriendo su dolencia Atajar con prontitud, Ensayó en él la virtud Del bálsamo de la ausencia.
Le envió á Nápoles de un vuelo, Y allí del virey al mando Le defiende contra el bando Del pescador Masanniello.
Su padre se hace sin él, Roido por el dolor, Tan tosco y agrio de humor Como si bebiera hiél:
Y del peñón en la cresta Su vieja torre morando, Asoma de cuando en cuando Su catadura indigesta.
Dejémosle en ella pues, Y abandonando el castillo, Bajemos al lugarcillo Que está tendido á sus piés.