Spanish poem
11 (Al mediodía siguiente)
Al mediodía siguiente, del castillo en una cámara que alumbran con luz espléndida dos bizantinas ventanas, ponen fin a la primera comida de la mañana los comensales y el huésped de la misteriosa dama. Alrededor de la mesa y del caballero, se halla cuanto forma su familia y la encadena a la humana. Entre ella y el caballero los dos mancebos que, a caza yendo con ella, volvían con ella cuando él llegaba, con muda atención están pendientes de sus palabras, sin perder una, siguiendo las aventuras que narra. Entre estos mancebos y ella y dando al huésped la cara, está el misterioso viejo que escucha, medita y calla: y no lejos sus lebreles, que obtienen la confianza y derechos de familia por la ley con que la guardan. Mientras los pajes retiran el servicio y las viandas, en su lugar colocando los picheles y las ánforas; mientras que los ministriles, guzlas, chirimías y arpas recogiendo, el aposento a abandonar se preparan: y mientras los comensales oyen y el huésped relata, en pie le escucha y contempla la graciosa castellana. Ésta que, aún niña, atropella la cortesanía falsa que a las conveniencias y usos de la sociedad se adapta, aún hace como una niña los honores de su casa; y como obsequiosa, inquieta, da, pide, dispone y manda a los pajes los objetos, que a la bizantina sala desde la repostería por un caracol la bajan. Benévola, como amigos a sus servidores trata, porque todos ellos siervos o hijos de los de su raza, o la han, viejos hoy, en brazos mecido cuando mamaba, o han sido, niños con ella, sus compañeros de infancia.
Y ahora que están todos juntos en buen lugar y a luz clara, mientras que la servidumbre va despejando la estancia, vamos de mis personajes las figuras y las caras a detallar, dibujándoles en cuatro líneas muy rápidas.
Ella… (y fuera del lector injuriar la perspicacia decirle que de mi cuento es la heroína fantástica) es, sin ser como heroína de cuento beldad sin tacha, un modelo primoroso de donosura y de gracia. Quiebran la luz sus cabellos castaños de oro con ráfagas que orlan su cabeza a veces como una aureola santa. La paz va escrita en su frente, el pudor en sus miradas, y conserva en su sonrisa la candidez de la infancia. Esta es tan fresca y alegre que torna en cielo su cara; cielo que alumbran sus ojos como luceros del alba. Su piel, cual de la azucena la hoja, aterciopelada, unida, tersa y sin pecas, es intensamente blanca. Bajo ella, como los juncos se ven a través del agua, la red sutil se percibe de sus venas azuladas: y en la modesta caída de sus párpados de nácar las niñas transparentándose, parece que se la manchan. Sus facciones son tan móviles y su expresión es tan varia, que de semblante parece que con cada afecto cambia. Su cabeza va en su cuello con gentileza gallarda, y sus hombros se derriban airosamente en su espalda. Su estatura, sin exceso, mide más que la mediana, y el conjunto de sus miembros la proporción más exacta. Su talle ondea y se cimbra como la mies y las palmas, y al ponerse en movimiento se duda si flota o anda. Un ampo como a la nieve la circunda, y la acompaña un aroma propio suyo como a las marinas auras. Todo en ella emanaciones de virginidad irradia: todo en ella es puro y virgen, y lo más virgen es su alma. No ha amado nunca: ha vivido, paloma nunca apareada, como en claustral aislamiento, ignorante, libre cándida: y todo es inmaculado, puro cuanto de ella emana; son castos sus pensamientos, su fe y su lengua son castas. Sus ideas en períodos tan sin artificio vacia, que hablar con ella es sentir correr una fuente mansa, y al brotar la melodía de su voz en su garganta, su boca parece nido de ruiseñores que cantan.
