Spanish poem
11 (Le esperaba el barón con impaciencia)
Le esperaba el barón con impaciencia Ansiando el curso acelerar del dia; Puesto que por la estraña conferencia Que en él con el doctor tenido habia, Que se encerraba acaso comprendia La salud de Don Cárlos en su ciencia; Pues siempre al fin la vanidad se humilla Ante el saber ó la virtud sencilla. Su vanidad (que él funda en su nobleza, Pero que vé que mantener no puede En la mediocridad de la riqueza De un patrimonio que al menor no escede De un labrador de la comarca,) cede Ante la idea en su memoria fija De que dijo el Doctor que su hijo Carlos Era marido indigno de su hija, Porque alcanza en lo noble á una princesa Y cuenta por millones Mas oro del que pesa; Y el barón que lo vé y lo juzga todo A la luz de sus míseras pasiones, Cree que el doctor cuyo caudal engruesa A favor del poder de administrarlos, No la quiere casar por no soltarlos. Y desde el dia en que vibró en su oido Y entró en su corazón de sus doblones La dulce idea y el gentil sonido, Ansioso de atraparlos, El mezquino barón arrepentido Sintió no haber sabido adivinarlos; Y empezó á andar en cálculos perdido, Viendo como anudar sus relaciones Con una novia de tan buen partido. Volvió en esto Don Cárlos, mas su estado De alienación mental echó por tierra Las torres que en el aire habia fundado; Y por mucho que al áncora se aferra De la esperanza, cuyo cable asido Por su mano una vez nunca ha soltado, El porvenir á su ambición se cierra Cada momento más, y anda sin norte De sus discursos en el mar sumido; Sacando nada mas en su conciencia Por única y precisa consecuencia Que, si mozo, galán, quisto en la corte Y del rey estimado no le quiso, Porque aun juzgó muy poco Para Rosa á Don Carlos, es preciso Que todo plan de diplomacia aborte Con el doctor sagaz, que ve hoy á su hijo Pobre, olvidado, sin favor y loco. Mil veces el barón allá á sus solas Luchar dentro de su alma habia sentido De su arrogancia y su interés las olas: Mas su orgullo domar no habia podido. Digo de su interés, porque es sabido Que el hombre codicioso de dinero, En todo cuanto emprende y se propone Y en cualquier situación en que se encuentre El sentimiento al interés pospone; Y en todo cuanto intenta es fuerza que entre Su interés vil como motor primero. Hé aquí porqué el barón, aunque adoraba A su hijo, de vista no perdía El interés que reportar podia Si con mujer tan rica se casaba; Y el matrimonio así considerado Como negocio mercantil, veia Que su hijo, loco, de valor menguaba, Puesto que era un efecto ya averiado. No obstante, veces mil le habia ocurrido Que aquel doctor excéntrico y severo, Mas según voz común caritativo Por igual con el noble y el pechero, Como el mismo barón diera la cara Y quisiera humillar su genio altivo Al doctor, era casi positivo Que de curar á Carlos se encargara. Mas siempre que sobre esto discurría Bajo el influjo del amor paterno, Llevado al par por el influjo interno Del interés ,que sus acciones guia, El barón á sí mismo se decia: “El trato del doctor con el enfermo “Debe enjendrar entre ambos simpatía: “Debe crear entre ambos un cariño “Como el que cobra la nodriza al niño “Que con la leche de sus pechos cria. “¿Quién sabe si el doctor tratando á Carlos “Le cobrará cariño?… y si se estrecha “La amistad en los dos, lo de la boda “Con un poco de tacto es cosa hecha: “Mas la dificultad es amistarlos: “En eso estriba toda; “Pues si al médico yo me bajo y cedo, “De un segundo desaire tengo miedo.” Pero andaba muy fuera de camino El barón que egoísta le creia, Y el alma noble del doctor media De su alma ruin con el nivel mezquino. Aquel doctor incógnito, estrangero, Que ni aun trazas de hidalgo manifiesta, Que anda á pié como ignoble pordiosero, Empero que tan alta tiene puesta Su vanidad, que con orgullo loco Vino un dia á decirle descarado Que Don Carlos, de su hija enamorado, Para el amor de su hija era muy poco; Aquel viejo tenaz, mal humorado, Que en sus propios hogares insultado Sin respeto le habia, Y de su hogar tal vez habia arrojado La hija para quien poco les creia: Aquel doctor que, sin oir razones, Decidiendo á su antojo y bruscamente Las mas árduas cuestiones, Del mundo y de su gente Tenia tan estrañas opiniones, Que trataba de cosa ínfima ó necia Cuanto el hombre social en más aprecia, Llamando ceguedad, supersticiones, Ignorancia infantil, insuficiente Vanidad, al saber mas eminente, Leyes, razas, costumbres, religiones Con tachas señalando y correcciones: Aquel doctor, en fin, que aunque ejercía Su profesión, curaba á los enfermos No de ciudades ricas, populosas Donde lucrar con su saber podia, Sinó de las aldeas y los yermos Donde nada por ello recibía; Aquel doctor de incógnita existencia, Modelo de salvaje independencia, Que con la sociedad y con el mundo Transijir no dejando á su conciencia, De ellas con el desprecio mas profundo Está pronto á morir si llega el dia, Mártir de su opinión y de su ciencia, Cuando acudiera á él ¿qué le diria? A él, á quien antes con desdén le dijo Que á su hijo Don Cárlos no queria Por la sola razon de ser su hijo. Tal pensaba el barón, pero juzgaba Mal al doctor, que excéntrico, estrangero Misterioso para él é incomprensible, Era en sus opiniones muy severo; Mas pronto y asequible A todo bien, cristiano y caballero, Tiene opiniones en verdad estrañas, Creencias en las cuales se le opone Su siglo ¿pero cuál no cree en patrañas Que el que le sigue como error depone, De su crítica fria y concienzuda Metiendo el escalpel en las entrañas De los pasados tiempos y sus hombres: Y escudriña el valor de sus hazañas Y el poder y la fama de sus nombres; Y á la luz de sus nuevos adelantos Disipando la sombra de la duda, Destila del crisol de su justicia La pura esencia y la verdad desnuda; Y salen á la luz del siglo nuevo Tal vez malvados los creídos santos, Virtud tal vez la que creyó malicia? Y con miles de ejemplos no lo pruebo Por no ser de este libro y haber tantos. Y por eso el doctor, hombre nacido Tres siglos antes que nacer debia, Juzgaba la centuria en que vivía Por la en la cual nacer había debido. Y como suele á los que mucho avanzan Acontecer, los que detrás se quedan Viendo que con los piés no les alcanzan Les tiran piedras que alcanzarles puedan: Así por avanzadas opiniones Que en su siglo pasaron por quimeras, Heregías, blasfemias, y visiones Diabólicas, y que hoy por verdaderas Se profesan en todas las naciones, Quemó la inquisición en sus hogueras Sabios que hubieran hecho con sus juicios A su edad y á la de hoy grandes servicios.
Tal era mi doctor, tras quién sin duda El susodicho tribunal anduvo; Y si no le quemó, ya se supone Que fué porque á las manos no le hubo: Pues aunque á nadie su opinión impone No es la que el santo tribunal propone; Y su noble conducta, consecuencia De sus exageradas opiniones, Prueba que no las funda en cosa vana, Pues aplica su fé, su oro y su ciencia Al bien y alivio de la raza humana; Según las exagera su creencia, Es verdad: mas conforme á su conciencia, Según la ley y caridad cristiana. Así es que al punto en que el barón, no importa Si de interés recóndito movido O del paterno amor, se ha decidido A implorar su favor, de él ha olvidado El orgullo pasado Y el interés presente; Y á la aflicción en que lo encuentra atento, Del mal del hijo se encargó al momento, Sin alegar que al loco á quien ausilia Su ciencia, acaso de ayudar le eximen La honda desolación, tal vez el crimen Que introdujo su amor en su familia. Porque la estraña soledad presente En que vive el doctor y que delata Un oculto pesar, es evidente Que tiene, aunque á ninguno esté patente, Del hijo del barón con la locura El mismo origen y la misma data: Aquella noche cuya historia oscura Con un misterio la de entrambos ata. Hé aquí por qué el barón, tan complaciente Encontrando al doctor, á la esperanza Volviendo á abrir su corazón, alcanza Mas halagüeño porvenir, y pone En el doctor su confianza entera, Y alegre á recibirle se dispone, Cual si su ciencia fuera omnipotente Y allanadora de imposibles fuera.
¡Oh miserable condición humana Fácil en esperar lo que desea, Por mas que el fin de su esperanza sea Antojo fútil ó pasión villana!