Spanish poem
13
A don Juan participó lo del embarque don Diego, y en lo dicho, desde luego, don Juan se ratificó.
Llegó el momento fatal de la despedida amarga. ¿Será la ausencia muy larga? ¿Será alguno desleal?
Fermín, una vez resuelto, dijo a María: —Me voy. Y ella dijo: —Tuya soy; si muero antes que hayas vuelto,
con tu amor me enterrarán: siempre fe te guardaré; mientras viva… esperaré… ¡pero piensa con qué afán!
—No sé que va a ser de mí: dijo Fermín; mas suceda lo que quiera, en cuanto pueda, como pueda vendré a ti.
—Vuelve, Fermín, sin temor: si no haces fortuna allá, la prueba de ir bastará a mi padre y a mi amor.
Afánate y en mí piensa; que como pienses en mí, Dios no ha de dejarte allí ni a mí aquí sin recompensa.
Yo te enviaré mi canción del mar con las recias olas; tú las oirás cuando a solas estés con tu corazón.
Por más tiempo, tierra y mar que entre los dos se interponga, la Virgen de Covadonga nos tiene al fin que juntar.
Mas si me olvidas, Fermín, no vuelvas sin que haya muerto yo; porque…, ¡tenlo por cierto, tendremos ambos mal fin!
Sollozaba el mozo ahogándose con las lágrimas; y viéndole tan abatido, diciéndole siguió ella de él apartándose:
«Ten valor: pues ha de ser, ni lo pienses, ni me veas más: ¡Adiós!, parte: no seas más débil que tu mujer.»
No dió tal razón en vago. Irguióse él: se despidieron abrazándose y partieron él a Andrín y ella a Vidiago.
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Zarpaba un quechemarín de Llanes al otro día, con cuyo patrón podía ir bien a Gijón, Fermín.
De su padre sin tomar ni permiso ni consejo, Mariquilla un catalejo tomó que él solía usar;
y al cerro echando a correr en el cual se abre el bufón, se puso en observación el quechemarín por ver.
En la agreste crestería de la roca laboreada por la agua del mar, sentada permaneció todo el día.
Llanes desde allí se ve: no su puerto en miniatura, que oculta la curvatura de la costa a cuyo pie
se resguarda, mas la peña de San Pedro que levanta su cabeza y adelanta sobre el mar su cruz de leña.
Que era olvidó, Mariquilla, la pleamar por la tarde, y que es fuerza que la aguarde de Fermín la navecilla:
y allí estuvo al sol y al viento de las horas olvidada, al catalejo pegada y absorta en su pensamiento.
La marea empezó al fin a subir: del catalejo en el vidrio el aparejo surgió del quechemarín.
Salió y viró: la marea y el viento impulso le dan, y entre los que dentro van distingue a Fermín: vocea
su nombre, el cristal dejando que se le acerca y le aclara; mas él no vuelve la cara, y el queche sigue bogando.
Torna a vocear y a mirar… la faz no torna Fermín: ¡no llega al quechemarín su voz por sobre la mar! Lanza al viento su cantar y el viento la favorece, torna al vidrio y la parece que el viento llega al bajel: mira… y mira… y le ve a él: ¡pero inmóvil permanece!
No puede oírla: es verdad; mas ¿no debió suponer que ella había de irle a ver allí por necesidad? Siguió con tenacidad mirando… ¡y viendo a Fermín siempre de espaldas!, y al fin entre su estela de espuma y el velo azul de la bruma… se perdió el quechemarín.