Versos Spanish José Zorrilla 1 (¿Qué es de mí, me preguntas…)

Spanish poem

1 (¿Qué es de mí, me preguntas…)

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¿Qué es de mí, me preguntas, caro amigo? ¿Por qué, dejando nuestro alegre suelo, bajo el cielo de Francia busco abrigo? Nuevas de mí con cariñoso anhelo me pides… ¡ay de mí! yo de mí mismo tres años ha que se las pido al cielo. Tres años ha que en brazos de la suerte llevar me dejo, y por el mundo vago como átomo perdido, y voy inerte sin pedirme razón de lo que hago.

Me acusas de indolencia, de egoísmo, de ingratitud, de olvido…, y en el nombre de tu amistad reclamas el derecho de descender de mi sombrío pecho hasta el callado y tenebroso abismo.

Tienes razón, Miguel: tu noble mano, que disipa la niebla en que la Historia envuelve de los tiempos el arcano; tu mano varonil que, asiendo un día de la verdad la luminosa tea, se dignó conducirme por el morisco espléndido recinto de la Alhambra encantada, y a través del florido laberinto de los cármenes frescos de Granada, tiene derecho a descorrer ahora las tinieblas de un alma, en la que un día luz derramó tu ciencia indagadora: luz como la del sol, fecundadora, de mi fe germen, de mi numen guía.

Mas hácesme a la par tantas preguntas, tan precisas, tan íntimas, que creo no poder contestar a todas juntas, por más que lo procure mi deseo. Quieres saber dó estoy, en qué me empleo; por qué abandono nuestra dulce España; si riqueza o placer, duelo o hastío me obligan a vagar por tierra extraña; si, ahogado para siempre el canto mío, no alzaré ya mi voz al son del río que los vergeles de la Alhambra baña. Quieres saber si espléndida fortuna de mis hogares para bien me aleja, o si anuda mi féretro a mi cuna misteriosa desgracia o importuno afán que mudo en mi pesar me deja. Quieres, Miguel, que, si por caso alguno favorable o fatal, la vida mía cambia y empieza para mí otra era, antes de sepultar uno por uno los dulces sueños en que ayer vivía, antes de que me lance en la carrera de mi segunda edad, te dé siquiera un hilo conductor que sea guía del laberinto de mi edad primera. Quieres, en fin, el pliegue más espeso, el rincón más recóndito y profundo ver de mi corazón y mi memoria, y de tu tierno afán en el exceso conocer de mi espíritu la historia, con intención tal vez de darla al mundo.

Mas yo no tengo historia. Sepultado en mi cámara siempre y circuído de fantásticos seres, he vivido de sus sombras no más acompañado, con ajenas historias divertido, y a cuidados ajenos entregado. He sentido pesares y amarguras: mas ¿quién hay, si nació, que no las sienta? He corrido peligros y aventuras: mas en época tal ¿quién no las cuenta? Tú crees que una razón desconocida a la halagüeña sociedad esquivo me hizo y huraño, que a enterrarme en vida me obligó acaso roedor hastío, que me hizo aborrecer las diversiones de un mundo para mí sin ilusiones, como hoy se dice, y por el cual, mancebo siendo y social y juguetón y activo, viví, torvo poeta del Erebo, ocupado en forjar obras horrendas que, en nueva forma y en estilo nuevo, dieron al mundo en páginas tremendas sangrientos dramas, bárbaras leyendas, narraciones de impíos sacrilegios, visiones y nefandos sortilegios, cosas que el vulgo vil halló estupendas. Dícesme que sospechas algún caso siniestro en mi niñez acontecido, sólo de mi familia conocido; alguna herida en el honor acaso, resentimiento de amor propio herido, un odio o un amor sin esperanza de conseguir jamás perdón u olvido, recompensa o venganza, que me tuvo del mundo retraído: mas en verdad te digo que te engañas, que sueñas lo que no es, amigo mío; no hay en mi vida fábulas extrañas, ni mis costumbres con el mundo hurañas menos son hijas de precoz hastío. Yo no soy de esos mozos mentecatos de ilusiones perdidas y alma seca, que nacieron ayer, y ya insensatos decrépitos se creen; en mí no trueca la romántica moda las edades: y aunque no vigorosa, sino enteca por mi constitución y cualidades físicas, y a pesar del siglo necio que palpa semejantes vaciedades, mi juventud es juventud: es recio mi corazón y joven todavía y no me cansa la existencia. Aprecio la esencia que el Señor puso en la mía, al sentir que en mi pecho y en mi mente un alma no se encierra inerte y fría, que el bien no goza y el placer no siente. La soledad, Miguel, en que he vivido hija no más de la costumbre ha sido; y, libre del poder de otro misterio, mi carácter no más ha sucumbido de la costumbre al poderoso imperio. Dícesme que al leer de mi poema los cantos que te envié, te ha sorprendido el entrañable e infantil cariño, la adoración con que hablo de Granada, que no es al cabo la ciudad amada donde nací y pasé mi edad de niño. Tienes razón, Miguel; defecto es ese de mi obra miserable, que revela algo de misterioso, aunque me pese tal confesión; pero en verdad te digo que no me pertenece ese secreto. Es una historia ajena a la que abrigo presta mi corazón, y que conmigo va siempre como mágico amuleto, cuyo poder al cielo me hace amigo. Yo te la contaré más adelante, de tu curiosidad pues es objeto, y a mi vida volvamos un instante. No, no hay en ella nada que acreciente su valor para el vulgo, ni un ambiente dramático la envuelve bajo el velo del misterio que crees. Breve y sencilla, aunque cual breve triste, es solamente la de un oscuro hidalgo de Castilla que, último de su raza, en otro suelo busca otro nuevo hogar, busca otra gente a orillas de otro mar, bajo otro cielo do su pasado mal no halle presente. No voy en pos de recompensa alguna, ni de fortuna en pos más venturosa: yo no busqué jamás a la fortuna. ¿Amiga al fin me buscará? Lo ignoro. Yo he visto a esa inconquistable diosa seguirme pertinaz desde la cuna; me ha ofrecido mil veces amor, oro, aplauso, gloria, vanidad, decoro, todo…, y la he dicho desdeñoso:«Pasa: nada te pido; tu favor no imploro.» ¿Por qué? He aquí la historia de mi casa: la historia que tú crees maravillosa. Óyela, y sal de tu ilusión. —Un día, de mi paterno hogar ante la brasa mustia, que chispa a chispa se extinguía de la desgracia al soplo, reunidos los solos cuatro seres bien unidos de mi familia estábamos. Mi madre, alma llena de amor y de ternura, para quien todo el mundo se encerraba en mi profundo amor y el de mi padre. Débil mujer, mas tipo de hermosura meridional, de raza verdadera española: ojos negros, tersa frente, boca fresca de enana dentadura, suave acento, sonrisa cariñosa, tez pálida, morena y trasparente, aguileña nariz, breve cintura, casta y noble expresión, marcha ligera, pequeñísimos pies, corta estatura, y coronada, en fin, de fabulosa negra, riza y sedosa cabellera, que envolvía sus hombros abundosa, y la medía, en pie, la talla entera. Frente de ella, mi padre, magistrado recto, conocedor de los secretos del turbulento y anterior reinado, que de expirar entonces acababa con la vida de un rey y que dejaba los españoles ánimos inquietos, en sombrío silencio meditaba. A su lado un severo sacerdote, hermano de mi madre, amontonaba los extraviados palos del manojo que ardía en el hogar: y en medio de ellos su silencio y tristeza con enojo viendo y con inquietud, yo, casi niño, la moribunda llama contemplaba, teniendo asida con filial cariño la mano que mi madre me alargaba. Era una triste y dolorosa escena cuya acción en palabras todavía ningún actor interpretado había; pero la angustia de que estaba llena, de los cuatro en la faz se traslucía. Era noviembre; el sol en el ocaso doraba con sus rayos postrimeros el cielo de Castilla, frío y raso; el viento del otoño, de sus galas despojando la olmeda, cual plumeros de militares cascos, sacudía con furia de los árboles las copas; y de su soplo ronco entre las alas, que el hielo del invierno nos traía, la tempestad política venía.

