Versos Spanish José Zorrilla 1 (Lector, ¿qué es lo que hacer…)

Spanish poem

1 (Lector, ¿qué es lo que hacer…)

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Lector, ¿qué es lo que hacer quiso el poeta cuando escribir imaginó esta historia? ¿Dejar tal vez de su existencia inquieta a la futura edad una memoria? ¿En su confusa crónica incompleta su fe o superstición hacer notoria? ¿Predicar a su siglo una fe ardiente o escupirle en la faz como un demente?

No sé. Sobre ello cuanto más medito más en oscuros cálculos me pierdo. Cosas dice este loco en este escrito que haber leído en otro no recuerdo; obra tal vez de un santo, de un precito tal vez, a veces loco, a veces cuerdo, su relato es de dudas un abismo; no se entiende tal vez él a sí mismo.

Acaso sus fantásticas leyendas de horóscopos y magia y predicciones, son de un disfraz en que se emboza prendas; de su locura acaso son visiones, de su vida las páginas horrendas, de su fiebre tal vez las invenciones: su relación a veces horroriza y a veces de placer el alma hechiza.

Yo, lector, por mi parte te aseguro que penetrar no pude su secreto; sin comentarios, aunque le hallo oscuro, le doy a luz como editor discreto. Imparcial, al autor dar no procuro la razón, ni en quitársela me meto; porque al fin, como él dice, importa poco dar o no dar con la razón de un loco.

Cayo, jamás de su memoria el hombre destierra los recuerdos de la patria, ni las semillas de la fe en que nace del corazón voluble desarraiga.

El que la tierra en que nació abandona, por el fiero huracán de sus desgracias arrebatado a su pesar, quien de ella parte de gloria o de placer con ansia, desventurado aquél, éste dichoso, huésped allí desde la tierra extraña, en su bien o en su mal los ojos vuelve hacia el país donde pasó la infancia.

En nuestra mente virgen las imágenes de la niñez purísimas se graban, y el renegado vil y el duro ateo al Dios de su niñez muriendo llaman.

El huerto do corrimos cuando niños, el oscuro desván que nos causaba pavor, la efigie del altar del templo donde oíamos misa, la dorada veleta de la torre que se erguía frontera del balcón de nuestra casa, la oración que de noche al acostarnos nuestra madre a decir nos enseñaba, el antiguo cantar con que en la cuna nuestra nodriza nos dormía, páginas son del libro inmortal de la memoria, bien que a la eternidad se lleva el alma.

Perenne manantial de poesía son de la vida en la fortuna varia: el que vive feliz, en su corriente fresca y salubre con placer se baña; el que infeliz, abreva su memoria de sus recuerdos en la fuente amarga: éste a su triste son vigila insomne, aquél tranquilo a su rumor descansa; mas ambos beben con delicia siempre en el raudal de sus bullentes aguas, las cuales el país de su memoria, erial o jardín, regando pasan.

Nuestro espíritu, a sombra de sus zarzos o en sus bosques de mirtos y de palmas, sus horas de placer o de amargura alegre goza o despechado arrastra.

Ese mundo invisible que le cerca, esas quimeras mil que le acompañan siempre y doquier, en sueño y en vigilia, ¿qué son? Amigos que a su lado viajan de la existencia por la senda, gotas que de la fuente del recuerdo manan, ecos que trae al templo de la mente, desde el vergel de la niñez el aura.

El que niega traidor que les conserva, miente a su corazón, mas no le engaña; y, espectros vengadores, esperándole a los pies de su féretro les halla. El que en su corazón les aposenta y les cultiva cual preciosas plantas del jardín de la vida, con su aroma de la suya los días embalsama, de ella alumbra a su espíritu el camino de una fe limpia con la antorcha clara, y el ser que hubo de Dios, cuando a Dios vuelve, ve que a las puertas del Edén le aguardan.

