Versos Spanish José Zorrilla 12 (Antes de expirar el día)

Spanish poem

12 (Antes de expirar el día)

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Antes de expirar el día se halló y partió el mensajero: mas el que seguir debía el rastro del caballero, ya era noche y no venía.

Y he aquí la situación: demostrando cada cual serena satisfacción, oculta en su corazón algo que en él sienta mal.

Teme el conde haber sin fruto soltado ante el viejo prenda: teme el viejo al conde astuto que, al descuido de un minuto, pondrá el pie sobre su senda.

Teme uno y otro mancebo, al galán conde admirando, que un mundo al abrirles nuevo torne en sombras del Erebo la luz de que están gozando.

Siente y teme Genoveva una insólita inquietud que en su corazón se eleva: mas la acaricia y la ceba con ciega solicitud.

Teme algo desconocido que en su interior se despierta, y que jamás ha sentido, y que en su alma del oído se introdujo por la puerta.

Y el secreto al deletrear del alma de la mujer el conde y el viejo al par, lee el viejo con gran pesar y el conde con gran placer.

Por eso a su habitación al volverse cada cual, llevaba en su corazón algo que le hacía mal: tal era la situación.

La dama y el conde el día pasaron juntos: empero aquel que seguir debía la pista del caballero, anocheció y no venía.

El conde de Barcelona, que al doble afán avezado de la guerra y la corona, nunca olvida ni abandona sus afanes de soldado,

antes de ir en su aposento comodidad para él a buscar, procuró atento comodidad y alimento para su noble corcel.

Mas por él al procurar, le halló limpio, en buen lugar y sobrado de forraje; y a su aposento al tornar halló a su servicio un paje.

Pero no hay por qué se asombre de esmero y cuidado tal; desde que ha dicho su nombre le han de tratar como a hombre de rango tan principal.

Así el paje que le espera de su puerta junto al quicio, mancebo al parecer era que estar nada más pudiera de príncipes a servicio.

De los dos pajes gentiles de Genoveva, el más mozo es, y en sus diez y ocho abriles aún no descontorna el bozo sus facciones juveniles.

Su tez de frescura llena, sus risueños labios rojos, y la mirada serena de sus dos azules ojos, y su abundosa melena

que hace cuadro a su semblante, y la gallarda apostura que da a su cuerpo elegante los contornos y el talante de un modelo de escultura,

abogan en su favor tan francamente, que el conde, experto conocedor, le acogió con el favor que a gracia tal corresponde.

Con él, pues, con rostro ledo así diálogo entabló: –«¿Qué nombre lleváis? –Wifredo, –¿Y en qué aquí serviros puedo? –Quien va a serviros soy yo. –¿Vos a mí? –Y de buena gana. –¿Pláceos, pues, mi compañía? –Desde que oí esta mañana quién sois. –¿Y quién os envía ahora aquí? –La castellana. –¿Venía por su orden expresa? –No hay quien órdenes me dé aquí más que la duquesa: mas si, como temo, os pesa de mi venida… –¡No, a fe!

Ni sé paje tan gentil cómo de admitir me excuse, ni siendo orden mujeril, cómo, sin ser incivil, obedecerla rehuse.»

Y así hablando, en él tenía fija el conde su mirada, que él tranquilo sostenía aunque el rubor encendía su tez aterciopelada.

Siguió el conde de hito en hito mirando un trecho al doncel: y con su tacto exquisito vió en su faz el sobrescrito de un alma sincera y fiel.

Mas como jamás se fía de sólo un buen parecer ni de amistades de un día, no osó en su cuarto un espía la primer noche meter.

Con gracia, pues, soberana de soberano artificio, le dijo: –«A la castellana decid que vuestro servicio acepto… para mañana.

Que hoy, errante aventurero, no irá bien a mi persona un tan apuesto escudero: mas que os acepto y os quiero paje mío en Barcelona.

Y como en ella que entrar tendremos con lanza en ristre, buena ocasión de ganar en mi campo buen lugar podrá ser que os suministre.»

Y con el más cortesano ademán y lisonjera sonrisa, le dió la mano, y de tal repulsa ufano tomó el mozo la escalera.

Cerró, y en su pensamiento se dijo el conde: –«No hay dolo en él: mas en mi aposento quiero de noche estar solo. Veamos mi alojamiento.»

Del de la noche anterior era su cuarto distinto: mas le da, con ser mejor, muestra de estima mayor quien le hospeda en su recinto.

Abrió armarios y alacenas; las alacenas y armarios halló provistos y llenas; y aun más de los necesarios trastos ricos, ropas buenas;

cuantos útiles de lujo la moda ideaba ya; con los que Europa produjo, cuantos el moro introdujo desde que en España está.

Respira luz, alegría, todo en aquella mansión, frescura y coquetería: chinesca tapicería en lecho, puerta y balcón.

Porcelana, argentería y flores en profusión; alguna hada parecía que de pasar concluía por aquella habitación.

La armadura colocada en su percha en un rincón, pulida y encubertada; nueva y recién encordada un arpa junto al balcón;

reclinatorio a cincel trabajado junto al lecho, y un gótico horario en él, donde primores ha hecho de miniatura el pincel;

la lámpara perfumada, el espléndido bordado que orla la colcha y almohada… todo muestra de aquella hada invisible los cuidados.

Todo lo repara el conde y a todo su precio da, puesto que no se le esconde de dónde viene y adónde esmero tan nimio va.

Mas por si de su balcón hay otro balcón enfrente desde el cual una atención curiosa tenga ocasión de acecharle ocultamente,

se acordó a su barandaje, distraído al parecer, mas registrando el paraje sobre el cual de su hospedaje van las luces a caer.