En la empedrada calle oyóse a poco el trote de un caballo: sonoro el eco del herrado callo de aquel bridón que estrepitoso llega resonó en el portal de nuestra casa, y su crujiente son, último y lento, retumbó por la cóncava bodega expirando en el último aposento. Cual por impulso eléctrico impelidos, todos cuatro a la par abandonamos nuestro abrigado asiento, y a la escalera y al balcón, movidos por el interno afán, nos asomamos. Mi padre, en cuyo pecho tuvo asilo el valor más sin tacha (¡todavía me parece que le oigo y que le veo!), con voz serena y corazón tranquilo dijo: «No os azoréis; es mi correo.» Era, en efecto, el nuestro que venía de la ciudad cercana. Rompió el sobre de las cartas mi padre: leyó en calma las nuevas de la corte que le envía un amigo leal, mientras el alma de mi angustiada madre, que por leer también se la aproxima, con afanosa incertidumbre lucha; y al fin, vuelto al hermano que le escucha, dijo: «Ya está la tempestad encima.»

Aquella noche y antes que la luna en el cielo brillara, previnimos nuestros viejos caballos, y oportuna la ocasión escogiendo en que la gente se reunía a comentar las nuevas recibidas, del pueblo nos salimos, y a comenzar las dolorosas pruebas de una guerra civil nos dispusimos. La nueva aurora nos halló muy lejos de nuestro extinto hogar, y otras extrañas riberas y el favor de amigos viejos nos dieron un abrigo en sus cabañas, entre los enebrales y los tejos de sus desiertas y ásperas montañas. Después…, de nuestro siglo las tormentas que hasta su oculta soledad llegaron, los padres y los hijos dividieron, y al mundo divididos nos lanzaron, como átomos de polvo que arrebata el huracán, cuyos gigantes brazos el torbellino asolador desata; como restos de nave sumergida que entre las ondas de la mar se anegan, que en el naufragio errantes se desunen, y que, aunque todas a la playa llegan, nunca más en la playa se reúnen.

Transcurrieron diez años; en ellos…, ¿quién ignora los prolijos duelos y los amargos desengaños que apuramos los padres y los hijos en nuestra inquieta y desacorde España? Tres veces en los cuatro postrimeros metió la impía muerte su guadaña en mi paterno hogar, y en él su saña tres veces encendiendo sus flameros, alumbró tres cadáveres. Mi madre fué la primera que cayó a los filos de su hierro fatal: luego su hermano, que oyó su confesión: después mi padre, por los pesares y la edad anciano. ¡Gérmenes de mi ser, dormid tranquilos y velad por mi mísera fortuna en esta patria del dolor humano, hasta que a vuestro polvo me reúna el Dios que nos sacó del polvo vano!

Sólo restan, Miguel, breves renglones. A su fe y su pendón leal mi padre se arruinó en la política contienda: yo, por salvar su honor, vendí mi hacienda… ¡Dios la dé un dueño que mejor la cuadre! Oré al umbral de su mansión mortuaria, de su triple ataúd guardé la llave, y abandoné un país do su memoria poseía no más. Tal es mi historia. ¡A Dios el porvenir, que es quien le sabe!