Versos Spanish José Zorrilla 18

Spanish poem

18

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Lejos ya de su oriente el sol cruzaba El firmamento azul de Andalucía, Y á su suelo poético auguraba Limpio, templado y apacible dia: Y ya su luz espléndida doraba Los arcos de la abierta galería Donde espera, el barón, aun soñoliento, A que vuelva el doctor de su aposento.

La mesa del almuerzo preparada Tiene ante sí: mas fastidiado ahora De esperar, la cabeza reclinada Tiene en la mesa, cuyo centro dora El sol con solo un rayo; luz cortada En cuádruple losange por la mora Labor de la estaláctica techumbre De la masa total de la áurea lumbre

Sobre el agua y cristal de una botella Este rayo de luz va á caer perdido, Y un iris circular en torno de ella Traza descomponiéndose: teñido En sus siete colores, los destella Sobre la plata y el metal bruñido De la bajilla; que, en reflejos rica, En derredor los quiebra y multiplica.

Y este fulgor, multíplice en reflejos, Que brota de la mesa y la circunda Cual si le produjeran mil espejos, De estraño resplandor la estancia inunda: Y al sol opuesto y de su foco lejos, No parece su luz del sol oriunda, Sino que nace á iluminar dispuesta Alguna estraña y misteriosa fiesta.

¿Quién sabe? Hé aquí que procurando el ruido Cáuto evitar, apareció en la puerta Del salón el doctor, sin que sentido Fuera por el barón que no está alerta: Antes, de pechos en la mesa, hundido El rostro entre los brazos, mal acierta El médico á entender si es que medita Hondamente el barón, ó si dormita.

Volvióse pues, con él cuenta no haciendo, Y abrió de par en par: y levantando La cabeza el barón y al doctor Viendo, Fuese hacia él la mesa abandonando; Mas estraños tras él apercibiendo, Preguntó en alta voz: “¿qué está pasando?” Y en la boca el doctor poniendo un dedo . Respondió: “á verlo vais, pero hablad quedo.”

Entonces los que á pié con la litera Al castillo escoltándola subieron, Dos Industánis que poseen entera La confianza del doctor, salieron Tras él, á brazo del salón afuera A Don Carlos sacando, á quien pusieron Tendido en un sofá que prepararon Y cerca de la mesa colocaron.

Con leve movimiento de cabeza Su servicio el doctor agradecióles, Y en el dintel de la desierta pieza En su lengua oriental órdenes dióles, Con digna autoridad mas sin fiereza: Ellos dijeron, “bien” y él despidióles; Y mientras él la puerta les cerraba Atónito el barón lo contemplaba.

Solos al fin los dos, el doctor que ase De su sillón que ante el sofá coloca, Hizo seña al barón que le imitase; Obedeció sin desplegar la boca, Del doctor la conducta haciendo base De la suya: y aquel, que el pulso toca De Don Carlos, su faz miró buen rato Y aplicóle un espíritu al olfato.

Invadieron sus átomos vitales El cerebro del mozo: á su presencia Se tendieron sus fibras cerebrales Cediendo á su benéfica influencia; Dio tensión á sus órganos nasales Una ancha aspiración, y él de existencia Señal con un suspiro profundísimo, Al cual unió su voz un ¡ay! dulcísimo.

Luego asomó á sus labios una errante Y halagüeña sonrisa: un carmin puro Coloró su pacífico semblante; Y roto al fin del sueño el velo oscuro, Los párpados pesados un instante Levantando, la luz miró inseguro: Pero de esfuerzo tal como cansado Volvió á cerrarles y á caer postrado.

Entonces el doctor volvió á hacer uso De su vital espíritu y con tiento Otra vez al olfato se le puso; Aquella el mozo despertó al momento: De lo que habia en su redór se impuso Con rápida mirada, y movimiento Recobrando y vigor incorporóse Solo, y tranquilo en el sofá sentóse.

Quedaron contemplándose un instante Los tres: el buen doctor se sonreía Con el loco, mirándole al semblante, Y él sonreír atento le veia; Contemplábales á ambos vacilante El padre entre el afán y la alegría: Y dueño ya de la impresión primera, Rompió á hablar el doctor de esta manera: