Versos Spanish José Zorrilla 17 (Y yendo días y viniendo días)

Spanish poem

17 (Y yendo días y viniendo días)

by

Listen in the reader

Y yendo días y viniendo días pasan los veinte, y descuidado el conde con Genoveva en el castillo pasa las horas que no cuenta, mas que corren: y ella con él las pierde recorriendo el soto, el lago, el pedregal y el bosque: con él corre las liebres por el soto, con él sigue las corzas por el monte, con él tiende las redes en el lago, con él suelta en el viento los azores, con él vuelve al castillo, y con él habla de los lances del día por la noche. Y uno del otro en el amor se embriagan con las volubles mil conversaciones con que el veneno del amor, hablando, con la palabra el corazón absorbe.

Y él la canta baladas mientras borda, y la narra leyendas mientras come, y la envía en la noche cantilenas cual trovador galán de torre a torre; y el viejo torvo y silencioso escucha y los dos mozos encantados oyen las trovas, las leyendas, las historias que canta y cuenta a Genoveva el conde. Y él y ella de ellos a la vista cruzan el firmamento azul de sus amores, que alumbra un sol perenne y sin ocaso, cuya luz no se quiebra en horizontes. Corre así el tiempo, y para el conde astuto aunque parece que sin cuenta corre, enamorado y capitán, atiende del amor y la guerra al juego doble.

Poco a poco ha alojado en el castillo de sus huestes de guerra algunos hombres que, como él, con leyendas y cantares se atraen a sus sencillos moradores: se captan su amistad, sondan mañeros el fondo de sus francos corazones, no inquieren nada y lo averiguan todo, sin pedirlos les dan de todo informes: a cambio de sus cuentos, del castillo se hacen contar la historia y tradiciones, estudian de su gente las costumbres, del servicio interior las horas y orden, su estado militar como castillo, como finca su renta y producciones, y en fin la noble fábrica de Waifro con vista inteligente reconocen. De modo que postigos y poternas, silos, cuevas, depósitos, prisiones, aljibes, escaleras, subterráneos, crujías pasadizos, caracoles, distancias, vientos, espesor, alturas, cuanto desee del castillo el conde saber, no tiene más que preguntárselo y a ciegas podrá andar por sus rincones.

A más, la brecha que hizo en la maleza es ya sendero fácil que recorren los mensajeros ágiles y fieles de su correspondencia portadores: y a abrigo de las rocas embreñadas va de los Pirineos españoles volviéndose a acampar bajo su enseña el disperso tropel de sus cohortes.

Mientras él de la dama del castillo conquista el corazón en sus salones, en sus patios y campos le conquistan su gente sus astutos servidores: y el hijo del piadoso Ludovico, cuando rey de Aquitania se corone, en el conde galán de Barcelona tal vez de Waifro al heredero tope. Hoy la vergüenza del vencido arrostra: pero mientras se van sus vencedores haciendo en Cataluña impopulares, degenerando en bandas de ladrones, él, en el aislamiento misterioso del castillo de Waifro se repone; y tan alto desde él volar espera, que su vuelo a las águilas asombre. Corre así el tiempo: mas para él los días, aunque parece que sin cuenta corren, de su fortuna van uno tras otro afirmando al pasar los escalones. ¡Oh! Y si logra anudar todos los hilos cuyos perdidos cabos busca y coge, tal trama hará con ellos, que su tela cuando el bajel de su fortuna enlone le podrá conducir a mar tan alta, que seguirle las águilas no osen; mas a aire y mar para lanzarse espera no más que viento favorable sople.

Y sopló, al fin, la deseada brisa, brisa pujante y rápida del Norte, que rompiendo a su barco las amarras le impele al centro de la mar salobre.

