Spanish poem
12
Cuando un trato así se hacía era costumbre, y hoy día no hay padre que a ella se oponga, que fuesen en romería los novios a Covadonga.
Y en aquel santuario real, voto de tan gran batalla, prendas de empeño formal, se ofrecían cada cual una cruz o una medalla.
Daba a este acto voluntario el vulgo importancia tanta, que verle era necesario aun por el más refractario como ceremonia santa;
y estaba tal convicción tan asida a la conciencia de la rural población, que tan sencilla creencia pasó a ser superstición.
Si uno de los dos faltaba a la fe dada, y rompía con el otro o se casaba con otro, no lo efectuaba la prenda hasta que volvía.
Hasta aquí no iba tan mal; romper un lazo de amor no es una acción criminal; mas romperlo con honor es conveniencia social:
mas si sin dar se enterraba su prenda alguno, creía el vulgo que el muerto andaba tras el vivo, y no moría hasta que éste la tomaba.
Con que a Covadonga fueron Marica y Fermín e hicieron trueque de prendas un día de los ocho que anduvieron en su alegre romería.
Don Juan sancionó aquel viaje, y dió bestias y equipaje, y criados y vituallas para ir al peregrinaje por cruces y por medallas.
Los dos rapaces, sin juicio aún, en libres correrías, en diversión y en bullicio se pasaron ocho días fuera de casa y de quicio.
Para el abad y el guardián en una carta don Juan les dió recomendación, y un par de onzas, porque van donde saben quiénes son.
De Marica iba a la vera, porque con Fermín no vaya sola, una gran bachillera de viuda, y que iba a manera y con facultades de aya.
Allá el buen penitenciario de Oviedo, don Gil de Olmedo, sordo y vehedor del santuario, les dió, hablándoles muy quedo, una cruz y un relicario.
De oro y labrada a cincel era la cruz, y un joyel el relicario, con tapa doble, un Lignum dentro de él, y benditos por el Papa
los dos, según un papel con sello pontifical; regalo a don Gil debido, que de don Juan había sido siempre amigo muy leal.
Y tornaron los mozuelos: Fermín tal formalidad no vió a la luz de los cielos, sació no más los anhelos de su pueril vanidad.
La cruz de oro se colgó con gozo infantil al cuello; y a quien se lo demandó, su cruz de oro le enseñó sin poner reparo en ello.
Mas Marica, que aunque chica de mujer formal se pica, consideró el relicario cual gaje que ratifica fe empeñada en un santuario;
y leal, firme y sincera, elevando a religión su virgen pasión primera, se dió a su amor toda entera con todo su corazón.
El relicario bendito al cuello se suspendió con un placer infinito; pero con tacto exquisito a nadie se le enseñó.
Y siendo cosa aceptada, y la idea del honor estando tan arraigada entre aquella gente honrada cuando anda herida de amor,
comenzó la del lugar a ver para el porvenir apareado ya aquel par, y volvió aquel par a ir a hablar a orillas del mar.
Y como se abre el bufón entre Vidiago y Andrín, y aquel sitio y aquel son hieren la imaginación de Marica y de Fermín,
creyendo que a su amor dan más fuerza y más poesía en aquel sitio, allí van; y al son de la mar bravía allí en plática se están.
Y cuando ruge el bufón y con el viento pelea el mar en el socavón, dice ella: —«¿ves la marea? pues más fuerte es mi pasión.»
Y entre el temeroso estruendo con que el bufón ensordece la costa, y el son tremendo de la mar que se embravece las rocas estremeciendo,
entona ella su canción; que escuchada mas no oída por Fermín, va del bufón y el mar a expirar perdida en el terrífico son.
¡Ay! y tiene aquel cantar, lanzado al viento y al mar, un no sé qué de fatídico, de conjuro o rito druídico imposible de explicar.
Aquella canción, que oír no se puede cuando suelta entre aire y mar va a morir… ¡quién sabe si por él vuelta, por él volverá a venir!
¿Quién sabe? En eso se pasan sus citas los dos amantes: cantando mientras los casan, cual las gaviotas errantes que a sus pies las ondas rasan.
Y cuando el día a su fin entre el crepúsculo vago toca, la besa Fermín; y ella se torna a Vidiago y el mozo se vuelve a Andrín.