Spanish poem
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Su padre, hombre acaudalado, noble y rico, en cuya raza ni hay de bastardía traza ni siervo que haya pechado,
tiene a su puerta un blasón con casco de lambrequines, y un par de buenos rocines con silla y caparazón.
Tiene en un arca dos cruces en el servicio ganadas, y un par de buenas espadas con un buen par de arcabuces.
Tiene de onzas españolas un ciento siempre en un saco, y cuando monta en su jaco lleva un buen par de pistolas.
Orgulloso de su nombre y haber con el Rey andado, anda siempre bien portado y se las echa de hombre.
Mas no se venga a juzgar por tal porte y atavío, que era altanero y bravío ni mal quisto en el lugar.
La gente de Asturias toda por antigua hace cabeza, blasona de alta nobleza, fe sin tacha y sangre goda:
mas como el tiempo la escuda y Covadonga la abona, con buen derecho blasona de cristiana y linajuda.
Y cada villa y lugar, de alta nobleza con fueros, tiene en estos caballeros Garcías del Castañar.
Por eso este labrador en Vidiago acaudalado, andaba un poco engallado y puesto en puntos de honor.
Especie de quijotismo o pueril fanfarronada, sólo por darse adoptada satisfacción a sí mismo,
esto era costumbre en él, por decoro personal de hombre que hizo y no muy mal en la corte su papel;
pero era el hombre mejor de aquella parroquia entera, capaz de hacer a cualquiera sin vacilar un favor.
Cedía, carácter vivo, a geniales prontitudes; mas tenía las virtudes de franco y caritativo:
con que, para todos franca su casa a puertas abiertas, tal vez no había en sus puertas llave, cerrojo ni tranca:
de modo que armado andar, era no más, a mi ver, afán de dar a entender que podía armas usar.
Y en aquella tierra honrada, de robos y desafueros exenta, en los caballeros era un adorno la espada.
Y ese hidalgo, que tenía Noriega por apellido, era un modelo cumplido de lealtad e hidalguía.
De cariño de ordinario más que de respeto objeto, capaz de imponer respeto era a cualquier temerario:
mas benévolo y cordial, se igualaba con cualquiera, y su vida íntima era sencilla y patriarcal.
Viudo y cobrando sus rentas de feudos y arrendamientos, tenía un libro de asientos y unos cuadernos de cuentas.
Las hacía ante testigos con buenos datos e informes, mas sus colonos conformes quedaban con él y amigos:
y cuando a alguno tenía atrasos que demandar, «amigo, debo mirar por Marica» –le decía.
Marica era su pasión única y última: era la que le ocupaba entera la existencia: su razón
por ella se alucinaba, su autoridad se rendía y ante su antojo cedía su resolución más brava.
El más motivado exceso de indignación o de enojo sosegaba ella a su antojo con un cariño o un beso.
Fiada en su pequeñez, se sentaba en sus rodillas a brinco, de las ardillas con la gentil rapidez;
y con infantil codicia y con frases tan sabrosas, le decía tantas cosas, le hacía tanta caricia,
que él, trémulo de placer, en sus brazos la cogía, y a besos se la comía sin poderse contener:
y otra existencia mejor no acertaba a concebir, que la de dejarse ir tras aquel raudal de amor.
Aquella niña preciosa, a quien llamaban al verla tan hermosa, Mariperla, Marifina y Mariposa,
era, pues, reina en su casa: y entraba en ella y salía con su capricho por guía y su voluntad por tasa.
Su padre, que una fe ciega tenía en ella, porque bastaba a su buena fe ser su hija y ser Noriega,
le dejaba a gusto hacer: y nada hay por qué extrañar en tal tiempo y tal lugar tal modo de proceder;
pues saber es menester que entre la gente asturiana anda la mujer cristiana como cristiana mujer:
que allí el siervo y el señor, los pobres como los ricos, tienen a honra desde chicos el tener fe en el honor:
y, en fin, que cien años ha no estaba aún nuestra España de malicia y de cizaña sembrada como hoy está.
Así que aquella Marica hija de don Juan Noriega, entre la gente labriega andaba, aunque noble y rica:
y aunque de casa faltaba dos o tres horas a veces, se iba a orar o a coger nueces ninguno la preguntaba.
Y todo el mundo sabía… lo que el lector saber puede, si osa seguir todavía leyendo lo que sucede en esta leyenda mía.