Spanish poem
13
Y alumbrándose los pasos con su móvil resplandor, bajaba por el estrecho y empinado caracol, cuando como ecos del suyo los de otro paso sintió que, a su descenso, emprendía de la espiral la ascensión. –«¿Quién sube?, dijo. –¿Quién baja?, repuso abajo otra voz. –El conde de Barcelona: y vos que subís, ¿quién sois? –Iba a buscaros: mas vuélvome y abajo espero. –Allá voy.» E hicieron lo que decían al mismo tiempo los dos. Percibió, pues, del de abajo el conde la evolución, y sus pasos ascendentes que descendían sintió. Oyó al par el que subía, tornando a bajar, el son de las pisadas del conde que bajaba de él en pos: y al salir de la escalera por el postigo inferior, vió el conde al viejo esperándole con sus perros y un farol.
Al ver al conde, dejaron oír amenazador los perros sordo gruñido, que el viejo imperioso ahogó: y el conde, sin dar señales de apercibirse del son del gruñido hostil, el diálogo así con su amo entabló: –«¿Íbais a buscarme? –Sí, señor. –¿Qué es lo que ocasión a vuestra visita daba? –Pues bajáis armado vos, la ocasión de mi subida debe de ser la razón de vuestra bajada. –Iba también a buscaros yo para que abrirme mandarais un postigo: al campo voy. –Para ir al campo os buscaba; oí que a vuestra canción contestaba un grito extraño. –El de una serpiente. Dios me dió esa gracia: las bestias alzan su voz a mi voz. –Es don raro. –Vuestros perros la prueba evidente son de que le tengo: cuando hablo, gruñen. –Extraño les sois. –¿Extraño? ¡Bah!, haber demuestran recibido educación, y no pueden extrañarme después de un día que estoy aquí con vosotros: conque, si de mis huellas en pos no han corrido, es positivo que tengo ese extraño don.»
Y esto dicho, al parecer con la candidez mayor del mundo, clavó en el viejo el conde su ojo de halcón: y a su vez con aire cándido el viejo no pestañeó, como si nada entendiera de semejante alusión. –«¿Vamos?, dijo el conde. –Vamos», respondió el viejo: y en pos echando el uno del otro uno y otro corredor en silencio atravesaron, y uno y otro caracol descendieron, hasta dar de la muralla exterior en el cubo embovedado del macizo torreón, en donde mora el vigía del rastrillo guardador.
A la voz del viejo, el aspa aquél desapalancó, y el rastrillo con el puente moviendo en combinación, el paso por sobre el foso puso franco ante los dos. Mas en el opuesto encaje no bien el puente tocó, un hombre que allá esperaba metióse por él veloz, y el conde y él se dijeron: –«¿Todo está? –Todo, señor.»
Antes que sobre él pudieran los perros abalanzarse, el conde, con brazo hercúleo, les asió por los collares: y el viejo, en sus manos viéndoles, acudió al punto a amansarles, comprendiendo bien que el conde es capaz de estrangulárseles. –«He aquí el hombre que esperaba, dijo éste al viejo soltándoles: acostumbrad vuestros perros a que a mis gentes no ladren, porque hay cerca huestes mías, y hombres en ellas capaces de soltarles una flecha, con lobos equivocándoles. –Los perros tienen su instinto, dijo el viejo sin turbarse, y ladran al forastero, de su amo y casa guardianes: pero si tienen palabra los varones de linaje yo espero que vuestras huestes no entrarán en nuestro valle. –En cuanto sepa las nuevas que este escudero me trae, yo veré a la castellana y se hará lo que ella mande. Cuidad vos de vuestros perros, que yo hallaré por mi parte modo de que mis palabras vayan con mis hechos pares.»
Tal diciendo al viejo el conde y las espaldas tornándole, tomó a su torre la vuelta de su escudero delante: y tal escuchando el viejo, libre del conde mirándose, salió aprisa del castillo, que tras él volvió a cerrarse.
Y de su aposento el conde dando una vuelta a la llave, a solas con su escudero cambió estas rápidas frases:
–«¿El Emperador? –Da a su hijo Pepino sus facultades; y éste cruza la Provenza con vos y Ayzón a abocarse. –¿Y Ayzón? –Les llamó en su ayuda y es víctima de los árabes: riñeron por el botín y le abandonan robándole. –¿Se le han vuelto? –Ya está solo. –¿No podrá, pues, presentarse conmigo al rey? –No. –¿Tampoco podrá esperar nuestro ataque con ventaja en Barcelona? –Imposible: sus parciales engruesan ya vuestras huestes a nuestro campo pasándose. –Nuestra derrota es un triunfo. –Si sabéis aprovecharle. –¿Cuántos somos? –Cinco mil acampan en los breñales al pie del monte, y seiscientos jinetes, con vuestros pajes y escuderos, con la cerca de maleza tocan cuasi. –Que no la pasen. –Ninguno lo que hay detrás de ella sabe. –¿La Emperatriz? –En el claustro. Y dispensad: su mensaje vió Ayson primero que vos. –Yo no le he visto. –A enseñársele fué Laimo, y vino escoltado por él hasta estos parajes. –¡Traidor! –Él por vuestro rastro vino, y yo vine espiándole. –¿Por qué no le diste muerte? –Porque cuando a los alcances le iba, le dió otro caza como a una bestia salvaje. –¿Quién? –Ese que quedó abajo con sus lebreles. Los árboles me libraron a mí de ellos. –¿Cómo? –Tiempo sin dejarles para ventear mi rastro, con Laimo en lucha dejándoles, pude en salvo, como un pájaro a una encina encaramándome, sentir oculto en las ramas cómo sobre Laimo echándose, se le entregaron rendido: y a su gusto maniatándole ese viejo, que es un hércules, cargó, tras de confesarle, con él en hombros. –¿Por qué entonces no les lanzaste un dardo que les cruzara a los dos? –Porque el ramaje y la oscuridad hacían mi tiro incierto, y matándoles no podríais sus secretos arrancar a sus cadáveres. Volví sobre vuestro rastro de nuestra gente a ampararme, para hallaros a la fuerza si la astucia no bastase. La aposté, y otra vez solo al castillo aproximándome, os oí, con mi silbido hice eco a vuestros cantares, oí el vuestro y llegué al puente al caer éste en sus pilares. –Ahora comprendo a ese hombre el aplomo inexplicable: todo lo sabe por Laimo, mas que yo lo sé no sabe. Paulo, a partir volverás antes de que el día raye.»