Spanish poem
10 (Tiene el doctor en su casa)
Tiene el doctor en su casa Detrás de su gabinete Un misterioso retrete, Cuya puerta con primor Labrada da oculto paso A este escondido aposento. Donde vamos un momento A introducir al lector.
En esta secreta estancia De sus secretos tesoro Brilla un Crucifijo de oro Elevado en un altar: Ante el cual arde una lámpara. Cuyo aceite embalsamado Tiene el aire perfumado Con alöe y azahar.
El camarín, que reviste Cäoba ensamblada y tersa, Tapiza una alfombra persa Del tejido de Lahor: Y el friso de sus paredes Es una cajonería, Hecha de marquetería De primorosa labor.
En medio y sobre una mesa, Como la mejor alhaja Después del Cristo, una caja De cedro oloroso está, En cuyas manillas de oro Con rayos tibios destella La lámpara, que sobre ella Resplandor perenne da.
Porque esta luz es perpétua; El doctor es el que cuida De su llama azul la vida Sin cesar de mantener; Y símbolo misterioso De la firmeza y la calma De la honda fé de su alma, No cesa jamás de arder.
A su luz todas las noches Ante Jesús se prosterna. Y á él que es la luz eterna Para su alma pide luz; Y, á solas, en el alivio De sus enfermos medita, En la presencia bendita Del que hizo santa la cruz.
Hombre de fé y de creencias, Con fé y caridad cristiana Voto su existencia humana Al bien de la humanidad: Y hondamente convencido De que Dios solo es la ciencia, Busca en Dios su inteligencia De las ciencias la verdad.
No como los falsos sábios Impío y materialista, Cree que nada hay que resista Al troquel de su razón: No: que al estudiar del hombre La estructura y la belleza, Del Criador la grandeza Admira en su creación.
Él ve que el hombre creado Para la paz y el cariño. Trae instintos desde niño De odio y de destrucción: Pero ve que las pasiones De que el corazón trae lleno, Torna en virtudes el freno De la dulce religión.
He aquí por qué de la ciencia Que mas útil creyó al mundo Hizo un estudio profundo, De los hombres en favor; Y por do quiera que ha ido, Siempre en el dolor humano Vertió con pródiga mano Bálsamo consolador.
Mas vio que la Europa, presa Del espíritu sofístico, Con su furor silogístico Y su afán de argumentar, En vez de llevar las ciencias A fin y verdades útiles, En mil controversias fútiles Las perdia sin cesar.
Vió que sus sabios, en ellas Con ceguedad empeñados, Vagaban desatinados Por laberintos de error, Y que entre tantos partidos Y entre tantas opiniones, La ciencia tras mil cuestiones Jamás quedaba mejor.
Cuando él audaz en su cátedra Sus errores manifiestos Les demostraba, con testos Le salian á atajar: Y en vez de echarle por tierra Sus firmes proposiciones. Solo autores y opiniones Le sabían alegar.
Mas él no porque un sofístico En la controversia venza, Cree que es bien que se convenza Sin comprender la razón: Ni aunque mil maestros digan “Esto es verdad” sin probarlo, Lo ha de creer sin sujetarlo A madura reflexión.
Díjose pues á sí mismo: “Esto no es ciencia, es abismo “De teorías inútiles “A la enferma humanidad; “Dios es la ciencia infalible, “La equidad suma; no hay medio, “Debió crear el remedio “Pues creó la enfermedad.
“Ahora bien: las discusiones “De las universidades “¿Dan á las enfermedades “Un solo remedio más? “No: solo dan energúmenos “Que, por sostener sus thémas, “Crean absurdos sistemas “Que traen la muerte detrás.
“No quiero la inútil ciencia “De esos sabios disputantes: “Y o quiero á mis semejantes “Ser de alguna utilidad. “Contra la verdad, que es única, “No hay argucia ni sistema; “Dios es la verdad suprema: “Buscaré en Dios la verdad.
“En vez de atestarme loco “De sofismas la cabeza, “Voy en la naturaleza “Sus secretos á estudiar: “Y si la sorprendo algunos, “Voy con caridad cristiana “Al bien de la raza humana “Sus secretos á aplicar.
“¿A quién misión tan sublime “Como á nosotros le toca? “Con el consuelo en la boca “Y en la mano la salud, “Podemos dar á los hombres “Vigor á su cuerpo, calma “A sus pesares, y á su alma “La crëencia y la virtud."
Así discurriendo, cuando Concluida su carrera, Del claustro el mas jóven era Y cátedra con honor Obtenía en Salamanca, Un dia su borla y beca Colgada en la biblioteca Dejó para un sucesor.
Y de la ciudad partiendo, Con un disgusto profundo Por sus doctores, al mundo Salió con sed de saber; Y hombre de acción y de fuerza No de teorías vanas, Las comarcas mas lejanas Se propuso recorrer.