Cayo, tú que indelebles conservaste de la niñez las tradiciones santas, tú, vástago regado con el jugo de aquella vieja educación que a España dio nobles, preclarísimos varones que, sin ciencia tal vez, mas con fe sana, llevaron sus enseñas vencedoras a remotas e incógnitas comarcas, entra conmigo en las tortuosas sendas del laberinto oscuro de estas páginas, en cuyo centro encontrarás ardiendo de mi creencia la escondida lámpara. Es uno de esos libros cuyo asunto ninguna antigua crónica relata, ni escrito pudo ser sino en las hojas del archivo recóndito del alma; una de esas sinceras narraciones que el poeta a sus solas desparrama sobre el haz de un papel, como semilla que se siembra al azar sin esperanza. Acaso va a caer en tierra fértil y fructifica: acaso cae en árida e infecunda ladera, y ni aun las aves por pasto vil a recogerla bajan. Una de esas leyendas que tan sólo la fe tenaz de los poetas narra sólo para creyentes verdaderos a cuya ciencia humilde la fe basta. Una de esas historias que se cuentan a un amigo poeta o entusiasta, o que a la faz del siglo descreído desde la cumbre de la fe se lanzan; desde la cual, sin cólera y sin miedo, como desde lugar donde no alcanzan los chicheos del vulgo, se la arroja cual semilla sobrante en tierra mala. Obra de quien no mora en este mundo ni con su siglo va ni con su raza, sino de otro universo más poético y más feliz en la región fantástica. Historia ¡oh Cayo! de esas que no constan en documento alguno consignadas y que tan sólo los poetas saben. ¿Quién al poeta se las cuenta? El agua tal vez de algún arroyo que murmura, el gemido tal vez de alguna ráfaga, alguna perezosa golondrina que vuelve sola en el octubre al África, tal vez el vuelo, imperceptible casi, de un insectillo de sonoras alas, el ruido de la lluvia que se estrella por el viento impelida en su ventana, algún silfo invisible que hace lecho del capullo de alguna pasionaria, el silencio tal vez de alguna noche azul, tranquila, trasparente y diáfana, el son tal vez de las marinas olas, tal vez el de una amante serenata, de algún pastor el cántico lejano, el son de trompa cóncava de caza, el rumor de las hojas de algún árbol, el eco que suspira en la montaña, la exhalación que rasga el firmamento, el rojizo fulgor de una almenara, las solitarias ruinas de un castillo, de una campestre ermita la campana, la misteriosa cruz de una vereda, de un perdido bajel la vela blanca, algún nublado que a lo lejos zumba, algún torrente que en las rocas brama, un fuego fatuo que movible brilla, alguna estrella que perdida radia, una ilusión tal vez sin faz ni nombre... ¿Quién de la inspiración sabe la causa? ¿Quién conoce el oráculo en que el estro al corazón de los poetas habla? ¿Quién conoce los seres que producen esos ruidos nocturnos que se escapan de entre el tapiz que nuestro cuarto abriga, del pabellón que envuelve nuestra cama, del vacío cajón de nuestra cómoda, de la trémula luz de nuestra lámpara, del seno, en fin, desierto y silencioso, del aire sin color de nuestra cámara? ¿Quién conoce la faz de esas quimeras que en su vacío temerosas se alzan, vuelan, caminan, ruedan, desparecen, giran, voltean, gesticulan, danzan, se aglomeran, se esparcen, se confunden, se iluminan, se encogen, se dilatan, ya sobre alas de dragón se ciernen, ya del techo se cuelgan con sus garras, ya se hunden a través de los espejos, ya surgen a través de las mamparas, ya en nuestra faz ingrávidas se posan, y huyen por fin ante la luz del alba? ¿Quién sabe si esos seres incorpóreos que en el espacio de los mundos vagan, son los que en el cerebro del poeta de estas historias el relato graban? Él las lee en su cerebro de repente por invisible mano y en palabras misteriosas escritas, e inspirándose, al idioma del hombre las traslada. ¿Quién excitó su inspiración? –Se ignora. Tal vez de origen desigual dimanan: de Dios, las que a su fe nos aproximan, de Satán, las que de ella nos apartan.

Loco estoy, me lo dicen los doctores: yo mismo reconozco mi demencia, y es inútil buscar pruebas mejores que las que suministra mi conciencia. Ya revelado en bárbaros furores, ya de calma y salud con apariencia, mi mal existe siempre, y mucho o poco, el hecho en realidad es que estoy loco.

