Versos Spanish José Zorrilla 11

Spanish poem

11

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Era en verdad así: que en tal momento De la fortuna y la existencia mora En la esfera inmortal del firmamento Ibase á señalar la última hora: Y el arcángel que rige el movimiento De la aguja fatal, niveladora De los tiempos, el fin del reino moro Iba á marcar en su cuadrante de oro.

No en vano entre los cielos y Granada Un velo de nublados se estendía: Con la luz á sus ámbitos negada Otra región feliz resplandecía. Su cresta secular Sierra-Nevada Con una aureola de fulgor ceñía, Y el misterio que Dios obra en la Sierra Permitido sondar no es á la tierra.

En el seno glacial de aquellas cumbres Cuya paz no turbó la voz mundana, Lloraba celestiales pesadumbres Sér de divina estirpe soberana. Lanzado de las célicas techumbres Siglos hacia á la region humana, Para su habitacion labró en la nieve De su helado cristal palacio leve.

Lejos de su alma patria luminosa Fué condenado, espiación de un yerro, Su forma pura, celestial y hermosa A sepultar en terrenal encierro, Dando cima á tarea misteriosa Por Dios impuesta en su mortal destierro; Mas ya á su fin la expiación tocaba Y su tarea al concluir estaba.

Treinta afanosas décadas había En preparar el ángel empleado Su difícil labor, y ya veía Su éxito misterioso asegurado: Y, para darla fin, en este día Iba por Jehováh purificado A recobrar su blanca sobreveste. Su ser divino y su poder celeste.

Tal es, en suma, el celestial portento Que va el Señor á obrar sobre la Sierra, Y cuya vista vela en tal momento El nublado á los ojos de la tierra. La tempestad que entolda el firmamento Es un crespón que sus espacios cierra: Y tras aquellas fulgurantes nubes Cantan un himno santo los Querubes.

Sobre sus alas con rumor sonoro Las cohortes angélicas descienden, Y al dulce son de su celeste coro Troncos y rocas de placer se hienden. Los serafines en mecheros de oro De la divina fé la luz encienden, Sobre el alcázar místico de hielo Rasgado el seno cóncavo del cielo.

Del zenit en el punto culminante. En medio de una luz deslumbradora, Del sumo Dios apareció el semblante Y tronó la palabra creadora. Al eco inmenso de su voz gigante La celestial cohorte voladora, Con las alas cubriéndose los ojos, Para escuchar se prosternó de hinojos.

«¡Azäel!» —dijo Dios, al sér divino Desterrado en la tierra interpelando,

Y al umbral de su alcázar cristalino El ángel bello pareció temblando; Y el eco gigantesco y montesino De las cóncavas peñas, despertando Al acento de Dios, volvió medroso El nombre del espíritu glorioso.

«¡Azäel! —repitió el Omnipotente; »Toma á tu antiguo sér y poderío , »Cobra tu vestidura refulgente »Y obra sobre la tierra en nombre mío. »Toda á tu voluntad está obediente: »Sus destinos gobierne tu albedrío: »Completa mis designios soberanos: »Yo bendigo la obra de tus manos.»

Dijo el Señor. El ángel desterrado, Recobrando su gracia primitiva, Levantóse á su voz transfigurado, Revestido de gloria y de luz viva. Orna su cuerpo ceñidor alado. Ciñe su sien inmarcesible oliva, Y de la fé la luminosa tea En su diestra purísima flamea.

Un séquito de espíritus potente, Que deja sometidos á sus santas Ordenes el altísimo, obediente Y á su voz pronto se ordenó á sus plantas; Ante el Señor el ángel reverente Se prosternó tres veces, y otras tantas El eco del hosanna y los salterios Conmovió con su son los emisferios.

Tornó Dios á sumirse en su santuario: Tornaron los arcángeles el vuelo A tender, el vacío solitario Trasponiendo y los límites del cielo: Y de la eternidad en el horario Brillando el fatal número, hácia el suelo Moro, dijo, la mano nacarada Extendiendo Azäel : «¡Ay de Granada!»