Desde las cortes mas cultas A las tribus mas salvajes De Asia y África, en sus viajes Determinó visitar. Por ver si á fuerza de estudio, De observación y esperiencia. Algún bien para la ciencia Logra en ellas recabar.
De su ciencia, acrisolándola, Atesoró la sustancia Oculta en Italia y Francia Bajo su afán de argüir, Y se embarcó para Oriente Cuna del hombre, dó encierra Mejores jugos la tierra Su raza para nutrir.
Aquella tierra en que un dia La voz de Dios resonaba, Y donde el hombre moraba En el edén terrenal, Aunque Dios en sus montañas, Con su gente ya no habita, Todavía está bendita Por la mano celestial.
Todavía de sus montes Y de sus valles la yerba Aquellos jugos conserva Que conoció Salomón: Y todavía sus hombres, Que tenemos por salvajes, Bajo sus sencillos trajes Guardan mas fé y mas pasión.
Y allá fué el doctor sediento Aquellos veneros vivos, Manantiales primitivos De las ciencias, á beber. ¿Y quién sabe con los hábitos Orientales que contrajo, Los secretos que se trajo Del Oriente su saber?
Mucho ha visto y ha estudiado: Recorrido ha el mundo entero: Mas con juicio muy severo Juzgó lo que viendo fué, Y hoy tiene un rico tesoro De saber y de esperiencia: Mas al aumentar su ciencia No disminuyó su fé.
Vagado ha de polo á polo, Y de polo á polo ha hallado A Dios sabio justo y solo, Y al hombre presa del mal; Mas de polo á polo ha visto Que del mal del hombre al lado El remedio, ha colocado Dios con mano paternal.
Y á buscarlo decidióse; Y encontró en yerbas y en sales Tesoros medicinales De prodigiosa virtud: Y estudiando al hombre en todos Los países, á sus males Físicos y espirituales Se afanó por dar salud.
Verdadero humanitario, No soñador utopista Ni argumentador sofista, Al bien de la humanidad Consagrando su existencia, El bien del hombre es su ciencia, Jesucristo su crëencia, Su virtud la caridad.
Severo en sus opiniones, Duro y breve en sus razones, Vé y plantea las cuestiones Con áspera rigidez: Inflexible con el vicio, Irreprensible en su oficio, En todo su fé y su juicio Brillan por su solidez.
Para el bien suyo indolente, Solícito en el ageno, Su pecho está de afán lleno Por el bien de los demás, Y á los pies del Crucifijo, Y á la luz de su conciencia Viene á consultar su ciencia Queriendo no errar jamás.
Por eso así que su casa Dejó el barón, dirijióse Al camarín y encerróse Por dentro el doctor en él; Mas tras él, lector, entremos, Porque las puertas secretas Que fabrican los poetas Están hechas de papel.
Abrió la caja que ocupa El centro de aquella estancia, Y la esquisita fragancia Que al abrirla se exhaló De ella, mezclóse á la esencia Que la lámpara consume, Y de un estraño perfume El camarín se llenó.
Era un olor, aunque suave, Vivificador y activo, Cuyo vigor progresivo Era grato al respirar; Un olor que producía Sobre el sistema nervioso Un efecto misterioso Y difícil de esplicar.
Al principio aquel aroma Que los nervios invadia, Les crispaba y les tendia Cual si les fuera á romper: Mas conforme esta violenta Sensación se iba calmando, Poco á poco iba cambiando Su mal-estar en placer.
Parecia que al cerebro Penetraba una áura pura, Impregnada de frescura Esencialmente vital: Y que desde él por las venas Y los nervios esparcida, Llevaba al cuerpo la vida Mas perfecta y mas cabal.
Como el deliquio dulcísimo, irresistible y poético, Con que el fluido magnético Nos empieza á entorpecer, Caer haciendo al espíritu En ese delirio místico, Efecto característico Del magnético poder:
Así al influjo vivífico De esa balsámica esencia, Flotaba la inteligencia En un círculo mayor: Y del limo vil del cuerpo Poco á poco libertándose, Sentía que iba elevándose A una atmósfera mejor.
Y este olor que parecía Que aromaba las entrañas, Al olor de las montañas Y al ambiente de la mar Se asemejaba, y henchía De dulce melancolía, De luz y de poesía El corazón mas vulgar.
Y este bienestar corpóreo Que al espíritu infundía Perspicuidad, y alegría Pacífica al corazón, Exaltaba el sentimiento, Y sumía el pensamiento En el dulce arrobamiento De estática inspiración.
¿Quién de este aroma salubre Estrañará la influencia, Siendo el aliento la esencia De la nutrición vital, Siendo el cerebro el tesoro En que acción la vida toma, Y existiendo en todo aroma, Una acción medicinal?
Dios, que no hizo cosa alguna Desde el átomo á la luna Que no tenga para el hombre Útil ó preciso fin ¿Pudo encerrar en las flores Salutíferos olores, Para que su aroma inútil Se perdiera en un jardín?