Réstanme, empero, lúcidos instantes en cuyos breves rápidos momentos alumbra con relámpagos brillantes la severa razón mis pensamientos. Entonces con placer más firme que antes hallo en mi corazón mis sentimientos, y oigo sobre la voz de mi demencia la poderosa voz de mi creencia.

La voz de un hijo que su prez adora: que de su fe y su estirpe no reniega, que no posee la ciencia corruptora que el siglo actual como torrente anega; a quien, cual luz de incendio asoladora, la del siglo no alumbra, sino ciega: que cantor de los tiempos que ya han sido, no vive en la centuria en que ha nacido.

Yo no sé sin mis ojos alucinan sus vacilantes y confusas nieblas: mas yo veo a los hombres que caminan perdidos en un caos de tinieblas. ¡Oh tú, por quien los átomos germinan que al sol conduces y los mundos pueblas, rey de la creación! ¿Soy yo el demente, o está loca en verdad la humana gente?

¿Me engañaron mis padres en la cuna contándome la historia fabulosa de un Dios que no eras tú? ¿Es la fortuna, es la ciencia tal vez del Orbe diosa? ¿Hay que tu fe mejor otra fe alguna? ¿Hay luz más que tu luz esplendorosa? ¿Puede la ciencia penetrar del hombre el profundo misterio de tu nombre?

¿Es verdad lo que escucho y no comprendo en la noche tal vez de mi locura? ¡Que el mundo ha de seguir sin ti existiendo! ¡Que ha de vivir sin ti la criatura! ¿Qué religión es ésta que no aprendo por más que estudio su leyenda oscura? ¿Qué nueva fe es aquesta cuya tea no da harta luz para que mi alma vea?

No sé. –Yo aquel que, en tiempo no lejano, a orillas del humilde Manzanares, con temblorosa voz y torpe mano ensayé en mi laúd pobres cantares; hoy, en pos de la luz, mi castellano suelo dejando y mis paternos lares, busco la luz con férvido deseo y, en medio de la luz, la luz no veo.

«Contempla sus vivíficos fulgores» me dicen; pero trémula vacila mi vista; en esta luz otros colores hay a que no está hecha mi pupila. Yo echo menos los suaves resplandores del puro sol de mi niñez tranquila, y hecho a su dulce claridad primera, veo el siglo a esta luz de otra manera.

Paréceme que salgo de la infancia, y que, en mi débil comprensión de niño, lo que yo creí ciencia era ignorancia, vil desnudez lo que pomposo aliño, inodoro vapor lo que fragancia; cuanto amé no merece mi cariño; el mundo de hoy lo que soñé no encierra: otro Dios, otro sol hay en la tierra.

De su fe, de su luz ni de sus glorias idea no hay en la memoria mía: alteradas me cuentan las memorias del Hijo sacrosanto de María; otros nombres oí y otras historias que no encuentro en la nueva teología; esta luz que me anuncian como aurora las tinieblas de mi alma no colora

¿Ciego estaré? –¡Tal vez! –Llevo perdido cuanto bien encantó mi edad primera. Padres, fortuna, patria...todo es ido. Empieza a encanecer mi cabellera, y empiézame a faltar cuanto he querido. Réstame, empero, Dios y mi fe entera; réstame aún mi aliento castellano; réstame aún mi corazón cristiano.

De mi salvaje fe la fuerza evoco para hablar a mi siglo frente afrente. Enhorabuena téngame por loco: Yo le creo a mi vez sandio o demente. En buen hora de mí se cuide él poco. Nada me curo yo dél ni [de] su gente; a su impudente faz va, pues, mi boca a escupir la verdad salvaje y loca.

Escucha ¡oh siglo de la luz! el juicio que ha formado de ti mi fantasía. Yo no ambiciono hacérteme propicio, ni a tu favor deber la gloria mía. Nunca fué a hacer impuro sacrificio ante tu ídolo vil mi poesía; primero que inmolarte mi conciencia permanecer prefiero en mi demencia.

Mi voz de tu poder a las regiones no levantó jamás a cambio de oro ni vendidas ni hipócritas canciones; ni se ha unido jamás al torpe coro que loa del que vence las acciones, su dignidad hollando y su decoro; yo a Dios tan sólo demandando ayuda, te diré siempre la verdad desnuda.