El caballero es un hombre que en los siete lustros raya, y cuya belleza es tipo de varonil elegancia. El movimiento a sus miembros lo fácilmente que manda, la agilidad y la fuerza que hay en su cuerpo señala. Su cabeza desdeñosa, naturalmente elevada, revela que ante muy pocos y pocas veces la baja: pero la benevolencia de que procura impregnarla quita a su faz lo antipático de una cerviz engallada. Sus modales algo lánguidos y su tez un poco pálida, de vigilias o pasiones la historia en su rostro marcan. Por cortesano sus aires señoriles le delatan, y todo en él por sus hábitos cortesaniles agrada; y alegra su compañía, su conversación encanta, con sus frases favorece y las voluntades gana. En el trovar es maestro: de cetrería y de caza sabe secretos que sólo príncipes tal vez alcanzan: y en sus pláticas sus raros conocimientos engarza con tal discreción, que instruyen sin pretenderlo sus pláticas. Noble sin altanería, franco sin bajeza llana, de todos igual parece cuando sobre todos se alza. Aún no ha hecho en el castillo más que unas horas de estancia, y en él más que como huésped como familiar se instala: la conversación dirige, y de mundo con gran práctica sin preguntar averigua, sin inspeccionar repara. Dos horas ha ya que tiene a la linda castellana y a sus gentes de sus labios pendientes y embelesadas; y a pesar de haberles dado detalles de una batalla en que han sido él y sus huestes derrotado y dispersadas, tras de dos horas, en suma, aún de sí no ha dicho nada, ni ha revelado su nombre, ni su empresa, ni su patria. Noble, sagaz, poderoso, versado en letras y en armas, maestro en amor acaso como en guerra y diplomacia, tal vez cae en el castillo como entre alondras el águila. Tal vez su venida pese a la hermosa castellana; porque ella es noble, sencilla, flor silvestre, niña cándida, y él tal vez sus intenciones con sus discursos disfraza; tal vez las espinas cubre con las flores que derrama, y trae la miel en la boca y la ponzoña en el alma. ¿Quién sabe? Con placer ella sus ojos mantuvo incauta sobre su faz escuchándole: muchas veces la mirada del narrador con la suya se encontró mientras narraba: muchas veces en su mente evocó ideas extrañas con frases cuyo sentido su sencillez aún no alcanza, y en su corazón vibraron latidos que nunca daba. ¿Quién sabe? Poder extraño ejerce la voz humana sobre el corazón: la lengua por el oído le habla, y él por el oído escucha la voz que al corazón pasa por él; y en el corazón la espera y comprende el alma. Y la voz del caballero escuchó la castellana; y aquella voz que su oído halagó, como si un arpa de sus frases cadenciosas la música acompañara, puesto detrás de su oído el corazón escuchaba. ¿Quién sabe? Del caballero las maneras cortesanas, de las gentes del castillo las simpatías le captan. Y aprender de él sus secretos los cazadores aguardan, el trovador nuevos motes, novedades las muchachas, los dos mozos pasos nuevos en equitación y en armas, y todos con él esperan en el castillo mudanzas. Tan sólo el viejo sombrío le escucha, contempla y calla; mas no es hombre el caballero que sondar no sepa el agua donde se echa, ni apartar de su camino las zarzas, lo mismo que supo abrírsele por la selva con el hacha.
Mientras verbosa, voluble, versátil y calculada su plática a sus oyentes distraía y fascinaba; mientras que de sus modales y sus formas la elegancia mantenía embebecidos a los que le contempaban, él, observador profundo, recogió al vuelo, excitándolas, de todas las impresiones para leer en sus almas. En la faz de los dos mozos, con el placer dilatándolas, con el terror contrayéndolas para mejor estudiarlas en todas las expresiones, vió claro que eran dos ramas del tronco viejo, dos vástagos que nutre la misma savia. Francos, leales, sinceros todavía, si prepara sus corazones el viejo, algún legado de raza para recibir, o un cargo ya de amor, ya de venganza, su alma aún no le ha recibido aunque a él esté preparada. Los mozos, pues, no le inquietan: para una danza de espadas buenos, la materia bruta, son de inteligencia escasa. Mas en la sangre del viejo percibe la perspicacia del caballero un ruin átomo bullir de desconfianza. Consumado cazador, al ver la excelente casta de sus lebreles, con ellos levantó sagaz la caza. Los perros no se han llegado a husmearle, y siempre en guardia pendiente del viejo, están de su persona a distancia. Lebreles que no olfatean a un extraño ni le ladran, o ya han venteado su rastro o mala intención le guardan. Él, cazador, sabe bien que un buen perro no se planta huraño ante las caricias de cazadores sin causa; y él la mano en los lebreles como en acción impensada tendió, sin que ellos mostrasen de corresponderle traza. Luego han venteado su rastro: y pues no les son simpáticas sus emanaciones, dieron sobre él a sus huellas caza. Luego hay de él recelos, y hay prevenciones a él contrarias, por el instinto del perro al cazador reveladas. Con que ha sido una imprudencia en un cazador de práctica dejar que el hombre rastreado a los lebreles rastreara. Y así, viendo el caballero que ha despejado la estancia la servidumbre doméstica, y que el porvenir le empañan de desconfianza nieblas que acaso un nublado cuajan, sagaz determinó a tiempo desvanecerlas soplándolas; y despistando del viejo la sagacidad taimada, de la red que teje a oscuras inutilizar la trama.
Interrumpiéndose, pues, y abandonando su silla, hincó en tierra una rodilla de la doncella a los pies:
y así, con la gentileza de quien la hinca solamente galán y no reverente a los pies de la belleza,
la dijo, depositando un beso en la mano bella, que besar le dejó ella confusa y casi temblando:
–«Castellana misteriosa, que en vuestro blanco castillo parecéis en canastillo de jazmines una rosa,
para bien agradecer vuestro hospedaje y favor, debo nombrarme, y mi honor debe un voto de romper.
