Versos Spanish José Zorrilla 18

Spanish poem

18

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Despuntaba la luz de la mañana: El sol, detrás aún del horizonte, Tendía ya su resplandor de grana Como un inmenso schal de monte en monte. Alfombraba la escarcha las laderas De los valles de Darro, y argentinas Del árbol desprendíanse ligeras Las perlas del rocío, á las primeras Ráfagas de las áuras matutinas. Diáfana en fin la atmósfera, sereno El cielo y quieto el aire, se anunciaba Un día claro y de alegría lleno Que al perezoso mundo despertaba.

En la loma del cerro abandonado, Donde se eleva el torreón oscuro Que al vulgo atemoriza, un hombre armado Yacía al pié de solitario muro, De espaldas en sus piedras apoyado.

Verde caftan de damasquina tela. Cuyo valor y forma la elevada Clase y poder del portador revela. Cubría su armadura cincelada, El calado antifaz de su celada No permitiendo ver si duerme ó vela.

Allá en el valle y á la torre vuelto De espalda, un negro y colosal Nubiano Dormía echado en su alquicel envuelto, A precaución habiéndose revuelto Las bridas de dos yeguas á la mano.

La hermosa raza del desierto en ellas Se dejaba admirar, y en sus mantillas De seda tunecí, y en las hevillas De plata de su arnés, bien claras huellas Se veían del lujo de su dueño, Cuya venida retardaba acaso Dulce el placer, ó descuidado el sueño.

El sol, apareciendo de repente Tras de las cumbres de la helada sierra, Derramó su esplendor sobre la tierra, Y un rayo de su luz hirió el luciente Casco de la armadura en que se encierra El hombre que en la torre al pie del muro Yace, su oculta faz dando al Oriente. Su calor ó su luz, si es que dormía, Le desvelaron: si aguardaba su hora, Le avisaron puntuales que era día. Entonces el armado, la pereza O el sueño desechando, en torno suyo Revolvió lentamente la cabeza: Dio tensión á su cuerpo entumecido, Y con señales claras de sorpresa Reconoció el lugar: mas de la torre Viéndose á los umbrales, como herido De repentina idea, ó tal vez presa De una locura, alzóse, y una gruesa Piedra cogiendo entre sus brazos, corre, Y con cuanto vigor halló en su pecho Lanzándola en impulso bien medido Contra el postigo de madera estrecho, Le descuajó del quicio carcomido. Cayó dentro la hoja levantando Una nube de polvo, revocada Por su hueco en espesa bocanada: Al temeroso ruido, despertando El negro que esperaba en la alhameda, Volvióse con pavor: mas no vió nada En medio de la densa polvareda. Inmóvil el Nubiano contemplaba Desvanecerse el polvo que impelido Por el aura corría, y esperaba Sin duda hallar detrás de su cortina Aquel maldito torreón hundido Y abrasada ó desierta la colina, Cuando á manera de marmóreo busto Que, abandonando su sepulcro, asoma Del panteón á la puerta, vio con susto Bajar hácia él por la empinada loma Una radiante y colosal figura, Tras sí dejando el torreón vetusto Del cual la vio salir con gran pavura.

Ya para huir despavorido acaso Las manos á la crin y el pie al estribo Iba á llevar, cuando atajó su paso La voz de su señor (cuya armadura Brillaba al sol con resplandor tan vivo Que deslumbraba), y dándole el nativo Nombre gritóle: «¡Zil, pronto, á caballo!» Y montando de un salto, á toda brida Lanzó su yegua. Zil, como él activo, Sacó en escape volador tendida La suya de él en pos, y esclavo y dueño Se hundieron de su rápida corrida Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.