Paulo trajo esa brisa, al fin tornando después de un mes de ausencia: venir vióle el conde: bajó al puente a recibirle, y con él en su cámara encerróse. Los escritos leyó que le traía, las nuevas que traíale escuchóle: y de unas y otros inquiriendo y dando a su vez necesarias ampliaciones, quedaron, lo escuchado y lo leído en su memoria colocado en orden, pensativo el señor, y en pie aguardando el fatigado servidor sus órdenes. El caballero, al fin, exclamó irguiéndose:

«Paulo, tiempo es de que otra vez se tornen las palomas que huían en milanos, los fugitivos corzos en leones. La victoria es hoy fácil: mas quedemos del castillo de Waifro posesores; que pues crean un reino de Aquitania, su derecho ducal tal vez no estorbe.»

Dijo, y mientras que Paulo los detalles de la partida próxima dispone, él bajó al camarín donde la dama ya le aguardaba inquieta. Los dos jóvenes, con el viejo sombrío, de la mesa ya alrededor estaban, pues de noche a las veladas de la dama asisten y oyen del adalid las relaciones.

Cuando él apareció, los dos mancebos y el viejo levantáronse: acusóles con leve inclinación de la cabeza su cortesía él, y dirigióse a Genoveva, cuya tez de rosa se tiñó de carmín, y los dos soles que puso Dios por ojos en su cara, le enviaron a la faz un rayo doble. Él recibió la luz de sus luceros como reciben la del sol las flores cuando el rayo primero que las manda la niebla azul que las enfría rompe. Los pliegues de su falda recogiendo para que cerca de ella se coloque, le hizo sitio la dama, y a su lado él como igual y familiar sentóse. Mas en lugar de la atención curiosa que solía excitarles otras noches algún cuento anunciándoles, así ésta con desusada gravedad hablóles:

«Llegó, por fín, el día en que debemos acudir a supremas atenciones: oídme, pues, señora, y mis propuestas pesad aunque os extrañen u os enojen. El viejo emperador parte su imperio entre sus hijos: mas en vez del orden que anhela establecer, va la anarquía a atizar: crecerán las ambiciones: los que hoy reciben de su imperio parte al todo aspirarán: Roma a la postre será contra él, y librará con suerte si del trono imperial no le deponen. Aceptado me habéis por caballero: y si no logro hacer que se revoque por el Emperador de vuestra raza la inútil proscripción, yo vuestro nombre bordaré en mi tabardo, de mi escudo sobre la empresa le pondré por mote, y a la luz a salir volverá escrito por INRI de su cruz en mis pendones. Mas no hay ya que pensar en presentaros al viejo Emperador; porque el más joven de sus hijos, Pepino, está en Provenza ya por Rey de Aquitania, la que en lote le cupo en el reparto. Yo le debo amistad y obediencia, y él me impone la ley de que la suya o mi bandera de Waifro en el castillo se enarbole. Enarbolar la mía, sin derecho mejor que su mandato que me abone, me deshonrara: enarbolar la suya, os ultrajara. Es fuerza que se adopte medio mejor de izar una bandera que ni os ultraje a vos ni me deshonre, que sea vuestra aunque distinta fuere, y la misma aunque cambie de colores. No os propongo, señora, una alianza que en interés político se apoye, sino un nudo más sólido que pueda con el derecho atar los corazones. Vuestro blasón doblad: ceñid a un tiempo la corona ducal y la de conde: sed mi mujer, en fin, y en el castillo que sin rival vuestra bandera flote; y pues se erige la Aquitania en reino, que el primer rey en ella se corone dejad: crear un reino es más difícil que del difunto rey ser sucesores. El castillo de Waifro está muy alto, desde muy lejos se divisa, y ponen hoy sus ojos en él cuantos monarcas tienen en esta marca dos terrones. No hagamos cara al tiempo, que atropella a quien su paso a detener se pone. El castillo de Waifro ha de ser presa del odio o del amor: a los rencores de raza demos fin: que el tiempo nuevo como viejas memorias los devore: en el amor de una mujer el odio se sofaca de diez generaciones. Yo soy de raza franca, y por las vueltas del tiempo, que nada hay que no trastorne, salgo a lid por campeón de la Aquitania y unir quiero a los suyos mis blasones. El castillo de Waifro a amparo mío parecerá del rey; en vuestros montes todo el estío acampará una hueste mía sujeta a vos: tenéis un hombre en quien fiado habéis desde muy niña (y esto decía por el viejo el conde): que él gobierne el castillo: de mi hueste que tome la porción que le acomode: y si el riesgo se acerca, en el castillo que todo el resto de su gente aloje. Yo con el grueso partiré: ya importa que a Barcelona mi poder recobre. Nuestro enlace nupcial, si es aceptado, se hará cuando os pluguiere, y hasta entonces Wifredo, paje mío, sus primeras armas hará en mi ejército: a las cortes de Aquisgrán o Aquitania irá conmigo; yo atenderé a los riesgos exteriores; y si la guerra universal se rompe, si tienen con las plumas de las flechas los reyes que volar y emperadores, el castillo de Waifro está muy alto: y ni hay viento que tanto las remonte, ni cuando el hielo del invierno crudo sus peñas de carámbanos alfombre, podrán llegar a él más que las águilas y toparán en él con los halcones. De la raza de Waifro acepto el sino; cuando Dios por ser de ella me abandone, si muero a vuestros pies, siempre habrá un ángel que por mí ruegue a Dios y por mí llore.»