Es una torre cuadrada de aquella fábrica inmensa, por dos lienzos flanqueada de una galería arqueada que corona el muro extensa.

De un adarve, convertido de la torre al pie en jardín, en rachas de aire perdido le envían su olor subido la retama y el jazmín.

Al cabo de ambas arcadas, dos torres como la suya se ven a otras enlazadas, cuya hilera sus miradas no alcanzan dónde concluya.

Al frente tender podía la vista por sobre el lago, a través de la sombría calígine que tupía el azul del aire vago.

La luna, que ya puntea al horizonte, allá… lejos, la cresta calva platea del monte en que titubea con luz pobre de reflejos.

La vista en el valle acota sobre el lago allá en la hondura masa de niebla que flota, a trechos del bosque rota entre la informe espesura.

Todo es calma en derredor: no hay voz ni son que devuelva el eco remedador: sólo trina allá en la selva muy lejano un ruiseñor.

Mas cada torre vecina luz tiene en una ventana: y de una tras la cortina, no la ve, mas adivina el conde a la castellana.

Y por si su voz llegar hasta la en que vela puede, su voz se resuelve a enviar a entrambas con un cantar, aunque en el aire se quede.

Diciéndose, pues: «Es llano que no han de haber puesto aquí tan buen instrumento en vano», puso en el arpa la mano, floreó el tono y cantó así:

MOTE Sal a ser sol, estrellita; reina a ser, zagala, sal; sé magnolia, vellorita; fuentecita, sé raudal.

No preguntes a mi acento por el viento dónde va: si tu alma no halla abierta, ¿a qué puerta llamará? Azucena de ámbar llena, cuyo aroma vida da, mi existencia de la esencia que en ti toma llena está. Mi existencia en adelante de tu esencia vivirá; y en tu ausencia mi alma amante a presencia tuya irá. Tu fe sola la sostiene, la acrisola, la mantiene como lluvia de maná; y en ti mi alma su luz tiene, mariposa revoltosa que en tu llama se entretiene, y afanosa vuela, gira, se detiene, se retira, y a ti viene y a ti va. Blanca rosa, nacarina y aromosa, que se inclina de la móvil agua undosa sobre el líquido fugaz, cuya grata, peregrina, pudorosa, casta faz, de su plata cristalina se retrata sobre el haz; y a quien brisas y auras suaves van sumisas a arrullar, y ondas, hierbas, algas y aves como siervas a besar: sal, señora, a tu ventana mis acentos a escuchar, y abre tu alma, castellana, a mi amor y a mi cantar. Sal, aurora de mi cielo, fe y consuelo venme a dar: sal, señuelo de esperanza, do mi anhelo sólo alcanza luz y puerto desde el mar. Sal, estrella rutilante, y en el aura matinal de tu amor manda a tu amante el rocío celestial. Transfigúrate a mi acento, colibrí primaveral, y bajo otro firmamento ven a ser neblí condal, ven: verás que da mi aliento a tu vuelo viento tal, que podrás cortar el viento al del águila imperial.

MOTE Sal a ser sol, estrellita; reina a ser, zagala, sal; sé magnolia, vellorita; fuentecita, sé raudal.

No preguntes a quién llama ni reclama mi cantar: si a él tu alma no está abierta, a tu puerta va a expirar. Filomena de amor llena, que suspiros de amor da y anchos giros tras de otra ave, y aún no sabe dónde está: ya no píes sin reposo, que tu esposo ya a ti va: no le envíes por el viento un lamento inútil ya. Tu fe sola se sostiene, se acrisola, se mantiene de esperanzas con maná: pero tu alma luz ya tiene, y amorosa mariposa que en su llama se entretiene, afanosa torna, gira, se detiene, se retira, de ella viene y a ella va. Vagarosa golondrina de sedosa pluma fina, que la móvil agua undosa rasas rápida y fugaz, silfo vago que haces nido de florido rosal fresco que de un lago pintoresco te columpia sobre el haz; Y a quien brisas y auras suaves van sumisas a arrullar, y ondas, hierbas, algas y aves como siervas a besar: desde el cáliz de tu rosa, nido, tienda y barco al par: Abre tu alma, ¡oh hada hermosa!, a mi amor y a mi cantar. Sal, paloma, de tu nido; sal sin ruido, sin luz sal: y atrevido vuelo toma, y el tendido viento doma como el águila caudal. Sal, y en brazos que te cierna el deshecho vendaval, cuando le hace la ira eterna de sus rayos arsenal. Transfigúrate a mi acento, ruiseñor primaveral, y bajo otro firmamento ven a ser águila real: y verás que da mi aliento a tu vuelo viento tal, que tu vuelo corta el viento al del águila imperial.

MOTE Sal a ser sol, estrellita; reina a ser, zagala, sal; sé magnolia, vellorita; fuentecita, sé raudal.

Así el cantar concluído, sostuvo el último son del mote en él repetido, mientras, atentos oído y ojo, salía al balcón.

Miró a las torres: no había luz en sus ventanas ya; pero su voz todavía vibrar por el viento oía donde apagándose va,

cuando a lo lejos el hueco de la atmósfera rasgó, agudo, rápido, seco de su cantar como un eco, un grito que le asombró.

En el barandal de pecho, como dos carbunclos rojos los ojos, y un arco hecho, miró y escuchó buen trecho, todo oídos, todo ojos.

Irguiéndose de repente y aspirando fuertemente, pujante, seco, bravío, lanzó un grito en el vacío a modo de una serpiente.

Desgarró el viento su agudo salvaje y extraño acento: y tras un instante mudo, le devolvió agreste y rudo su voz de serpiente el viento.

«¡Él es!», exclamó: y calándose sobre el birrete el capuz de la malla, apoderándose del hacha, salió llevándose del aposento la luz.