Hícele de no llevar mi nombre hasta no vengarle; mas no es llevarle dejarle de un ángel en el altar.
Dignaos, señora, pues, escucharle a solas vos; y que me perdone Dios si romper mi voto es.»
Dijo el cortesano: y viendo a dama y viejo indecisos, continuó al punto, sin visos de repugnancia, diciendo:
–«Si escucharme en soledad tuviereis por mal consejo, un sacerdote o un viejo que me oiga con vos mandad.
–Recordad que ayer os dije, respondió la castellana, que aquí ninguno se afana por saberle, ni os le exige.
–Dignaos vos recordar que darme ofrecisteis uno par al mío: aunque hombre alguno con vos merezca ir al par.
Y pues de este caballero y de estos mancebos fiais, la fe que les otorgáis también otorgarles quiero.
Aunque mi doble corona debo al poder de Alemania, soy duque de Septimania y conde de Barcelona.
Las montañas que habitáis están en mi señorío, y nunca soñé en el mío edén como el que moráis.
–Hasta hoy jamás creí ser en tierra ajena vasalla: mis bosques fueron la valla de todo humano poder.
Paloma mansa, heredera de una audaz raza de halcones, jamás de mis torreones he quitado su bandera.
Libre viví en mi retiro que heredé de mis abuelos, y no cuento propios duelos que me cuesten un suspiro:
pues aunque os parezca insania que maravillaros pueda, en su alcázar os hospeda Genoveva de Aquitania.»
De su nombre al escuchar los dos la revelación, su nombre en el corazón quisieron tal vez grabar:
pues quedaron un momento uno a otro contemplándose, como en pintar ocupándose su faz en el pensamiento.
Y acaso en aquel instante sintieron cruzar por él de recuerdos un tropel confuso, vago y errante;
y puede tal vez el viejo ver cómo los de ambos giran, según sus ojos les miran por bajo de su entrecejo.
Los dos mancebos… quizás ven y oyen sin comprender, alcanzado por no haber los turbios tiempos de atrás.
El conde, empero, que explora pronto la tierra que pisa, dijo, al fin, con la sonrisa más falsa y fascinadora:
–«Excusadme que me asombre: borrado habían del mapa el Emperador y el Papa los Estados que os dan nombre.
–Los han borrado: es un hecho; mas no hay humano poder que de otros padres nacer me haga ya sin mi derecho.
–Ni seré yo quien pretenda disputárosle jamás; quien le mantenga de hoy más por vos seré, aunque os sorprenda.
Yo soy, porque Dios lo quiso y de la guerra un azar, quien ha venido a turbar la paz de este paraíso.
Vuestra raza está proscrita, vuestra existencia se ignora; la guerra civil que ahora nuestro territorio agita
yo no sé a quién recordar hizo que en esta aspereza había una fortaleza que importaba utilizar;
y he aquí cómo, imprudente, vencido en esta campaña, en torno de esta montaña he dado cita a mi gente.
El misterio delicioso que os ha cercado hasta hoy, a romper sin culpa voy y a turbar vuestro reposo.
El aislamiento profundo, poético, dulce, santo, que cual por obra de encanto tal cielo os labró en el mundo, vengo, insensato, a romper; y os vais a tener que echar del mundo al revuelto mar, sus aguas sin conocer.
Y por fatal consecuencia de mi error involuntario, profané vuestro santuario e inquieté vuestra existencia;
mas como manchar no quiero con este baldón mi fama si me aceptáis, noble dama, seré vuestro caballero.
Tengo en la corte favor y oro en la tierra y poder: yo sostendré a la mujer contra el mismo Emperador.
–Caballero, pues por tal os dan tan nobles ofertas, aunque un evento a mis puertas os trae para ambos fatal,
si un Emperador tener puede a una mujer encono, su causa contra su trono os fiará la mujer.
Yo iré, a la merced de Dios, amparo en el soberano a buscar: si obra villano conmigo, cuento con vos.
–Y si su favor no alcanza vuestro nombre en Aquisgrán, mis huestes le llevarán en el pendón de mi lanza.
–Huésped sois en mi castillo: sólo a vuestra voluntad puede mi hospitalidad cerrar o abrir su rastrillo.
Obrad, pues, como os importe. –Un servidor mío espero, y un seguro mensajero deseo enviar a la corte.
Aquél debe de seguir mi rastro como un sabueso, y éste, si llega a ser preso, sin hablar debe morir.
–Al esperado aguardad, dijo la dama al anciano, y a la corte del germano al que ha de partir, buscad.»
Firme el viejo en su papel, oyó esta orden impasible, mientras echó imperceptible mirada el conde sobre él.
Así, por su propia insania o su tenaz fatalismo, su edén convirtió en abismo Genoveva de Aquitania.
¡Raza de Waifro precita! ¡Ni los ángeles que nacen de ti, tornar a Dios hacen hacia ti su faz bendita!