Oye tu historia como yo la veo bajo distinta faz, a luz distinta de a las que el sempiterno cacareo de tus gárrulos sabios nos la pinta. Llámante el siglo de la luz; yo creo que eres, según se escribe, el de la tinta: que eres siglo de fósforos y globos, sólo siglo de luz para los bobos.

Hijo del filosófico ateísmo del pasado este nuestro, himnos a coro entonó a la virtud y al patriotismo; mas, renegado vil, su Dios fué el oro, su ley, su fe, su ciencia fué empirismo, cínica hipocresía su decoro. y con la cruz y el látigo en la mano, padre se hizo llamar y fué tirano.

«¡La ciencia es luz, la libertad es vida!» dijo la multitud que se vió esclava. –«¡Sacrílega! ¡Rebelde! ¡Deicida!» la llamó la ambición que en paz reinaba. –«¡Guerra!»–gritó la turba enfurecida. –«¡Guerra!»–gritó a su vez la ambición brava; y de la libertad y la fe en nombre, en fraticida lid se empeñó el hombre.

¡He aquí ya a Satanás, que eternamente de la raza de Adán fragua la ruina, aparecer! La multitud demente a quien su ciencia pérfida alucina, corre tras sus banderas, e insolente, impía, ciega, audaz, bárbara, arruina, pulveriza, feroz, inmola insana cuanto adoraba ayer la raza humana.

He aquí señora universal del mundo a la revolución. ¡Cuán ancha copa de dolor amarguísimo y profundo ha hecho a los hombres apurar! Europa humea ensangrentada: lodo inmundo mancha el ebúrneo trono y áurea ropa de sus proscriptos o difuntos reyes, y otro poder la rige y otras leyes.

¿Era injusta su ley?–¿Ellos tiranos? ¿Del poder triunfador que los derroca son santas o sacrílegas las manos? A la posteridad el fallo toca: hombre no más, juzgar a mis hermanos no osa mi corazón, no osa mi boca: no va la inspiración de los poetas a la excelsa región de los profetas.

De nueva luz tras de la nueva aurora doquier la humanidad se precipita, y a ciegas por doquier hunde y devora cuanto la nueva luz cree que la quita. De evangélica en vez, devastadora, la civilización al orbe agita, y del incendio y del cañón la llama la libertad alumbra que proclama.

¡Cuánta noble ilusión desvanecida! ¡Cuánta fe y juventud, cuánta esperanza justa sacrificadas, cuánta vida, a servil ambición y a ruin venganza! ¿Dónde no hay ¡santo Dios! sangre vertida? ¿En qué hemisferio no hay guerra o mudanza? ¿Dónde de lo de ayer existen trazas? Nuevas las leyes son: nuevas las razas.

Mas sobre el mundo la miseria pesa, la discordia ante el hombre abre un abismo; la sociedad se agita, a un tiempo presa de la incredulidad y el fanatismo. El trueno zumba, el temporal engruesa; lucha el siglo tenaz consigo mismo: todo, la luz buscando, lo atropella. ¿Por qué, tras tanto afán, no da con ella?

Dice la sociedad: –«errados vamos». Dice el legislador: –«leyes haremos». –«¿Quién nos dará la luz tras de que andamos?»: –«La civilización». –«Civilicemos». Y para ver, los tronos incendiamos. Ya hay luz: mas ¿qué nos falta que aún no vemos? Falta la CONVICCIÓN al sabio insano: FE es lo que falta al corazón humano.

Sin Fe no hay libertad, ni luz, ni ciencia. Para hacer de la tierra un paraíso no es menester alzar la inteligencia más que lo que el Señor alzarla quiso; para dorar del hombre la existencia cumplir el Evangelio es lo preciso: hermanos para hacer los hemisferios, templos son menester, no falansterios.

Ni gobierno sin fe jamás radica, ni hay religión sin fe que no se agote; y la ley, la virtud hoy se predica apoyada en el sable o el azote. Sin fe el legislador su ley publica, perora sin fe en Dios el sacerdote, y la fraternidad va por la tierra pregonando la paz, en tren de guerra.

Siglo de la banal caricatura, estéril forjador de teorías, augurador de paz y de ventura cuando eres monstruo engendrador de harpías; mientras no tengas fe sencilla y pura, no esperes alcanzar serenos días, mientras labrando pólvora y espadas necesites ejércitos y armadas.