Ese ambiente que en los valles Donde hay plantas odoríferas, Y en las montañas auríferas Tiene una acción tan vital Y tan regeneradora, Prueba que Dios atesora Virtudes mil salutíferas En la planta y el metal.
Dios, que nos abrió el olfato Del cerebro como puerta ¿La pudo hasta él abierta Dejar sin suma razón? ¿No se hallará en el cerebro El centro de la existencia. Siendo de la inteligencia El cerebro la mansión?
Le enferma un aroma, y otro La salud le restituye ¿Esto del olor no arguye De la eficacia en favor? ¿Por qué pues desde el cerebro Por los miembros repartida, En la salud y la vida No obrará la del olor?
Acaso y pronto, algún dia Robará el sabio á la tierra Esos átomos que encierra Su perfume universal, Y al fin llegará la ciencia A curar una dolencia Con un átomo de esencia De un aroma ó de una sal.
Tiempo ha que los orientales Poseen imperfectamente Secreto tal, y el Oriente Cuna de las ciencias fué. Secreto es de que depende La raza de Adán acaso: Tal vez tan gigante paso Muy pronto la Europa dé.
Acaso le poseyeron Nuestros padres; pero acaso Por nuestro mal le perdieron En su fiera estupidez Esas razas de bandidos Que han desolado la tierra, Suponiendo que la guerra A los hombres daba prez.
¡Sanguinarios bandoleros! ¿Qué vale mas? ¿la memoria Maldita de vuestra gloria Que tantas vidas costó, O el feliz descubrimiento De una raíz ó de un grano Que á todo el género humano De una epidemia libró?
Tal opinando, su vida Pasó esperiencias haciendo, Y estudiando y reuniendo En su caja el buen doctor Esos granos y raíces, Esas esencias y sales, Que átomos medicinales Encierran de gran valor.
Convencido de que solo Dios, esencialmente bueno, Pudo crear el veneno Bien al hombre para hacer, Se did á analizarlos todos Y á aplicarlos á los males. De sus átomos mortales La salud para estraer.
La baya, pues, ponzoñosa De la yerba mas pestífera, Y la baba mas mortífera Del mas dañino reptil, Trasformáronse en sus manos En remedios eficaces, Que los males mas tenaces Dominaron veces mil.
Mas á la par convencido De que aquel que revelase Tal secreto y los usase Contra la ciega opinión D e su siglo, moriría Por loco encalabozado, O por hereje tostado En la santa inquisición:
Determinó de su ciencia Aprovechar la ventaja, Sin revelar de su caja El contenido jamás; Y en un libro consignados, Sus felices resultados Legar á los que vinieren De su centuria detrás.
Y así lo hace, y en su libro Lleva una exacta memoria Del efecto y de la historia De los remedios que hallé: Esplicando sin reserva El medio de prepararles, El método de emplearles, Y el caso en que él les usó.
Así es como solamente Concibe su inteligencia Que puede lograr su ciencia Útil á los hombres ser: Y solo así puede el médico Cumplir su misión sagrada, Y, en paz con Dios, á la nada De que lo sacó volver.
Hé aquí porqué el doctor (ido Que fué el barón) presuroso Al camarín misterioso Donde está su caja entró; Y de entre las mil sustancias Que en frascos conserva en ella, La que una enana botella De cristal guarda eligió.
Ante la luz un momento La alzó, examinóla atento, Y en su seno acomodándola Volvió la caja á cerrar: Y levantando sus ojos Hacia el santo Crucifijo, De esta manera le dijo, Postrándose ante su altar:
“Señor, el hombre es tan solo “Un miserable gusano, “Ignorante, ciego y vano: “La ciencia está solo en vos: “Yo en mi estúpida soberbia “Quise labrar la ventura “De una sola criatura, “Y destruí la de dos.
“Señor, yo anhelé su dicha, “Pero me cegó mi orgullo: “Por conservar el capullo “Me espuse á arrancar la flor: “Yo he juzgado mal del hombre “La virtud y el sentimiento; “Alumbrad mi pensamiento “Para corregir mi error.
“Si hay en mi ser solo un átomo “Que en vuestra piedad influya, “Dejad que les restituya “A su amor y á su razón: “Aceptad por la ventura “De su juventud florida, “Todo el pesar de mi vida “De estudio y abnegación.”
Dijo él doctor: y fiando Del Señor en la clemencia, Al par que de su conciencia En la fé y en la rectitud, Cerró el camarín y fuése Del barón hacia el castillo, Del licor de su frasquillo Pronto á ensayar la virtud.
Mas le entretuvo sin duda Quehacer de mucha importancia; Porque siendo la distancia Tan corta como lo es Desde su casa á la torre, No llegó al pié de la cuesta En que está la torre puesta Hasta la tarde á las tres.