Este discurso artificioso, hecho para halagar de todos las pasiones, para excitar en todos confianza, hizo el efecto, al parecer, que el conde de él esperaba. Genoveva, ingenua y enamorada, el plan que la propone tuvo por el mejor: el viejo torvo objeción no le puso: los dos jóvenes vieron el porvenir que en él les cabe a su carácter y afición conforme. Se aceptó: y convenidos, estas frases con sequedad el viejo dirigióle:

«Cuanto sanciona mi señora debo sin reparo aceptar, mas en la hipótesis de que estén hoy vuestra alma y vuestro brazo libres de otros empeños anteriores. Si algún lazo os ligó, que esté ya roto; que no sean dogales que os ahoguen palabras empeñadas ni deberes que cumplir con los nuevos os estorben. La situación es crítica; aceptables vuestras ofertas son, y vos sois hombre de llevar a buen puerto vuestro barco por mucho que la mar se os alborote: mas la raza de Waifro, condenada peleando a morir con todo el orbe, con su espíritu audaz tiene bastante contra reyes al par y emperadores. Dice la tradición que el viejo Hunaldo llamaba a las ondinas desde el monte, y que a su voz trazaban sobre el lago los diabólicos círculos veloces de su ronda infernal: Waifro, el misántropo, hablaba con los silfos de los bosques, cuando van a la luna a columpiarse o nido a hacer en las silvestres flores: y yo sé que su espíritu ha quedado entre esas impalpables creaciones de la pagana edad, y que protege a su última heredera de traidores. Haced, pues, que en el lóbrego pasado de vuestra vida mis preguntas sonden; porque, a más de que creo en los espíritus, derechos hay en mí que me lo abonen.»

A estas frases osadas sonreía con su sonrisa más graciosa el conde, callaban los mancebos, y la dama sentía sus mejillas sin colores. Pero aquél, a quien nunca desconciertan las más comprometidas situaciones, le contestó cortés, como quien goza en que a cuestión difícil le provoquen:

«Quienquier que fuereis, cualesquier que sean aquí vuestro derecho y pretensiones sobre la última dama que los tiene al trono de aquitania: ya que os toque derecho tal por sangre, ya que os le hayan legalmente acordado sus mayores al expirar, yo los respeto, y nada hay en vuestra demanda que me enoje. Mas tales cuales son, vuestros derechos ir de hoy más deben con el mío acordes: porque unidas desde hoy nuestra fortunas, en un mismo bajel fuerza es que boguen, fuerza es que juntas a la orilla arriben o que en las ondas a la par zozobren: conque yo os voy a abrir el panorama que ansiáis ver de mis años anteriores. Oídme, pues, vos y esos mozos: ellos para que sobre mí no se equivoquen; vos para que al contar con mi pasado podáis sacar la cuenta sin errores. A más, ya he adquirido la costumbre de abreviaros la noche con canciones y relatos, y debo hasta la última ser vuestro trovador, aunque hoy evoque recuerdos tristes para mí. Mi historia oíd, pues. Hoy milito de la corte fuera, bajo el poder de una calumnia que no pudo encontrar mantenedores. Viudo el Emperador, volvió a casarse: pero, viejo, eligió mujer muy joven, instruída y hermosa: yo fuí el ayo del hijo de estos ímpares consortes. La calumnia de aquí. De mi privanza se encelaron los clérigos, los nobles y los que lucro y medras esperaban del favor de los príncipes mayores, los hijos de Hermengarda. Creció Carlos, el hijo de Judith: su padre dióle parte en la sucesión con sus hermanos, lo que de ellos menguó las particiones. Viejo el Emperador, Judith hermosa; yo, como ayo del príncipe, en honores, rentas y dignidad más avanzado que ellos, continuo y familiar mi roce con la imperial familia y, sobre todo, con la madre del príncipe… en menores apariencias basáronse calumnias que acarrearon tan grandes turbaciones. Pronto fueron supuestos atrevidos los que empezaron tímidos rumores; y, creándose atmósfera, tomaron del escándalo al fin las proporciones. El hijo de Judith desheredado, los hijos de Hermengarda de su lote harían partición: era preciso dar incremento a la calumnia torpe. La Emperatriz, desde que hacer osaron villanos a su honor imputaciones tales, con esa audacia de que sólo es capaz la mujer, adelantóse sintiendo el trueno a provocar el rayo, aunque el nublado en su cerviz le arroje. Adoptó por emblema un lirio blanco; le mandó cuartelar en sus blasones y grabar en su sello; de sus cámaras desterró en su favor todas las flores, e hizo de lirios blancos y azucenas colmar sus semilleros y jarrones: tomó por cetro, en fin, un lirio de oro, y con él en la mano presentóse en los saraos y fiestas de palacio y en todas las solemnes recepciones, llegando a ser sentirle entre sus dedos necesidad e indispensable goce. ¡Nada exaspera más a la calumnia como que su ira el calumniado arrostre! El viejo Emperador recibió un día un infame cartel; en sus reglones a Judith acusaban de adulterio tres nobles, del cartel sustentadores. Exaltóse el monarca, y de su esposa fuese airado a la cámara; siguióle su servidumbre atónita; atajámosles los de la Emperatriz; a los rumores de pasos acudió ella, y encontrándola el ciego Emperador en los salones, sin más explicación empezó a leerla del libelo las cláusulas atroces. A afrenta tal sobrecogida ella, a las primeras líneas desmayóse: sentámosla; mas él siguió leyendo dando al viento su honor hecho jirones. Yo le escuché dispuesto a protegerla, mas al leer del escrito los tres nombres que le osaron firmar, campo cerrado pedí contra mis tres acusadores. Eran el godo Ayzón y otros dos bávaros turbulentos: creí que el mejor corte del escándalo era el de dos filos de hierro de mi lanza y mi mandoble, y apelé sólo a Dios, fiando sólo en su amparo, en mi brío y en los botes de mi lanza. Acordóseme el palenque: nombráronse los jueces; preparóse la lid; mas aguardéles en la arena desde que el sol saltó del horizonte hasta que tramontó, y ninguno de ellos a la liza bajó. Por quito dióme la ley del crimen que me fué imputado: dió a la par por infames y felones a los calumniadores fugitivos; por el juicio de Dios libres e incólumes la Emperatriz y yo de culpa y pena quedamos; mas era otro el primer móvil de la calumnia ruin: sembrar la duda y germen perenal de agitaciones: Y así fué: dudó Roma; entró en escrúpulos el crédulo marido; dividióse en bandería la opinión, e hicieron del palacio un infierno los traidores, los príncipes, los teólogos y todos los que invocan a Dios y a Satán oyen, y agitan las pasiones y el escándalo clamando contra el vicio y las pasiones. Judith resolvió airada y ofendida, huir a un monasterio, desde donde, creando nueva situación, pudiera poner para su vuelta condiciones. Yo debía volver a mis Estados, de los cuales no hay ley que me despoje, y de palacio y de la corte a un tiempo partimos disfrazados una noche. Yo, con mi servidumbre la escoltaba: un antifaz cubría sus facciones y un tabardo sus formas envolvía; con que no vió su rostro ni su porte ninguno. Al arribar del monasterio a la abacial jurisdicción, del bosque dejamos en el límite la escolta, y avanzábamos solos por el borde de una laguna pantanosa en busca de un atajo que oculto va a los trojes del monasterio a dar, y ya sentíamos de sus campanas próximas el doble, cuando del lado opuesto del pantano vimos a tres jinetes que a galope corrían a cortarnos del atajo la entrada. Perspicaz reconocióles la Emperatriz y díjome: –¡Son ellos! –El convento ganad, la dije entonces; yo os ganaré harto tiempo, venza o muera», y me lancé al escape. Bien salióme; porque ellos, deteniéndose a esperarme, dieron tiempo a Judith, que huyó y salvóse, y yo le tuve de parar en firme en su carrera mi caballo dócil. No se engañó Judith: sí que eran ellos: Ayzón y nuestros dos calumniadores, Ayzón venía en medio y sonreía creyendo en mi torpeza: imaginóse poder en mi carrera arrebatada cogerme entre los tres; pero burlóle mi astuto ardid y de mi buen caballo la superioridad; así que a voces: «¡Es el juicio de Dios!», les dije, asiendo de mi trompa; y con todos mis pulmones soplando en ella, desgarré la atmósfera con la vibrante voz del hueco bronce. Logré mi fin; miráronse azorados de mi seña, y partí: del primer bote tendí al que Ayzón tenía a su derecha; el caballo del otro encabritóse rebelde al freno; revolvíme rápido, y en el hocico al animal tal golpe di, que de espalda en el pantano dieron la indócil bestia y el jinete torpe: y a dos pasos de Ayzón quebré en redondo, le gané tierra y esperé su choque. Mas, o el juicio de Dios tentar no quiso, o de mi escolta, que acudía, el trote tal vez sintió y me dijo: «En Barcelona me hallarás»; con el puño amenazóme, y poniendo el pantano de por medio partió como un relámpago y perdióse.

