Versos Spanish José Zorrilla 13

Spanish poem

13

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Don Luis sin duda morirá demente Si Dios no lo remedia: Contra su mal la ciencia francamente Se declaró impotente, Por lo cual felizmente no le asedia La docta facultad con sus ponzoñas, Ni le atacan su mal por esos medios Que entre las gentes sandias o bisoñas Pueden solo pasar como remedios. Más que loco Don Luis está alelado: Cuando perdió el sentido Fué, como un hombre por el rayo herido, De facultad intelectual privado: Dios no envió a su cerebro la locura Sino que apagó en él la inteligencia. Don Luis no tiene ni pesar ni goce: Todo con la mayor indiferencia Lo vé: nada recuerda, ni conoce A nadie: ni repugna, ni apetece: Llámanle y vá: le mandan, y obedece.

Las casas de dementes de Inglaterra No ofrecen espectáculos de duelo, De tormento y horror no son mansiones, Nada en ellas repugna, nada aterra: Castigo no se da sino consuelo Al infeliz que cae en sus regiones. Bedlam es un magnífico paseo, Cuyas verdes y añosas alamedas Conducen a una quinta de recreo Cercada do jardines y arboledas. Al que encierran allí falto de juicio, En lugar de querérsele a porrazos Volver y a latigazos, Le inclinan la atención hacia un oficio: Y en vez de dominarle por un pánico Terror, van con destreza y artificio Obligándole a entrar en ejercicio De algún trabajo corporal, mecánico, De su cuerpo y su alma en beneficio. Después que le acostumbran y habilitan Siempre en acción para tener las manos, La memoria y las fuerzas le ejercitan: Le dan buen aire y alimentos sanos, Sus manías le tuercen o le quitan Con paciencia y constancia, y poco a poco De la razón la vuelta facilitan Ideas dando a su cerebro loco. Y aciertan los Ingleses: nada tiene Al hombre, cuerdo o loco, más contento Que tener ocupado el pensamiento; La ocupación asidua es ley de higiene; Sus locos están, pues, entretenidos Y con cosas alegres distraídos. Bedlam tiene de locos una orquesta Que en fiestas y saraos públicos tañe Pero cuestión o relación es esta De la que a los filántropos atañe Disertar; mi misión es mas modesta, No raya tan allá mi poesía; Si entretiene no más, si no es molesta, Por satisfecha asaz se da la mía; Y como esta lectura a su fin toca, Fuera extenderla más torpeza loca.

Era una tarde de Diciembre helada: Había dado ya las seis y media De Bedlam el reló, cuando Losada Con el Doctor John Lees hizo su entrada En el salón extenso, que promedia Un ala del espléndido edificio De la locura alzado en beneficio. Allí los que no pone su demencia Fuera de estado de guardar decoro, De los que les dirigen en presencia Fuerzan a la atención su inteligencia; En tanto que el estrépito sonoro De la orquesta en su afán les acompaña, Y atrae su distracción si no la engaña. Y es curioso de ver como en tan grave Reunión cada cual cumple su oficio, Cuando a ninguno de ellos en el juicio De lo que haciendo está razón le cabe.

Don Luis, cuya manía No ha podido fijarse todavía Y que nada exterior comprender sabe, Es dueño de andar libre y de ir ocioso Por donde más le place noche y día, Para ver si de hastiado o de curioso En algo con placer su atención fija, Y si algo encuentra en que ocuparse elija, O halla de los doctores la destreza En una inclinación una rendija Por donde entre la luz en su cabeza. Cuando Losada entró, Don Luis estaba Vueltas de dar por el salón cansado, En un rincón sentado, Mirando sin saber lo que miraba, Contemplándolo todo indiferente, De cuanto tiene en torno enajenado Y mirando, sin ver, maquinalmente. A su lado se puso Losada a contemplarle enternecido: Él, en su mudo arrobamiento iluso, No dio señal de haberle conocido Y en su honda estupidez siguió sumido. El doctor puso de Don Luis delante Un velador: Losada de debajo De su gabán su caja, cuyo efecto Para probar sobre el demente trajo, Sacó y la puso ante él; de luz brillante La inundó con el gas porque la viese: Se la abrió poco a poco, circunspecto La impresión precaviendo que pudiese Hacerle el ver a Luz y que el afecto Del corazón tal vista removiese. Don Luis continuó inmóvil: ni de aspecto Cambió viendo de Luz la miniatura, Ni mostró conocer de su semblante La representación en la pintura; Miró aquellos objetos distraído Y sin fijarse en ellos y fue todo Con él inútil: su mirada errante No se pudo atraer: no había modo De fijar su atención un solo instante. Un minuto faltaba solamente Para las siete ya: Lees, prevenido Habiendo al director, dio de repente La señal en que habían convenido, Y cesó de repente todo ruido Y en torno de ellos se agolpó la gente. Lees se sentó junto a Don Luis: Losada Permaneció de pie, de ambos en frente, Teniendo ante él la caja colocada Del velador encima y de manera Que todo el mundo con Don Luis la viera: Y en esta situación, viendo excitada La universal curiosidad, ansioso Esperó a que las siete el reló diera. Saltó la balancilla de reposo Del muelle retentor: la hora entera Dio la repetición: doblaron broncas Las campanas a muerto: oyóse el coro Que con las trompas de sus bajos roncas Guía en sordina el órgano insonoro: Corrió la muerte su crespón de luto Sobre el rostro de Luz, y su esqueleto En su lugar quedó: todo sin fruto: Ante todo Don Luis se estuvo quieto. Mas al oír el lúgubre gemido De Luz, asió la caja de repente Y diciéndole en cólera encendido: “¡Miserable juglar, tú la mataste! “Muere, pues, por la voz que la robaste!” A Losada cogió desprevenido, Y con la caja le asestó derecho, Con las hercúleas fuerzas de un demente, Golpe mortal en la mitad del pecho. Cayó hacia atrás Losada: y con la frente Bañada de sudor, abrió los ojos, Miró en redor y se encontró en su lecho. ¡Del sueño cuanto vio fueron antojos!