Versos Spanish José Zorrilla 11

Spanish poem

11

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EL PADRE. Dineros son menester, dineros, hijo Fermín, si don Juan Noriega al fin te la ha de dar por mujer.

EL HIJO. Menester son, padre mío; mas si no me echo a la mar, sin ella me he de quedar: conque escribid a mi tío.

EL PADRE. ¿Al fin te resuelves?

EL HIJO. Sí: ¿qué otro medio queda ya?

EL PADRE. Pues ya en Vigo el barco está.

EL HIJO. Pues mandadme a Vigo a mí.

EL PADRE. Pues voy a arreglarlo todo con don Juan.

EL HIJO. ¿Si nos la niega…?

EL PADRE. Donde estamos ya, Noriega de cejar no tiene modo. Consintió en la romería y autorizó de las prendas el trueque: si oro o haciendas granjeas tú… no hay tu tía. ¿Te quiere la chica?

EL HIJO. Sí.

EL PADRE. Pues él lo que prometió cumplirá. Ve qué haces.

EL HIJO. Yo cuanto pueda haré por mí.

EL PADRE. Pues fía en tu tío Gabriel, que hizo en Méjico gran suerte, y te llama para hacerte millonario allí como él.

EL HIJO. No sé cómo lo hizo.

EL PADRE. Pues creo que encontró una mina por una doña Marina.

EL HIJO. ¡Vaya!, como Hernán Cortés.

EL PADRE. Creo que allá se hace así: si él te dirige y tú quieres…

EL HIJO. Padre…, ir allá por mujeres… dejando una y tal aquí!

EL PADRE. Si allá faltan novios pobres y de aquí te hacen que saltes, mejor estás donde faltes, Fermín, que no donde sobres.

EL HIJO. ¿Estáis loco, padre mío? Yo idolatro a Marifina: sólo por ella la mina fuera yo a ver de mi tío.

EL PADRE. Por ella te dejo ir, pues que os ponéis en extremos tales: porque aquí tenemos casa y pan con que vivir.

EL HIJO. No: costumbres de esta tierra son, y soy joven: me voy a Méjico, que aquí estoy como un zorro a quien se encierra en una jaula. Yo siento que tengo necesidad de tener más libertad, de respirar con más viento, de ser rico, en fin; don Juan piensa bien; aunque no hay año malo con pan, hace daño el no comer más que pan.

EL PADRE. Pláceme oírtelo así: creí que tu amor, primero que todo era para ti.

EL HIJO. Y sí que lo es: pero aquí no le logro sin dinero. Y aunque mi amor yo aquí fiel con fe y constancia aquilate, no puedo aquí, aunque me mate, lograr éste sin aquél; con que me voy: otros van y vuelven; con el apoyo del tío, o me abren el hoyo allá, o…

EL PADRE. ¡Calla!, yo a don Juan voy a ver.

EL HIJO. Y yo a Marica.

EL PADRE. Ve y con él dejadme a solas. Llámala.

EL HIJO. Lo hacen las olas del bufón, que el mar se pica.

EL PADRE. ¿Y es una seña?

EL HIJO. Son dos: hemos hecho al mar y al viento servirnos.

EL PADRE. ¡Anda con tiento, Fermín!

EL HIJO. Dios os le dé a vos.

Esto don Diego Mijares habló con su hijo Fermín, cruzando los valladares en que alindan tres lugares: Vidiago, Puertas y Andrín:

y tomando cada cual, don Diego el camino abajo de Vidiago, y pedregal arriba el chico un atajo que del bufón va al breñal,

su padre se fué a poner con el padre de la chica de acuerdo, y Fermín a ver si está en el bufón Marica: y he aquí su historia de ayer.

En Andrín avecindado don Diego, y venido a menos porque, habiéndose aumentado los Mijares, sus terrenos para tantos no han bastado,

pensó que su hijo Fermín, por quien una pasión ciega tenía aquél serafín que Dios dió a don Juan Noriega, traer podía a buen fin

su mal estado, casándose con Mariquilla: y hacía medio año ya que, abocándose con don Juan y espontaneándose sobre lo que le traía

sin previo aviso a su casa, planteó su plan; mas don Juan su proyecto puso a tasa diciéndole: «No se amasa con mala harina buen pan.

Hombre que acepta mujer que le haya de mantener, o no tiene pundonor, o trafica con su amor a la novia sin querer.»

«—¡Señor don Juan! —¡Voto va! ¡Señor don Diego!…, ya sé que se quieren, bien está: que sois noble, ya se ve; que le quiere, yo querré: lo que ella quiera, se hará.

Mas reflexionad, don Diego: los chicos son aún rapaces: pues se quieren, no os la niego: los que aman bien son capaces por su amor de echarse al fuego.

Que se eche Fermín al mar como otros hacen; si aguanta su amor la ausencia y tornar sabe… mi hija es una santa y fe le sabrá guardar.

Seis o siete años más tarde no lo es para ellos; aún son dos niños: que haga un alarde de fe y de vigor; que guarde su amor en su corazón

labrándose un porvenir: no de un Creso, mas traer un peculiejo, un haber que baste a hacerle vivir sin vivir de su mujer.»

Don Juan habló sabiamente; don Diego se convenció de que el juicio era prudente; la boda a más no era urgente: y el trato se concertó.

Para un plazo no bien fijo quedó como prometida la muchacha de su hijo; don Diego a éste se lo dijo y él optó por la partida.

Mas no fué sin vacilar: pues placíale, a mi ver, más que por él navegar, citas a orillas del mar con la muchacha tener.