Mi gente asió del muerto y del caído; yo eché por el atajo, y ya en las trojes no la vi; rodeé el claustro, y en el pórtico hallé a la Emperatriz. Aseguróse de mi fortuna en el combate, y díjome: «Que no hallen aquí rastro de estos hombres; entierra al muerto lejos: suelta al vivo, y que Dios le castigue o le perdone.» Y sacando del seno el lirio de oro que le sirvió de cetro, añadió: «Tómale; si vuelvo al trono, llevaré en la mano en vez del lirio, un látigo.» Tendióme la flor; me despidió: besé su mano: partí: la oí llamar, y oí, en sus goznes rechinando al girar, ante ella abrirse y sobre ella cerrarse los portones. Y he aquí el lirio: por nupcial regalo aceptadle, señora.» Dijo el conde, y del pecho sacándole, en la mesa delante de la dama colocóle.

Quedaron conmovidos contemplándole la castellana, el viejo y los dos jóvenes; y en el silencio que siguió, el latido se oía de sus cuatro corazones.

Vió bien que en su favor se les ganaba su historia el caballero: el viejo inmóvil y grave como siempre, mas no huraño, cedía al parecer, y o convencióse, o afectó convicción. De Genoveva radiaba la alegría en las facciones; y tras breve silencio reflexivo, el lirio recogiendo, dijo al conde:

«Acepto vuestra ofrenda: desde ahora será la única joya que me adorne: y del panteón, del tálamo o del trono yo os le devolveré en los escalones.»