Spanish poem
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I Ecos de las montañas que nutridos de las aguas, los vientos y las aves con la voz, los murmullos y los ruidos, tristes, medrosos, gárrulos o graves, venís a susurrar en mis oídos del aire azul entre las ondas suaves: ¡qué avara saborea el alma mía de vuestro vago son la poesía!
II Ecos de las montañas..., cuando aspiro vuestra sonora esencia con el viento que os lleva sobre mí, como un suspiro enviado por la tierra al firmamento, ¡con qué placer la atmósfera respiro en que bullir y murmurar os siento, concierto de una música sin nombre que envía Dios en el silencio al hombre!
III Ecos de las montañas..., cuando el día comienza a declinar y en la llanura oigo desparramarse la armonía de vuestra voz que baja de la altura, bendigo la montaña que os envía con la brisa, que impregnan de frescura los árboles, que dan a sus picachos rumorosos y móviles penachos.
IV ¿De qué habláis? ¿Qué os decís? Mi oído atento, vuestro murmullo al percibir, se lanza tras él y le persigue por el viento, de comprenderle al fin con la esperanza; mas, ¡ay!, nunca por él mi pensamiento lo que decís a comprender alcanza. Ecos de las montañas, ¿vuestro ruido nunca lo que os decís dirá a mi oído?
V Vagorosos rumores, yo os adoro porque hallé desde niño en vuestros sones para mi triste espíritu un tesoro de vagas e infantiles ilusiones. Vuestro susurro plácido es un coro que me canta del aire en las regiones himnos cuyas palabras no comprendo, mas a las cuales con afán atiendo.
VI Ecos de las montañas, yo percibo en vuestro son versátil y liviano algo que se os adhiere, fugitivo, de un invisible mundo no lejano. Nunca me sé explicar lo que concibo de vuestro son oculto en el arcano: mas algo que habla en vuestro son comprendo, cuya palabra, a mi pesar, no entiendo.
VII Ecos de las montañas, al sentiros bullir, el aire de rumor llenando, arrastrado tal vez siento en sus giros pasar de sombras invisible bando, que entre risas, conjuros y suspiros, rastro sonoro tras de sí dejando, pasan, y vuelven sin cesar, y ondean, y a la par que me encantan me marean.
VIII ¡Oh, montañas poéticas! ¿Es sueño de mi débil espíritu, que enerva el tiempo que en roer pone su empeño cuanto es caduco, o en verdad conserva vuestro recinto inculto y zahareño, bajo su manto de árboles y hierba, ese mundo de espíritus quiméricos de los tiempos románticos y homéricos?
IX ¿No es verdad, ¡oh montañas!, que aunque os yermen del invierno las nieves y aquilones guardáis las larvas e incubáis el germen de las más primitivas tradiciones; que en vuestro seno sus fantasmas duermen, dándolas perfumados pabellones en vuestros silos húmedos y estrechos, céspedes, musgos, líquenes y helechos?
X ¿No es verdad que esos ruidos misteriosos, esos perennes y encantados ecos que exhalan vuestros bosques rumorosos, breñas desiertas y peñascos huecos a los que manantiales caprichosos cortinas dan de cristalinos flecos, pueden la tradición y la leyenda al poeta contar que les comprenda?
XI ¿No son desde el diluvio las montañas cadenas y dogal del bajo suelo, cuevas de salteadores y alimañas, las que el hombre ocupó con más anhelo? ¿No minó con cavernas sus entrañas? ¿No trabajó con sólido desvelo para cercar sus cumbres y asperezas con triple cinturón de fortaleza?
XII Y esas torres y alcázares feudales, de que hizo la política mundana nidos de buitres y antros de chacales, devoradores de la gente llana degollada en sus guerras señoriales, ¿no convirtió después la fe cristiana en monasterios santos y tranquilos, de caridad e ilustración asilos?
XIII Habrá dejado, pues, la humana raza por las montañas, al pasar por ellas, de sus ejemplos de virtud la traza al par que de sus crímenes las huellas. Páginas de una crónica que enlaza las figuras más torvas y más bellas, quedan en las alturas solitarios escombros de castillos y santuarios.
XIV ¡He ahí toda la historia de la tierra, toda la tradición de los dos mundos: Álbum de la ambición y de la guerra, labor de sus dos genios furibundos! ¿Y de cada montaña y cada sierra no podrán ser los ecos vagabundos voces de las quimeras insepultas, en la olvidada tradición ocultas?
XV Ecos de las montañas, romped francos en palabras: narradme los misterios de las crestas, cavernas y barrancos do han dejado al pasar reinos e imperios pardos escombros y esqueletos blancos de alcázares, castillos, monasterios: mansión de vivos en la edad pasada, y hoy de sombras poéticas morada.
XVI Ya va a ponerse el sol: ya centellea sobre la curva colosal del monte, cuya silueta ante su luz negrea como el monstruoso lomo de un bisonte gigantesco e inmóvil...; ya sombrea la cavidad azul del horizonte con su niebla el crepúsculo...; ya inerme se echa en su nido el águila...: ya duerme.
XVII Forma, color y luz de luna toma, libre ya del fulgor del sol ausente; y lo que él abrasó por valle y loma platea su luz fresca y transparente. La flor da al aura su nocturno aroma, su frescura a la atmósfera la fuente; el cielo es una tienda de reposo, la tierra un lecho blando y aromoso.
XVIII Es una noche que abrirá a la aurora los capullos que abril nutrió fecundo: una noche esplendente, inspiradora de ascético fervor o amor profundo. ¡Ecos de las montañas, es la hora de vuestra libertad, vuestro es el mundo! ¡Ea!, bajad de la montaña umbría y llenad las llanuras de armonía.
XIX Descended: yo os evoco; yo os lo mando: Dios esta noche a mi poder sujeta la vaga voz de vuestro errante bando. Para, de ecos perdidos turba inquieta, y en sus oídos al posar parando, lo que dices al aire, di al poeta. ¡Ah!, ya sumisos a mi voz os siento venir... ¡Ecos..., me habláis! Estoy atento.
XX Habladme... ya os comprendo... casi os veo de la móvil calina en las marañas de ráfagas, que en raudo serpenteo hace y deshace el viento en sus extrañas locas ondulaciones!... Mi deseo se cumple. –¡Ecos que hervís en las entrañas de las rocas que dan al Pirineo su diadema de rey de las montañas, sed los primeros cuyo son perdido un secreto de amor fíe a mi oído!
– Diez siglos hace ya que esta leyenda pasó; la misma edad que Barcelona, de independencia señorial en prenda, lleva en su frente la condal corona. Yo se la escribo como pobre ofrenda que mi fe prueba y mi palabra abona: granillo que acarrean mis afanes a la mies de los fastos catalanes.
Le he sembrado, al volver de tierra extraña, de la mía natal en la frontera, cuando al besarla al pie de la montaña me hinqué del Pirineo.–¡Dios no quiera que vuelva nunca a abandonar a España...; mas si me pierdo de mi patria fuera, no quiera Dios que se me pierda el grano que en tierra tan leal sembró mi mano!