Mientras no deje el labrador sus bueyes en el campo sin guarda; mientras hijas de la fraternidad, con pocas leyes tu virtuosa sociedad no rijas; mientras no duerman sin guardián tus reyes y con fe tus apóstoles no elijas, tu libertad en feto aun no respira; tu civilización es aún mentira.

Mientras que en vez de torpes narraciones de la novela impúdica y sin ciencia, no enseñes a tus hijos las lecciones santas de tu católica creencia, ni abrigarán virtud sus corazones, ni alumbrará el saber su inteligencia; su ilustración será vil empirismo y su virtud hipócrita egoísmo.

Mientras desde Nembrod a tus guerreros no des, en vez de fama laudatoria, el título de nobles bandoleros que ensangrientan de su época la historia, no apoyará en cimientos duraderos el magnífico templo de tu gloria. Solo, y de caridad y fe provisto, predicó, no entre lanzas, Jesucristo.

Entretanto a las grandes convulsiones que causan tus catástrofes y ruinas, en vano ciega buscarás razones y aplicarás utopías y doctrinas. A elevarse o hundirse las naciones guían, sin tu favor, leyes divinas: libre de tu insensato poderío corre de su existencia el turbio río.

La misteriosa historia de la tierra explican tus políticos en vano: las teorías que su ciencia encierra no son más que delirios: el arcano del tiempo, de la peste, de la guerra, ve sólo Dios; el hombre es un gusano que no podrá jamás mirar al cielo sino a través del polvo de su suelo.

Dios sólo es sabio. Él es quien encadena los días con los días; Él excita la tempestad, y arregla o desordena los elementos y los pueblos; quita la existencia y la da; lanza o refrena el carro de su cólera, y agita cual las ondas del mar en las naciones las ondas de sus mil revoluciones.

No hay más poder que el del Señor. En vano el orgullo del hombre se le opone. Dios tiene al orbe en su potente mano, y Él solo fin a los principios pone. Dios está encima del poder humano; sólo Él juzga, posterga y antepone; Dios es el rey que está sobre los reyes: Dios escribe su ley sobre sus leyes.

¿Quién contra Dios? Esclavo de su antojo, sobre el haz de la tierra el tiempo pasa, y donde fué la flor planta el abrojo; el valle encumbra, la montaña arrasa, torna páramo el bosque, erial rastrojo la mies; su vida a las naciones tasa, las razas y los pueblos pulveriza y otras razas y pueblos entroniza.

Adiós ¡oh siglo de la luz! Mi boca te ha revelado ya las teorías de mi salvaje fe: mi alma loca ni ve a tu luz ni vive con tus días, de ti reniega y tu favor no invoca. Tú tienes tus creencias, yo las mías; tú crees que ante la luz rejuveneces, yo creo que no ves y que envejeces.

He aquí por qué de ti viví alezado, poeta de los siglos que ya han sido; ave que a extraño clima han trasladado y busca y no halla con que hacer su nido; yo poesía en ti no habiendo hallado, al tiempo viejo a demandarla he ido; y a los viejos creyentes corazones relato nuestras viejas tradiciones.

Por eso de mi ser las facultades consagro a lo que fué, y en mi memoria sólo de antiguos tiempos y de edades pasadas vive la dorada historia. Deploro las presentes vanidades mirando al tiempo aquel de fe y de gloria, y cruzo la centuria de la ciencia a la luz del fanal de mi creencia.

Otros que ven tu luz, su fe y su aliento consagren a tu espléndida grandeza, ¡oh siglo! Yo mi ceguedad lamento; mas no hay en ti ni en mí culpa o torpeza. ¿Quién sabe si al marcarme nacimiento erró un siglo tal vez naturaleza, y a este mundo mortal me envió su mano algún siglo más tarde o más temprano?

Como quiera que sea, en mi garganta rebosando la voz, la poesía inflamando en mi ser su llama santa, voy a dar a los vientos la voz mía cual de ave loca que perdida canta: oye ¡oh preclaro siglo! la armonía. Canta tú del saber la omnipotencia; yo cantaré mi fe: Dios es la ciencia.