Versos Spanish José Zorrilla 10 (Un poco antes que la luna)

Spanish poem

10 (Un poco antes que la luna)

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Un poco antes que la luna del horizonte saltase, que era la del primer día de un primer cuarto menguante, por una poterna al foso salió el viejo personaje con dos lebreles, que pegan el morro a sus calcañares. Desató una balsa oculta debajo de los sillares que el umbral de la poterna prolongan, quedando al aire, y atravesó el foso en ella: tras él los perros entrándose, como bestias avezadas a transporte semejante. Ató la barca a otra argolla aferrada a la otra parte: tomó tierra allende el foso, y echó hacia los encinares, descendiendo por la senda que lleva a la calle de árboles por donde fué el caballero a desembocar al valle.

Es un hombre alto y robusto, de resueltos ademanes, de barba gris, aguileña nariz y ojos perspicaces. Pisa firme, mira fijo, lleva el cuerpo con buen aire, la cabeza alta, y con garbo de caballero su traje. Éste es un jubón de paño, sobre el cual ajusta al talle una túnica sin mangas con un ancho talabarte. De él un puñal de merced pende en un doble tirante, y va una linterna sorda presa en un gancho de encaje. Un pantalón frigio viste sus piernas correctas y ágiles, que a la pantorrilla ajusta con finas correas de ante. Lleva sobre el hombro izquierdo, haciendo extraño contraste con las demás, una prenda que va mal con su talante: que es la manta o sudadero que los de a caballo traen bajo la silla de guerra para que no le maltrate. Un gorro de piel sin pluma y unos borceguíes árabes de este viejo de mi cuento completan el equipaje.

Y el llamarle viejo no es porque en realidad le cuadre tal adjetivo: no sólo no hay en él aún señales de decrepitud, sino que ostenta aún cualidades de robustez vigorosa y virilidad pujante. Le llamo viejo, primero por once lustros que le hacen blanquear cabellos y barba; pero las canas se sabe que aunque madurez acusan no enfermiza o débil carne, pues más pronto que los años encanecen los pesares. Le llamo viejo además porque, al ir a presentársele al lector, de un modo u otro es necesario nombrarle: y el interés de la historia no permite a este romance dar de sus héroes los nombres, sino señas personales. Por eso a éste llamo el viejo: y a quien no le contentare, que le bautice a su gusto; yo voy con él adelante.

Él, pues, con planta segura, sin dudar y sin pararse, siguió hasta donde el arroyo sirve al encinar de margen: mas al comenzar lo espeso de los silvestres breñales, cual si se desorientara detúvose vacilante. Silbó a sus perros, y a oler la manta que lleva dándoles, «¡hus!», dijo: y sin vacilar partieron los animales. Tras ellos bordeó el lindero del embreñado ramaje, hasta el sitio en que de muestra vió a sus lebreles plantarse. Fiado en su instinto, al punto luz con la linterna dándose, empezó a hacer del lugar el más detenido examen. Las huellas del caballero y del caballo palpables halló en la brecha por ambos abierta en los matorrales, sobre tal rastro podía sólo un ciego descarriarse: el paso del caballero era por allí indudable. Su brazo era poderoso, su hacha pesada y cortante y el corcel de grande empuje con que el destrozo era grande. Del examen satisfecho y seguro del paraje, cerró el viejo su linterna con intención de tornarse. Silbó a sus perros, mas ellos callaron: volvió a silbarles, y aullaron desde su puesto, pero sin abandonarle. «¡Hola!, dijo el viejo, hay caza; y a los perros acercándose, «¡hus!,¡hus!», les dijo, y los perros en el matorral lanzáronse. A poco oyó en la maleza ladridos descomunales, y luego rumor de lucha cual si a una res acosasen. «Diablos, ¡qué alimaña es esa!», dijo, a luchar preparándose, el viejo, tirando al punto del puñal que al cinto trae. Mas de pronto y con asombro oyó juramentos y ayes de alguno que con sus perros en la oscuridad combate. Lanzóse al lugar de donde el ruido y las voces salen, y a la luz de la linterna vió a un hombre que, revolcándose, no impide, aunque se defiende, que los perros le ataracen, y que ya apenas rebulle entre los dos que de él asen. Contúvoles, y poniendo la luz y el puñal delante de los ojos del caído, le dijo resuelto: –«¡Date! –Me doy, respondió el que en tierra mohino y mordido yace; me doy: tened vuestras bestias, y a levantar ayudadme. –No te menees: espera que pies y mano te amarre. –¡Eso no! –Pues cenarán carne mis perros. –…Atadme.»

Dejó el del castillo en tierra la luz: bufó de coraje el derribado entre aquél y sus lebreles mirándose. Con un cordón del justillo le ató el viejo los pulgares a la espalda, y con el cinto le dijo, los pies atándole: –«Por amor sólo o por odio lo que tú hacías se hace: tú sigues la pista a un hombre; pues le buscas, quién es sabes.»

Calló el atado; y el viejo de hito en hito contemplándole volvió a decir, así diálogo entre los dos entablándose: –O me respondes, o dejo que mis lebreles te masquen el corazón. –¡Más valiera! –¡No bravees! –No amenace: dar carne cristiana a perros es un pensamiento infame. –Y será un hecho. ¿Respondes? –¡Maldígaos Dios!… Preguntadme. –¿Quién es el hombre a quien sigues? –Un varón de alto linaje. –¿Cómo viene solo? –Huyendo. –¿De quién? –De los catalanes. –¿Es su enemigo? –Es quien lleva de un partido el estandarte. –¿De cuál? –Del que en él tremola los blasones imperiales. –¿Y a cuál sirves? –A ninguno. –No rodees ni dilates tu relación: necesito saberlo todo; despáchate. –Oíd, pues. –Habla más bajo. –¿Hay quien nos oiga? –¡Quién sabe! Dicen que oyen las paredes, bien pueden oír los árboles.»

Puso el viejo sus lebreles del caído por guardianes; mató la luz, y a su lado, desnudo el puñal, sentándose, colocó su atento oído tan cerca del relatante, que su relación no estuvo más que del viejo al alcance. Sobre ella se extendió el ruido misterioso, indescifrable, fantástico y melancólico que exhala de noche el aire. Ese son, conjunto vago de esos rumores errantes, de esos gérmenes de ruido, cuyos miles de millares componen la voz de Dios que en las tinieblas se esparce: y la llamamos silencio por no comprender sus frases.

Alguna vez husmearon y ventearon los canes algo que en la oscuridad debió acaso avizorarles: mas se engañaron sin duda, pues tornando a adormilarse, tornó a envolver el silencio la escena y los personajes.