¡Ay! repitió en el cóncavo y profundo Seno del monte aterrador el eco; ¡Ay! repitió siniestro el vagabundo Viento que rueda en el vacío hueco; ¡Ay! repitió el nublado, en tremebundo Trueno rompiendo desgarrado y seco; ¡Ay! repitió la voz desesperada Que gemía fatídica en Granada.

A este medroso universal lamento, De la voz del Señor eco en la tierra, Desgarró con estrépito violento Sus entrañas marmóreas la sierra, Y abrióse el misterioso monumento Que su cimiento colosal encierra; Fábrica de materia indestructible, A los humanos ojos invisible.

Es el alcázar de Azäel: divino Palacio transparente y encantado, De nácar y de hielo cristalino Entre nieves eternas, fabricado. En él oculta el ángel peregrino Un sér, aunque mortal, predestinado A que con él su porvenir divida En la terrena y la celeste vida.

En este alcázar níveo, modelo De la oriental Alhambra granadina, Bajo la eterna bóveda, de hielo Que corona la cumbre, al sol vecina, Envuelta yace en encantado, velo La regia sombra de Alhamár divina, A quien letargo místico y profundo Encadena á este límite del mundo.

No tienen á este ser bajo su imperio La vida ni la muerte: su ecsistencia Fantástica protege hondo misterio Que sondea no más la omnipotencia. Su sér no pertenece á este emisferio, Y, ni celeste ni mortal, su esencia Tiene el poder del ángel defendida Del poder de la muerte y de la vida.

Misterio incomprensible para el hombre, A toda humana esplicación resiste Y á la ciencia mortal fuerza es que asombre; Obra sábia de Dios, por Dios ecsiste: No tiene historia, esplicación, ni nombre, Ni mi pluma en buscárselos insiste: La inspiración divina del poeta No está á mortal esplicación sujeta.

Yace bajo el poder de tal encanto De Alhamar la fantástica ecsistencia, De aquel alcázar luminoso y santo Debajo de la nítida apariencia. Todavía le cubre el regio manto, Humean todavía en su presencia Pebetes de ámbar, y su real persona Circunda el esplendor de la corona.

En medio de un salón prolijamente Decorado con cúficas labores, A estilo de los reyes del Oriente, Sobre un tapiz de espléndidos colores Y en trono de marfil, rádia su frente Bajo un dosel de plumas y de flores: Y, símbolo del mando soberano, El cetro abarca aún su augusta mano.

Su vista empero inmóvil que no mira, Su insensibilidad que no percibe Lo que en su rededor resuena ó gira, Le delatan por sombra que no vive. Un áura triste en su redor suspira: Una aureola eléctrica describe Círculos mil sobre su real cabeza, Y aún ostenta su faz torva belleza.

Azäel, de sus ángeles cercado, Llegando ante el Monarca Nazarita, Sobre su pecho de calor privado La antorcha puso de la fe bendita; Al reflejo viviente derramado Por esta llama que sobre él se agita. Deshecho el hielo que su esencia pasma Movimiento á cobrar volvió el fantasma.

Giraron en las órbitas sus ojos, Llenó el aire su pecho, su garganta Paso á un suspiro dió, y, otra vez rojos Sus labios, sonrió é hirguió la planta; Mas juzgando tal vez del sueño antojos De aquellos seres la presencia santa Y del encanto aún preso en los lazos, Tendió entre él y los ángeles sus brazos.

Entonces Azäel «toma á la vida» Dijo: « del cielo la sentencia sabes: »Tu ecsistencia mortal interrumpida »En década inmortal fuerza es que acabes. »Alma sin cuerpo, espectro sin guarida, »Ve de tu Alhambra á recoger las llabes. »¡En el nombre de Dios, he aquí tu hora! »Prevén la tumba ,de la raza mora.»

Al mandato del ánged obediente, El sér de los fantasmas adquiriendo, Incoloro, impalpable, trasparente Su esencia de la tierra desprendiendo Elevóse Alhamar en el ambiente: Y, cual vapor que en él se va meciendo, A través de la atmósfera nublada Se dirigió siniestro hácia Granada.